A pesar de sus tropiezos, la carrera de George Clooney como director no deja de generar expectativas, gracias a que su astucia creativa lo impulsa a seguir tomando riesgos de acuerdo con sus inquietudes y su conciencia humanista, sin dejarse intimidar por presiones comerciales o por mantener una fama que para él siempre ha sido un medio y no un fin. Con pretexto del estreno de Suburbicon, repasamos la trayectoria de este ícono.
Si bien es uno de los astros que más brillan en la constelación de estrellas de Hollywood —habiendo protagonizado más de una treintena de títulos a la orden de cineastas consumados como Steven Soderbergh, los hermanos Coen, Alexander Payne o Alfonso Cuarón—, George Clooney afirma encontrar más estímulos detrás de las cámaras, donde la dirección o la escritura de guiones le parecen retos infinitamente más creativos que la pura actuación. En sus propias palabras, “es más divertido pintar que ser la pintura”. Es por ello que, a lo largo de una exitosa trayectoria de más de dos décadas, este actor de fama internacional, conocido también por sus iniciativas filantrópicas, se ha atrevido a incursionar como director, guionista y productor para filmar historias que le permitan plasmar sus propias preocupaciones e inquietudes. Ejemplo de esto es su sexta película como realizador, Suburbicon (2017), recientemente estrenada y cuyo guion fue retocado por él mismo en colaboración con su socio Grant Heslov, a partir de un texto originalmente escrito por Ethan y Joel Coen en 1986, cuando un Clooney de veinticinco años buscaba abrirse camino como actor interpretando esporádicos y marginales papeles en series televisivas.
George Timothy Clooney nació el 6 de mayo de 1961 en Lexington, Kentucky. Hijo de Nick Clooney —presentador de noticiarios y programas de concursos en la televisión— y de Nina Bruce —quien fuera reina de belleza y concejala de la ciudad—, desde muy joven se destacó como un buen estudiante, compaginando sus actividades escolares con la práctica de deportes como el basquetbol o el béisbol, lo que en 1977 lo llevaría incluso a buscar sin éxito un puesto como beisbolista profesional en las filas de sus queridos Rojos de Cincinnati. Entre 1979 y 1981 estudió periodismo al tiempo que se ganaba un dinero con los más diversos empleos, ya fuera vendiendo seguros de puerta en puerta, trabajando en la construcción o cortando tabaco en la granja de sus abuelos. Pero su vida dio un giro el día en que su tío, el actor de origen puertorriqueño José Ferrer (marido de Rosemary Clooney, quien fuera una popular cantante y actriz en la década de los cincuenta), filmaba en Lexington con sus hijos una película sobre carreras de caballos, para la cual llamaron a George proponiéndole que se incorporara como extra. Eso fue el fin de su etapa en Kentucky y de la tentativa de convertirse en periodista, pues decidió mudarse a Los Ángeles, donde empezó a presentarse a audiciones para obtener papeles en películas y series de televisión.
El éxito y la fama en la pequeña pantalla le llegarían finalmente en 1994, cuando interpretó al doctor Doug Ross en el popular drama médico ER, que protagonizó a lo largo de cinco años en los que obtuvo nominaciones como mejor actor tanto en los premios Emmy como en los Globos de Oro. Ese fue el trampolín que lo llevó a interpretar su primer papel relevante en el cine en 1996, encarnando al maleante Seth Gecko en From Dusk Till Dawn, comedia negra con tintes de acción y terror dirigida por Robert Rodríguez y escrita por Quentin Tarantino. Un año más tarde pasaría de antihéroe a superhéroe al meterse en el traje de Batman, en la muy desafortunada cuarta entrega de la franquicia del hombre murciélago lanzada por Warner Brothers en los noventa, firmada por Joel Shumacher y que fuera vapuleada por la crítica al grado de ser considerada una de las peores películas de todos los tiempos. Lo cierto es que, después de ese mal trago, su carrera como actor experimentó un salto cualitativo indudable al participar en proyectos como Out of Sight, de 1998 (en su primera de seis colaboraciones con el director Steven Soderbergh), The Thin Red Line (Terrence Malick, 1998), Three Kings (David O. Russell, 1999), y O Brother, Where Art Thou?, en el año 2000 (en su primera de cuatro colaboraciones con los hermanos Coen). La consagración definitiva como uno de los actores más cotizados de Hollywood le llegaría al protagonizar Ocean’s Eleven, el filme de trama criminal dirigido en 2001 por Steven Soderbergh que dio pie a una trilogía en la que Clooney interpreta al encantador y meticuloso pillo Danny Ocean. Asimismo, el reconocimiento por parte de la crítica a sus capacidades histriónicas lo obtendría a partir de sus muy convincentes trabajos en películas como Syriana (Stephen Gaghan, 2005) —que le valió un Óscar como mejor actor de reparto por interpretar a un agente de la CIA en medio de un huracán de intrigas políticas en torno a la industria petrolera—, el thriller legal Michael Clayton (Tony Gilroy, 2007), o las comedias dramáticas Up in the Air (Jason Reitman, 2009) y The Descendants (Alexander Payne, 2011), por las cuales fue nominado al Óscar como mejor actor.
Pero fue en el 2002 cuando George Clooney tuvo su debut detrás de las cámaras al dirigir la muy interesante Confessions of a Dangerous Mind, con un guion del siempre innovador Charlie Kaufman basado en la autobiografía del productor y presentador de televisión Chuck Barris, en la que sostiene la difícilmente verificable versión de haber sido reclutado por la CIA como agente secreto, lo que lo habría llevado a cometer la escalofriante cifra de treinta y tres asesinatos. En este retrato de una mente retorcida, a ratos megalómana y a ratos atormentada por los demonios de la frustración, Clooney tiene el acierto de construir una narración con los toques justos de ambigüedad para mantener difusa la línea entre ficción y realidad, lo que a fin de cuentas constituye el conflicto central del protagonista, toda vez que la escritura de sus memorias (donde los recuerdos se perciben hambrientos de fantasía) se perfila como la última salida para escapar de un vacío existencial fraguado en la desazón de sueños incumplidos y potencialidades desperdiciadas. Para ello Clooney se apoya en un afortunado equilibrio entre un realismo casi documental —mediante inserciones de fragmentos de entrevistas a personajes que trabajaron con Barris— y secuencias de textura más bien onírica en las que la experimentación visual, a través de alteraciones cromáticas o movimientos de cámara, nos remite a la subjetividad trastocada pero autoconsciente (y muy cercana al cinismo) de un hombre cuya intención pareciera ser la de expiar sus pecados como pionero de la llamada “telebasura” (recreados con el brillante colorido pop de los sesenta y setenta) a través de su identidad alterna como peón utilizado por las insondables manos de los servicios secretos (en segmentos donde los tonos sombríos nos trasladan a los territorios característicos del cine negro). Sumada a estas apropiadas elecciones de estilo, la brillante actuación de Sam Rockwell en el papel de Chuck Barris, en la que es capaz de caminar como un equilibrista entre el desasosiego y el oportunismo picaresco, constituye otro punto a favor para conseguir un filme bastante sólido y sugerente para un director primerizo.
En su siguiente película como realizador, Good Night, and Good Luck (2005), Clooney confirmó e incluso superó las expectativas que había generado con su ópera prima, ofreciendo lo que buena parte de la crítica sigue considerando su obra más lograda, y que le llevaría a conseguir sendas nominaciones al Óscar como mejor director y por mejor guion original (coescrito con Grant Heslov). Este drama donde se cruzan política y periodismo (dos temas predilectos de Clooney), retoma el encontronazo mediático entre el periodista Edward Murrow (un impecable David Strathairn) y el senador Joseph McCarthy, quien instigó a mediados del siglo XX una infausta cacería de brujas en su afán por impedir el menor brote de comunismo en Estados Unidos. Si en su anterior película Clooney había abordado el lado oscuro de la televisión como medio para la frivolidad escapista, en esta oportunidad reivindica los esfuerzos de un equipo de periodistas íntegros y comprometidos con la verdad que, bajo el liderazgo de Murrow, se atreven a revelar en un programa televisivo de la cadena CBS (See It Now), las irregularidades e inconsistencias en los procesos acusatorios del macartismo, cuyos excesos ponían en riesgo derechos fundamentales como la libertad de expresión. En esta ocasión Clooney se decanta por un realismo incisivo con la precisión de un bisturí, en el que la apuesta por el blanco y negro no solo dota al filme de un aire clásico de época, sino que juega en favor de la verosimilitud de la narración al momento de insertar con gran naturalidad fragmentos de metraje con declaraciones del propio senador McCarthy. Filmada prácticamente en su totalidad en interiores, recreando el ajetreo en las entrañas de la industria televisiva entre el humo de incontables cigarrillos, la película tiene el mérito de trascender las tentaciones maniqueas de una mera obra de denuncia, pues atina a señalar las contradicciones inherentes al negocio informativo, donde los principios profesionales y las presiones económicas no siempre corren en la misma dirección.
Y es que una constante en el cine de George Clooney, independientemente de la diversidad de tonos y géneros a los que alude en su filmografía, es la de plantear en algún punto de sus tramas un dilema ético, muy frecuentemente alrededor del ejercicio del poder y de los habituales desequilibrios entre los fines y los medios cuando intereses particulares forman parte de la ecuación. Quizá la película en la que dicha inquietud resulta más evidente sea The Ides of March, thriller político que dirigió en 2011 a partir de un guion escrito por él mismo en colaboración con Grant Heslov y Beau Willimon, adaptando una obra de teatro de este último con toda la carga de intrigas, ambiciones y deslealtades que plasmaría poco después en la serie televisiva House of Cards. En este caso, The Ides of March se desarrolla en el contexto de unas elecciones primarias del Partido Demócrata, en las que compite el gobernador de Pensilvania Mike Morris, un liberal idealista interpretado por el propio Clooney. Sin embargo el personaje central no es dicho candidato, sino su joven secretario de prensa Stephen Meyers (Ryan Gosling), quien bajo la batuta del experimentado jefe de campaña Paul Zara (Philip Seymour Hoffman) se entrega con ahínco al cometido de conseguir el triunfo del gobernador, sin sospechar que al calor de ofertas tentadoras por parte de sus adversarios, así como de inesperadas revelaciones que harán peligrar la imagen de Morris a partir de una imprudente relación con una joven becaria (Evan Rachel Wood), se verá en la encrucijada de renunciar a sus principios y actuar en su propio beneficio, tal y como hacen sus propios mentores. El prolongado primer plano con el que finaliza la película, con el rostro impasible del personaje de Ryan Gosling mirando fijamente a la cámara tras el reconocimiento de su innoble (pero lucrativo) destino, es una interpelación directa a la conciencia del espectador, que lo incita a reflexionar sobre la propia condición humana y los desfases entre discursos y acciones, esa hipocresía tan común en la política de nuestro tiempo.
En contraparte, uno de los puntos flacos en las películas menos afortunadas de Clooney está en la imposición forzada (aunque bienintencionada) de este tipo de dilemas trascendentes y comprometidos en medio de historias cuya simpleza argumental (sobre todo cuando lo ha intentado por los derroteros de la comedia) no es capaz de detonar por sí sola las reflexiones correspondientes. Así ocurre por ejemplo con la que fue su tercera película, Leatherheads (2008), una comedia por demás ligera en la que él mismo interpreta a un veterano jugador de futbol americano en los años veinte, justo cuando este deporte está a punto de profesionalizarse y se imponen nuevas reglas del juego en las que el impacto mediático y los beneficios económicos se vuelven más importantes que el afán recreativo. Los diversos elementos de los que Clooney echa mano para enriquecer la trama (comedia romántica con triángulo amoroso, el desenmascaramiento de un jugador estelar con aura de héroe de guerra por parte de una periodista, la crítica a la ambición de un agente) resultan todos tan dispersos e inconexos que la historia no solo deja de ser terreno fértil para la reflexión en torno a su pretendido mensaje, sino que incluso durante varios lapsos deja de cumplir con su premisa fundamental de ser entretenida.
Algo similar puede decirse de The Monuments Men (2014), ambientada en los estertores de la Segunda Guerra Mundial y cuya trama gira alrededor de una operación del ejército norteamericano para rescatar obras de arte de la rapiña y la destrucción a manos de los nazis. A pesar de una premisa inicial atractiva —que pone sobre la mesa un interesante debate en torno al valor del patrimonio artístico de la humanidad cuando esta muestra su peor cara—, y de un talentoso reparto con nombres como los de Matt Damon, Bill Murray, John Goodman, Jean Dujardin, Bob Balaban o el propio Clooney, interpretando a un entusiasta grupo de expertos en arte reconvertidos en soldados improvisados, la película pierde fuerza al no conseguir combinar de manera convincente su filo dramático y su lado cómico, quedándose en muchos momentos en una tierra de nadie donde ni las escenas de tensión emocionan ni los gags divierten. Si a esto añadimos subtramas que no terminan de cuajar, como el insustancial flirteo entre el personaje de Matt Damon y el de una muy desaprovechada Cate Blanchett, tenemos como resultado una historia cuya inconsistencia no se corresponde con su mensaje, que por lo tanto el guion tiene que hacer explícito para que el espectador lo entienda a través de frases afectadas como la que lanza el personaje de Clooney ante los altos mandos para justificar su misión, preguntando quién, si no ellos, se encargará de que el David siga de pie y la Mona Lisa siga sonriendo.
A pesar de estos tropiezos, la carrera de Clooney como director no deja de generar expectativas, gracias a que su astucia creativa lo impulsa a seguir tomando riesgos de acuerdo con sus inquietudes y su conciencia humanista, sin dejarse intimidar por presiones comerciales o por mantener una fama que para él siempre ha sido un medio y no un fin. Así ahora, con Suburbicon, revisita la década de los cincuenta para desmitificar, en ese tono de comedia negra tan propio de los Coen, los idílicos orígenes del sueño americano, donde debajo de la apacible prosperidad de los suburbios se cuecen problemáticas como la intolerancia y el racismo, que hoy, en la era Trump, salen a la luz en su versión más descarada. Es de esperar que un cineasta como Clooney continúe abordando en proyectos posteriores estas complejidades de nuestro tiempo y sus raíces en el pasado, sobre todo cuando ha llegado a un momento de su polifacética y fructífera carrera en el que puede darse el lujo de poner sus recursos al servicio del talento.
Jorge Carrión Castro
Escritor y crítico de cine. Autor de la novela Eco de tinieblas.