El recién fallecido escritor Mauricio Molina fue fiel cultivador y representante de un género al que le dio nuevos vuelos en los años noventa: la literatura de imaginación fantástica. Así lo recuerda Chimal con este certero repaso del legado literario y humano de Molina.
El 13 de junio de 2021 se anunció la muerte de Mauricio Molina, escritor mexicano nacido en 1959. Apenas tuve trato personal con él, y lo lamenté; me queda (como a toda persona que “pierde” a alguien que ha leído) el consuelo de conocer su obra. De hecho, tuve el gusto de leerla de cerca: de haber llegado a la parte más visible de su trabajo a medida que iba apareciendo. Ahora me parece que esos libros, y esos textos sueltos aún por reunir, son una obra-umbral, una obra-bisagra: una apertura y quizás, también, un cierre.
No debo haber sido tan distinto del resto de sus primeros lectores, allá en los años noventa. Nos interesaba la literatura de imaginación fantástica, y en especial nos interesaba verla aquí, entre nosotros, hecha por nosotros: no un producto estandarizado, importado del mundo de habla inglesa, sino algo vivo, un idioma capaz de darnos a conocer las porciones de la realidad a las que tiene acceso. Esta ansiedad puede explicarse de varias maneras; en mi caso, se debe directamente a que crecí en los setentas, cuando en las escuelas se enseñaba no sólo que los libros son hechos por hombres blancos y muertos (o si no, remotísimos: de la ciudad de México cuando muy cerca), sino que la imaginación se les dio a ellos solamente y ya tiene rato de haberse terminado. Los últimos que tuvieron alguna (nos decían, aunque nunca de frente) fueron Salvador Elizondo y Juan José Arreola; y si parece haberla en otros libros —en Pedro Páramo de Rulfo, en Arenas movedizas de Paz—, es un error de quien está leyendo, porque esos libros son importantes.

Las cosas empezaban a cambiar en los noventas. En 1991, Mauricio Molina ganó el Premio Nacional de Novela José Rubén Romero; con el título de Tiempo lunar, el libro premiado apareció en 1993 (y se difundió como merecía sólo hasta una década más tarde), pero de cualquier modo fue la vanguardia, la proverbial punta de lanza, de algo nuevo: un conjunto de autoras y autores llamados en su día “excéntricos” y “exóticos” porque se negaban explícitamente a repetir los clichés del realismo nacional e intentaban tratar otros temas de otras formas. Tiempo lunar es una narración apocalíptica, o futurista, o ambas cosas a la vez, que además está estructurada como una novela policiaca, con todo y pistas misteriosas y personajes de diversos bajos fondos. Pero ni la lectura más descuidada podría haberla considerado un libro más, un mero producto escapista “desvinculado de la realidad”. Tiempo lunar es, de hecho, un libro profundamente mexicano: su escenario es un Distrito Federal que, sin dejar de ser él mismo, es también —en una inversión sorprendente— el símbolo o emblema de otra cosa: un universo en decadencia continua, regido por las fases de la luna. Hoy, treinta años más tarde, el libro puede leerse como una mitología de las crisis perpetuas de México y hasta de América Latina entera: esta región que (decía Bolaño, más o menos) se encuentra en caída libre sin haber llegado nunca a ninguna cúspide.
Generaciones anteriores lo habían intentado y habían fracasado: decenas o cientos de carreras promisorias —de Jorge Mejía Prieto a Gabriela Rábago Palafox— se asfixiaron en el contenedor estrecho de la Narrativa Mexicana Realmente Existente del Siglo XX. Otras, como la de Emiliano González, sobrevivieron enterrándose: volviéndose explícitamente de culto, definidas a partir de su negación y su oscurecimiento. Mauricio Molina vio o presintió las primeras grietas de una cultura monolítica que se resquebrajaba, hizo todo lo que pudo por agrandar una de ellas, y por fin abrió un agujero: un túnel que no se ha cerrado desde entonces, y por el que pasaron (pasamos) muchísimos otros, por igual subterráneos que canónicos.
En los años siguientes, Molina consolidó su posición en el “medio” literario nacional: fue maestro, gestor cultural, objeto de estudios académicos y personalidad plenamente reconocida; por ejemplo, el polémico Diccionario crítico de la literatura mexicana de Christopher Domínguez Michael le dedica dos páginas. Y todo lo logró sin traicionar el impulso creativo más profundo de Tiempo lunar. Esto tampoco había sucedido nunca, y la hazaña crece en dificultad si se considera que Molina se hizo una reputación, en especial, como cuentista, precisamente en los años en que más hostilidad hubo contra el cuento por parte del mundo editorial recién globalizado. Ganador en 2000 del Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí (hoy Premio Bellas Artes de Cuento Amparo Dávila) con el libro Fábula rasa, Molina reveló en su obra breve que, además de su percepción particular de la realidad, las referencias intertextuales y la audacia formal de su novela eran signos de una gran erudición literaria.
Un puñado de autores mexicanos del último siglo ha sido comparado con Jorge Luis Borges por unir la imaginación y el conocimiento del lenguaje; Molina debe ser de quienes más y mejor se ganaron ese honor, en especial porque no puede ser reducido a una mera copia del escritor argentino. Sus escenarios e intereses son otros; cuentos como “Mantis religiosa”, “Desnudo en rojo” o “Primer amor” no pueden ser confundidos con cuentos de Borges, aunque compartan impulsos semejantes. Basta observar un tema que Borges no trata y que es crucial para Molina: el erotismo. En los textos de Molina, la sexualidad, el amor y el placer —abordados siempre desde una perspectiva masculina y heterosexual— son ejes de la experiencia vital y formas de contacto con lo “más allá”, de quiebre de las meras rutinas del mundo. Un gran ejemplo es “Telaraña”, una breve historia de ¿horror? que da título al mismo libro, publicado en 2008. En ella, lo que parece el relato del agotamiento de una relación de pareja se complica por una muerte; luego, para asombro o vértigo de quien lee, la muerte se nulifica o se transforma en el pasado de la propia narración; después, en una serie de encuentros y desencuentros sexuales, los personajes se duplican y reduplican en una cronología que da vueltas y por fin se anuda, para volverse una especie de cárcel impenetrable repleta de cuerpos sometidos al tedio o la violencia.
La trama secreta, una reunión de todos sus cuentos hasta el año 2011, es el mejor punto de partida para conocer esa parte de la obra de Mauricio Molina… y también, creo, todas las otras. Eso sí, hay que llegar también a sus ensayos, y en especial a La memoria del vacío (1998) y Último siglo. Pasajeros de la literatura del siglo XX (ganador del Premio Nacional de Ensayo Abigael Bohórquez 2003): en ellos se ve aún más claramente la amplitud y el rigor de sus lecturas, y la originalidad y consistencia de sus opiniones críticas.

El último libro de Molina resultó ser la novela Planetario, aparecida en 2017. Supongo que su autor no se lo propuso así, pero es tentador leer ese libro como una especie de eco y cierre de todo lo que escribió desde Tiempo lunar. Es una novela erótica, violenta, otra vez apocalíptica, centrada en un personaje monstruoso: un hombre sometido al “efecto medusante” de una serie de mujeres, a las que después asesina —una por una, siempre de modo diferente— para ir cumpliendo las etapas de una iniciación espiritual. Las tradiciones herméticas, otro de sus temas preferidos, se destacan, por supuesto: además de la estructura que imita y parodia las etapas del viaje iniciático, cada mujer es entendida y descrita a partir de un planeta del Sistema Solar, y el viaje entero está salpicado de guiños y referencias esotéricos, desde una aparición del Manuscrito Voynich hasta una toma de peyote en Real de Catorce.
Por otra parte, el rasgo más notable de la novela es, probablemente, su exploración de la atracción sexual. Cada encuentro, cada porción de la vida con cada mujer, se desarrolla en largos pasajes líricos que, reunidos, son un tratado de la masculinidad mexicana: un compendio rarísimo de la veneración/desprecio por lo femenino que marca la obra de incontables escritores hombres de este país. De hecho, esa postura, formada luego de siglos de dominio de una cultura misógina, llega probablemente a su límite expresivo y moral en Planetario: no se puede simplemente regresar a los piropos, la violencia normalizada, los gestos complacidos y condescendientes de casi cualquiera de nuestros señorones de la literatura, después de haber leído y entendido el horror que está en el fondo de las palabras del narrador de la novela, quien está literalmente en una jornada hacia la Gran Oscuridad interestelar, en la que ya no hay cuerpos, ni experiencia posible, ni posibilidad de retorno. “Yo no escogí las circunstancias de mi vida; fueron los astros quienes escogieron mi destino”, dice el narrador, y en ese aparente lugar común se esconde un fatalismo colosal, de dimensiones cósmicas.
Quedarán sin duda textos por reunir de Mauricio Molina: como mínimo, una buena cantidad de ellos debe estar dispersa aún en periódicos, sitios web y revistas, incluyendo la Revista de la Universidad de México, de la que Molina fue jefe de redacción por varios años. En un ensayo que publicó allí en 2004, Molina cuenta su descubrimiento deslumbrador de la obra de Julio Cortázar y dice haber aprendido, gracias a su lectura de Rayuela, que la literatura “no era ir a la morgue con maestros de literatura, abrir cadáveres y disecarlos, sino una forma de compromiso con la vida, de explorar el mundo, de mirarlo con los ojos del sueño y la imaginación”. Lo mismo puede decirse acerca su propia obra, cuya consistencia sugiere el mismo origen profundo, auténticamente apasionado, y el mismo compromiso personal, íntegro, con lo que para él mismo —cierta persona de cierto lugar, de cierta época precisa— era el valor del lenguaje y de la vida.
Alberto Chimal
Escritor. Entre sus obras destacan la novela La torre y el jardín y los libros de cuentos Manos de lumbre, Los atacantes, Estos son los días y Gente del mundo.
Gracias por recordar a Mauricio Molina