Devorarse fue la premisa de los artistas brasileños que asumían la antropofagia creativa como una estrategia para enfrentar lo que consideraban un desorden lógico en la década de los veinte. Claridad, inteligencia, conocimiento, curiosidad son los ejes del modernismo brasileño que sirvieron de plataforma para autoconstruir un pensamiento artístico único, que propusiera desprenderse de la supraestructura europea con las ganas de –intentar, por lo menos– generar la propia. Brasil se asoma al siglo XX para reinventarse tomando en cuenta sus diferencias, para dialogar con su pasado y, sobre todo, para vivir en tiempo real el terremoto de las vanguardias y así esbozar un futuro que hoy podemos contemplar y leer en la exposición Antropofagia y modernidad. Arte Brasileño en la Colección Fadel, 1908-1981, que se presenta en el Museo Nacional de Arte.

Imagen: @MUNALmx
Durante el siglo XX la arquitectura moderna tuvo una explosión que narra el desarrollo tecnológico, la mudanza del campo a la ciudad, los gestos industriales y la interpretación del nuevo hombre en un hábitat urbano, la poesía y las artes plásticas exhiben estas preocupaciones y mutaciones. Cómplices, artistas y poetasse unen, en 1928 al poeta Oswald de Andrade en su Manifiesto Antropófago (“Sólo la Antropofagia nos une. Socialmente. Económicamente. Filosóficamente”), que marca el camino del Brasil moderno y contemporáneo.
Artistas como Anita Malfatti, Emiliano Di Cavalcanti, Vicente do Rego Monteiro, Tarsila do Amaral, Heitor Villa-Lobos y escritores como Guillerme de Almeida, Manuel Bandeira y Mario y Oswald de Andrade transforman el paradigma artístico. No son solamente jóvenes cosmopolitas viajeros que se quieren robar el mundo. Estos creadores están dispuestos a comérselo y no precisamente de un bocado.
La fuerza de la naturaleza
Desde el inicio de la exposición Antropofagia y modernidad. Arte brasileño en la colección Fadel. 1908 -1981, el espectador percibe una fiereza en el color, en el gesto expresivo, en el arrojo humano al hacer, que transmite otra manera de ver y de estar en el mundo.
Al observar piezas como Navío encallado en la playa e Copacabana de Artur Thimóteo da Costa, las dimensiones del mar y del cielo aplastan y también invitan a imaginar el paraíso. Ya las obras de principios de siglo evocan una naturaleza de ensueño que domina al imaginario colectivo, pero ahí también se entrevé cómo los artistas brasileños hacen guiños sobre el lado b de ese ensueño: es vital y es depredador. El trabajo de Anita Malfatti exhibe está fuerza utilizando herramientas aprendidas en sus estancias en Berlín y Nueva York. Los expresionismos alemán y estadounidense son deglutidos y explotan en un expresionismo brasileño que, con toques fauvistas, no copia sino metaboliza. Lo que sacude a las altas esferas paulistas es el atrevimiento, porque esta generación no se conforma con hacer, imitar o “llevar el mundo” a Brasil: han atravesado el mundo y regresado para reconfigurar el propio sin citas ni notas al pie, simplemente consumiendo lo visto, apropiándose de ese “suceder” en Occidente.
A un siglo de ser un país libre, Brasil se pregunta cómo pensarse y ser brasileño a través del arte. La Semana de Arte Moderna en Sao Paolo, en 1922, es el parteaguas. En esa exhibición es evidente la facultad y ganas de trazar un camino propio aunque inspirado en las vanguardias, sobre todo contagiado de futurismo: optar por el peligro, experimentar el hábito de la energía y la temeridad, como lo aclamara en 1908 Filippo Marinetti en su Manifiesto Futurista. Lo que hacen los artistas es asimilar las palabras del poeta italiano y asumir esa temeridad como una forma de vida y plasmarla en las artes plásticas y en la poesía.
Jugar con la idea del canibalismo y los clichés internacionales aderezados con la cultura “exótica” brasileña, es el momento para devorar lo que sucede en el mundo, como lo anota el Manifiesto: “… Pero no fueron cruzados los que vinieron. Fueron fugitivos de una civilización que estamos devorando, porque somos fuertes y vengativos como el Jabutí”. A través de más de 150 piezas de la Colección Hecilda y Sérgio Fadel, en esta exposición curada por Victoria Giraudo, el espectador atraviesa el siglo XX brasileño y los movimientos modernos que sostienen su identidad nacional.
Uno de los grandes aciertos de la muestra es que plantea un viaje cronológico en el que el visitante logra distinguir los rastros de los artistas en otros artistas, así como la continuidad de una reflexión artística, creativa y expresiva que lleva el concepto de la antropofagia hasta sus última consecuencias. Resulta emocionante observar cómo los paisajes, los colores, las técnicas y figuraciones del Brasil de inicios del siglo XX dan vida a movimientos plásticos y poéticos que a lo largo del siglo generaron estrategias artísticas originales y atrevidas, como la poesía concreta, el concretismo y el neoconcretismo, así como agrupaciones que propiciaban otras rutas de experimentación como el Grupo Frente y el Grupo Ruptura.
Desde la primera sala sorprende no sólo la ferocidad e inteligencia de estos artistas, sino la presencia de mujeres como protagonistas de la construcción del arte moderno y contemporáneo brasileños, así como la aceptación de su existencia mestiza y, sobre todo, de su biodiversidad. Sin miedos, se lanzan al arte con la misma vitalidad que observan en su paisaje. No hay otra forma de entender el mundo.
Estudio para A negra de Tarsila do Amaral es un libro-objeto en el que están las semillas de lo que años más tarde se transformaría en la poesía concreta, en la que lo visual y lo espacial se visten de palabras originando el concretismo, en el que la forma adquiere la misma importancia que el color, creando un lenguaje abstracto generador de tensiones a través de juegos geométricos. Los artistas brasileños miran de tú a tú a Europa y están dispuestos a demostrar al mundo lo que el proceso creativo antropofágico es capaz de generar. En este primer modernismo exhiben la emancipación cultural, el consumo de la cotidianidad en un sistema de signos propio, como Futbol en Brodósqui de Cándido Portinari, el cual capta las diferencias sociales de su país. Es interesante observar cómo reinventan su contexto. No asumen la pobreza desde la petulancia y/o victimización, sino como parte de un sistema orgánico. Vida y muerte como energía, no como fatalidad. Esta visión cíclica también está en esculturas como Uriapurude María Martins o en la pintura de Rubem Valentim.
La museografía resulta muy amable, didáctica y pica la curiosidad, si bien en las primeras salas se contemplan las bases del futuro Brasil, con sus artistas viajeros y visionarios, el espectador puede ver la construcción de otros movimientos y también cómo la figuración se va abstrayendo y en algunos casos concretizando, como en la obra de Cícero Dias; al igual que la amazonia se va inmiscuyendo en las temáticas y colores, las voces espiritistas de la cultura negra emergen, como en la obra de Antonio Gomide (Bañistas), Flavio de Carvalho (Retrato de Bur-le Marx) y John Graz (Las bahíanas), entre otros. Para los años treinta el abstraccionismo y el surrealismo también han sido devorados, y empiezan a proyectar el arte rebelde y revolucionario, en formas, técnicas y temas que habrán de sorprender al mundo en las décadas subsecuentes. Para ese momento Brasil ha generado un arte propio.
Entonces, el espectador siente que se está internando cada vez más en una selva conceptual en la que bestias creativas exhiben sus talentos. Cada pieza tiene una potencia que pareciera emular esa unicidad de la naturaleza en la que el concepto de lo idéntico no existe y las dimensiones son tan extraordinarias como las variaciones tonales de los verdes. En ese mundo ferozmente creativo está el abstraccionismo de Manabu Mabe y Antonio Maluf; la visión geométrica de Alfredo Volpi, los juegos ópticos de Luiz Sacilotto, el arte concreto de Maurício Nogueira Lima, la propuesta neoconcretista más sintética de Hércules Barsotti y Sergio de Camargo que, junto con otros artistas como Lygia Pape, ahora se revelan al concretismo buscando inspiraciones en el diseño, la arquitectura y la publicidad; en la obra de estos neoconcretistas ya se advierte una mirada que tomará dimensiones alucinantes y urbanas en el trabajo del arquitecto Oscar Niemeyer; por ejemplo, la obra de Lygia Clark, quien exploró la complementariedad de los espacios negativos y positivos; en sus piezas con bisagras, como Bichos, se articulan formas geométricas tridimensionales que parecen moverse orgánicamente, tal como los edificios de Niemeyer (el Museo de Arte Contemporáneo de Niteroi es un ejemplo).
Si bien el recorrido por las entrañas del arte brasileño es cadencioso al principio, de pronto se convierte en una vorágine visual que emociona, como es el caso del trabajo de Hélio Oiticica, uno de los artistas brasileños con mayor impacto en el mundo. Su obra, como la de sus coetáneos, mantuvo vivo el afán intelectual promovido por los primeros modernistas en la década de los veinte, arraigado en el Manifiesto Antropófago de Oswald de Andrade (“Contra la memoria fuente de la costumbre. La experiencia personal renovada”).
Oiticica transitó del neoconcretismo al tropicalismo, movimiento cultural inspirado en su obra Tropicalia en la cual recupera el folclor marginal nacional; alimentó su curiosidad y afinó su enfoque del arte internacional; su obra que deglute las aportaciones de los conceptualistas neoyorquinos de los sesenta, revitalizando –una vez más– el proceso creativo de un país donde la naturaleza siempre está muriendo y, por ende, naciendo, como su mirada. En sus Metaesquemas y grabados se distinguen huellas de la poesía concreta y en sus esculturas como Relevo espacial el artista juega con la materidad. Su obra es la prueba de que nunca dejó de experimentar ni de devorar
Desde los paisajes de Tarsila do Amaral hasta la obra conceptual de Oiticica, el canibalismo creativo de los brasileños vitaliza la mirada. Dan ganas de perderse en la exuberancia artística de esta muestra exhibida en un espacio dedicado al arte nacional, que en esta ocasión nos invita a repensar las estrategias y los procesos creativos, que arriba del Ecuador, desarrollamos en paralelo durante el siglo XX.