“¿Qué hay más allá de Caravaggio?”, es una pregunta que puede adaptarse incansablemente a lo largo de la historia del arte. Sirve para cuestionar a los protagonistas de la misma, pero también a sus escuelas, a los movimientos artísticos de los que participaban y con los que convivían y a aquella categoría que quizás sea la más determinante en la definición del canon: su ubicación geográfica.
El Museo Metropolitano de Arte de Nueva York inauguró recientemente la exposición Valentin de Boulogne. Beyond Caravaggio, que estará en sus salas hasta enero, antes de partir al Louvre. Con 45 de las aproximadamente 60 obras que sobreviven, esta es la primera exposición monográfica del artista nacido en 1591 en Coulommiers, Francia. La idea de la exposición es mostrar que también un francés participó del barroco tenebrista del que Caravaggio es el mayor representante, y que por lo tanto ha quedado asociado principalmente a Italia y en segundo lugar a España, gracias a José de Ribera. Así, el crítico de arte Jason Farago dice que la exposición es explícitamente “una solicitud para ser miembro del canon”.
Se sabe poco de Valentin de Boulogne, pues su vida terminó a los 41 años y son pocas las obras que se conservan de él, mismas que están dispersas en Roma, Viena, Munich, Madrid, Londres y París, en donde se encuentra la mayoría de ellas. Lo que se sabe con certeza sobre su vida es que para 1614 el pintor ya se había mudado a Roma, en donde es posible que haya estudiado con Simon de Vouet. Su trabajo estuvo expuesto en la Basílica de San Pedro, junto con el de su connacional Nicolás Poussin, comparación que si bien no le fue provechosa, se ha prestado para hablar de la melancolía, “incluso tristeza” en la pintura de Valentin de Boulogne.

Valentin de Boulogne, Negazione di Pietro.
El claroscuro al que recurre, como buen aprendiz de Caravaggio, provoca que el espectador se detenga en los detalles de las composiciones. Y lo que encuentra en una gran cantidad de ellas que muestran escenas de tabernas, son representaciones de robos discretos, “carteristas” de la época, entre lectoras de la suerte, mendigos, o sencillamente otros comensales. Lo que más bien es una risa cómplice y no tristeza (melancólica), se detiene, empero, cuando se ve el resto de los temas Boulognianos: mártires, santos y escenas bíblicas cuidadosamente distribuidos en los muros por Keith Christiansen y la historiadora del arte Annick Lemoine.
El interés por Valentin de Boulogne no es nuevo. Poco después de decidir que pasaría más tiempo en Versalles y en determinar los arreglos arquitectónicos convenientes, el rey Luis XIV compró en 1670 la serie de los cuatro evangelistas de Boulogne para decorar la famosa Chambre du Roi. Junto con el rey, el Cardinal Mazarin que fungía como su ministro, fue también un coleccionista temprano de la obra de Valentin de Boulogne. Obras que pertenecieron a ambos son parte de esta exhibición, lo mismo que la más reciente venta del artista: The Crowning with Thorns que fue subastada a principios de este año con un precio inicial de entre 1,500,000 y 2,000,000 de dólares, para eventualmente ser adquirida en 5,178,000 dólares.
Quizás el rescate del artista tenga que ver con este renovado interés por su obra dentro del mercado del arte, pero es difícil asegurarlo. En todo caso, es emocionante que al día de hoy los “Old Masters” se presten para seguir siendo reinterpretados, aunque inevitablemente surge la duda de si un francés en Italia basta para indicar un “más allá del tenebrismo italiano”, y de si, en la reflexión sobre el canon, no será más interesante ver “más allá” de Europa en el siglo XVII.
Las obras de Valentin de Boulogne expuestas en el Met se pueden ver aquí.