Para poder mentir es necesario contar con al menos dos cosas: la primera, alguien a quién engañar y la segunda, quizá más complicada, la capacidad para distorsionar intencionalmente un hecho “verdadero” en uno “falso”. El primer requerimiento es una exigencia bastante sencilla ya que la mentira es, ante todo, un acto social; los otros son los protagonistas de esta noble acción pues resulta imposible mentirse a uno mismo. Las razones son obvias y traen consigo al segundo de los requisitos: el embustero necesita saber lo que es “verdad” para convertirlo en “mentira” y que alguien ingenuamente lo crea –y eso no lo puede llevar a cabo la misma persona. Es imposible ser juez y parte, saber la “verdad” y al mismo tiempo creer la “mentira”.

mentira

Lejos de ser un error, la mentira es más bien una especie de truco teatral o una invención cuyo objetivo es presentar una versión alterna de un hecho. Es un acto de prestidigitación que le exige al mentiroso analizar la situación, pensar en las aristas del hecho a distorsionar, revisar las posibles fisuras de la interpretación “verdadera” y, lo más importante, conocer las debilidades del escucha que será meticulosamente engañado. Hablamos de un acto que reclama traspasar las obviedades, invertir lo que se espera escuchar y, por si fuera poco, traicionar al otro sin mostrar un ápice de este esfuerzo.

Por eso, no es descabellado afirmar que para decir una buena mentira se necesita de tanto esfuerzo e ingenio como para hacer cualquier otra aseveración lo suficientemente elaborada. Para Michel de Montaigne, las razones de esto son bastante obvias: la mentira, como cualquier otra afirmación acerca del mundo, tiene una infinidad de formas cuyos límites nos son siempre desconocidos. Lo único con lo que contamos es con versiones de la realidad y por eso resulta ilícito describir a la mentira como la mera distorsión de la verdad. Tal cosa, así de simple y plana, no existe. La mentira es, por el contrario, una invención que de manera intencional y premeditada produce una certeza alterna, una ficción, que tiene múltiples aristas que no podemos asir en su totalidad, como en el caso de cualquier interpretación del mundo.

El argumento de Montaigne tiene sus orígenes en la etimología del vocablo griego pseudo. Además de aludir a la mentira, pseudo refiere también al error, el engaño, el fraude y, lo más importante, a la invención poética. Sí: por extraño que parezca, la mentira se halla en sus orígenes más cercana a la poesía que a la supuesta falsedad. No en vano Oscar Wilde dice que este noble acto, además de ser un placer social, es una ciencia que requiere de la atenta reflexión desinteresada, una técnica y un método. La buena mentira, como la buena poesía, dice el escritor irlandés, no surge de manera espontánea gracias a un destello de inspiración, sino a la práctica concienzuda que busca la perfección./p>

La postura de Wilde conduce a la mentira, del terreno de los juicios morales, al terreno estético. Deja de contemplarse como una falta para considerarse un elemento necesario para la creación artística. Así pues, en tanto arte que busca teatralizar o disfrazar un acto, la mentira se erige como un ejercicio intencional que transforma a la realidad. Lo que importa no es el contenido del mensaje porque al no estar sometida a criterios morales es imposible juzgar si hablamos de algo “verdadero” o “falso”, lo fundamental, por el contrario, es la operación a través de la cual un hecho se transforma en otra cosa. Es esa capacidad de desfiguración, distorsión y alteración la que según Wilde convierte a la mentira en una hazaña casi heroica.

Por paradójico que suene, para Wilde la verdadera mentira no sólo tergiversa y demuestra algo contrario a lo que se creía en un inicio, sino que además afirma de manera franca, intrépida, soberbia e irresponsable una nueva aseveración a partir de la construcción de su propia prueba. En su forma más elevada, la mentira se convierte en un acto de la imaginación que logra inventar un universo alterno. Por eso, contra el realismo plano, insípido y carente de invención, Wilde promueve la realidad imaginativa a través de la “sátira certera”. Lo que debemos buscar, dice el escritor, no es la verdad, pues ésta es una mera “cuestión de estilo”, sino la resurrección del antiguo arte de la mentira. Sólo a través de la mentira, a través de la capacidad de imaginar, inventar y crear nuevos mundos, las cosas visibles de la vida se pueden tergiversar en verdaderas obras de arte.