Abrazamos al dolor, porque no pensamos y existimos.
Sentimos porque existimos.
Somos dolor y por eso trascendemos.
–Brenda Navarro, introducción al Diario del dolor

Esta Navidad se cumplen veinte años de la muerte de la escritora mexicana María Luisa Puga y no he podido evitar acercarme a su última obra publicada, también hace veinte años: el Diario del dolor (UNAM, 2004). Como su título lo indica, es el diario de una mujer, la propia autora, cuya existencia entera se ve transformada por la artritis reumatoide inflamatoria. Lo más llamativo de esta obra no radica en el protagonismo del dolor sino en el tratamiento que se le da a la vida desde la enfermedad, no a pesar de ella.
Vale la pena ahondar en la afirmación de lo que siente, la creación de una nueva poética y la consecuente modificación de su universo personal. Cuando hablo de su “poética”, me refiero a su propuesta artística, a todo aquello que caracteriza su escritura y que parte de su concepción de lo que es o debe ser la poesía o la literatura. En este caso, me interesa explorar cómo el dolor permea y se apropia del mundo de quien lo padece: su cuerpo, su percepción del tiempo y el entorno, su lenguaje; si se trata de una enfermedad crónica, hasta su identidad. También me pregunto si es posible, por lo tanto, sobrellevar el dolor de manera distinta. ¿El dolor nos determina o es posible que nosotros lo (re)definamos? Al hacerme esta pregunta, pienso en las propuestas teóricas de Sara Ahmed, Meri Torras, Elaine Scarry y David LeBreton.
En La política cultural de las emociones, Ahmed explora cómo funcionan las emociones para moldear las “superficies” (las formas perceptibles, las barreras, los lugares de división y/o contacto) de los cuerpos individuales y colectivos. Al abordar el dolor, Ahmed identifica una modificación directa, multifacética y brutal en la forma de “ver y sentir el mundo” de quien lo sufre.
¿En qué consiste esa modificación? Comencemos por explorar la redefinición corporal. Como asegura Meri Torras, “el cuerpo ha sido considerado en la tradición occidental como un envoltorio provisional y contingente del sujeto, una suerte de cáscara o cascarón del yo, sometido a las dinámicas conceptuales de dentro/fuera”. Esta cita pone sobre la mesa dos temas de discusión fundamentales: la contingencia del cuerpo y su rol crítico en la dinámica interior-exterior. La autora entiende la contingencia como la mera posibilidad de que algo suceda o no; denuncia que el cuerpo tradicionalmente se ha visto como un “accidente” —en su sentido aristotélico: algo que no afecta la “esencia” de los objetos y, por ende, podría o no estar presente sin por eso afectar la identidad—, un accesorio del ser humano. Torras critica la concepción de nuestra dimensión física como una casualidad y nos invita a reconsiderar su importancia. Después de todo, nuestro cuerpo es nuestro hogar y vehículo; toda interacción con el mundo se hace a través de él.
Ahmed coincide con esta visión y retoma el mismo término (“contingencia”), pero lo aplica específicamente al dolor y lo relaciona desde la etimología con la palabra “contacto”. Así conecta la sensación física con la dinámica interior-exterior. Según Ahmed, el ser humano se vuelve consciente de los límites de su cuerpo sólo cuando se presenta un malestar. “Los cuerpos y los mundos se materializan y toman forma”, nos comparte la autora, “o se produce el efecto de frontera, superficie y permanencia, a través de la intensificación de las sensaciones de dolor”. El mal físico y emocional nos vuelve conscientes de que nuestro cuerpo, al mismo tiempo, nos vincula y nos separa de lo que nos rodea. Si el cuerpo decae, la vida entera también. Por consiguiente, es necesario retomar el organismo, que suele estar “ausente” (relegado en la jerarquía de nuestra percepción y nuestras prioridades), para pensarlo desde el contacto que establece con el mundo, ahí donde se articula nuestra experiencia vital.
El efecto de “frontera” explica por qué deseamos “expulsar” el dolor, como si se tratara de un parásito: un ser ajeno e intrusivo que exige compartir y quebrar nuestro cuerpo. Esto no podría ser más claro en la obra de María Luisa Puga, quien describe su enfermedad como “una compañía ineludible e inasible, concreta, que la cubre como coraza”. Hay una nueva “superficie”; su punto de contacto con el exterior ya no es la dermis sino el dolor mismo. Su malestar es envolvente, abrumador, asfixiante. “Si me voy encogiendo”, admite Puga, “es porque lo traigo encima y por más que le echo hombrazos no se quita. […] Tiende a querer ocupar todo el espacio. Desplazarlo a uno por completo”. Es como si la enfermedad la obligara a retroceder en su propia casa, bajo su propia piel.
¿Qué sucede cuando, como en el caso de Puga, el dolor no puede ser expulsado, ni curado, ni ignorado?, ¿qué implica que el mal físico no sea ligero, temporal, episódico? En el fragmento 11 de su Diario… la narradora se pregunta: “¿En dónde quedé yo? Porque tengo bien definida su presencia [la del dolor], su territorio, sus recovecos, pero ¿y yo? Perdí mi imagen. […] De repente capto una imagen en el espejo y no la identifico conmigo”. Más adelante, cuando piensa haber encontrado a alguien más con un dolor similar, la mexicana dice que el desconocido y su sufrimiento “formaban una pareja indisoluble. […] Era como ver a una persona con su sombra”.
Ya que se plantea la relación sujeto-malestar o afecto-afectado como una dualidad inseparable, la pregunta subyacente en todos estos fragmentos es: ¿dónde termina Puga y empieza su dolor? ¿Qué separa lo que siente de quién es ella? La respuesta es devastadora en su honestidad, pues la autora confiesa: “Entendemos, mi cuerpo y yo, que el espacio ya no es nuestro; tampoco es del dolor, es de los dos”. Si el dolor no disminuye, quien lo sufre no tiene otra opción que redefinirse en torno a él. Por lo tanto, no debemos preguntarnos qué es, sino qué hace el dolor.
La artritis reumatoide inflamatoria afecta el “tejido conjuntivo” del organismo (que, en las palabras del doctor de Puga, “lo es todo”, tanto literal como figurativamente). A eso se debe que, en el Diario…, la redefinición desde la enfermedad abarque el entorno, el tiempo, el lenguaje, la relación con los otros, la identidad y la forma de habitar el mundo.
Primero, en cuanto a la relación con el entorno, Ahmed pone especial atención en los objetos que rodean a la persona adolorida; estos se vuelven “pegajosos”, se saturan de afectos y tensiones. Por eso, Puga afirma que su bastón se convierte en una extensión de su brazo; que su cama es al mismo tiempo el escenario de su descanso y su lucha; que practicar el manejo de la silla de ruedas es una forma de reaprender a caminar. “No puedo sino mirar”, confiesa Puga, “y ver cómo [el dolor] hace de los objetos (que yo creía amigos míos), sus secuaces”. Su cotidianidad se llena de artefactos inventados por su esposo que facilitan su descenso a la alberca, su trayecto por la cocina y su propio oficio como escritora. Si bien los objetos pueden despertar emociones y sensaciones, en el caso del Diario del dolor, estos más bien adoptan el papel de testigos, constancias en el entorno personal del avance de la artritis.
Ahora bien, la enfermedad no sólo revoluciona el espacio en el que se desenvuelve el sujeto que sufre, sino que parece aislar a este último en una dimensión temporal y lingüística casi inalcanzable para los demás. Porque, como mencionamos al inicio, las experiencias de disfunción o de “desviación” de lo ordinario se viven como un regreso al cuerpo y al presente. De ahí que Puga escriba: “Soy este presente raro y largo que no me permite ver hacia dónde se dirige y en el cual estamos contenidos Dolor y yo. […] Tú deberías hacerme recordatorios, Dolor, cuando me distraigo, cuando aparto la vista del aquí”.
Así corroboramos la visión compartida de Torras y Ahmed sobre la experiencia “totalizadora” del dolor. La intensidad de un afecto, cualquiera, puede encerrarnos en el ahora que normalmente nos rehuye, que se nos escapa entre planes, preocupaciones, ansiedades, arrepentimientos, añoranzas y fantasías. Como nos comparte Elaine Scarry en The Body in Pain (OUP, 1987), para la persona que sufre, eso que siente es el presente indiscutible, el modelo primario de la certeza. No existe nada más que ese malestar intruso en el cuerpo.
En contraposición, para los demás, la enfermedad sobre la que escuchan constituye la duda por excelencia. Si bien es cierto que el dolor es lo que más compartimos, siempre hay una brecha, algo insalvable. “El dolor se evoca como aquello que ni siquiera nuestros otros más íntimos pueden sentir”, escribe Ahmed. “La imposibilidad de un ‘sentimiento solidario’ es ella misma la confirmación de la lesión” o afección. Nuestro dolor no puede ser vivido por otras personas inmersas en otros mundos corporales. Y el hecho de que el mal físico o emocional no sea “compartible” genera una brecha entre el exterior y quien duele. En el Diario…, por ejemplo, Puga admite sentir una soledad similar a la de los países extranjeros, donde todo rostro desconocido parece también muy lejano, parte de una realidad distinta, gobernada por una lengua nueva: “No me siento parte de nada más que de mi cuerpo tan raro, tan desconocido y al mismo tiempo tan mi casa”. No es sorprendente: tanto sus familiares y amigos como la gente desconocida con la que se encuentra tienden a alabar en automático su “fortaleza” y su “ánimo”, por cortesía y diligencia, sin el más remoto conocimiento de lo que Puga vive. “Me resultan más desconocidos ellos que Dolor”, concluye.
Al sujeto adolorido no sólo lo aísla una superficie dérmica, sino también una barrera lingüística. El afecto más hondo es también el más renuente a transmitirse en el habla o en discursos testimoniales. Esto se debe a que el lenguaje médico, su vocabulario e incluso las metáforas y comparaciones son herramientas inadecuadas —quizá incluso inútiles— para, una vez más, “expulsar” el dolor desde la interioridad y hacerlo aprehensible para alguien más. Scarry concibe esta barrera como una resistencia comunicativa que es inherente o, en sus palabras, “esencial” al sufrimiento. En suma, el sufrimiento es tal en tanto que no puede transmitirse, no en realidad.
En este punto no sólo nos encontramos ante una “resistencia”, sino ante la destrucción activa del lenguaje, donde las palabras vacías se transforman en quejidos y sollozos como los que emiten los bebés. La imagen de lo recién nacido es fundamental, pues se manifiesta en la comunicación, la creación de la poética del dolor y la propia identidad de la persona enferma. En el primer caso, Scarry afirma que escuchar a una persona salir de la “pre-lengua” (aquella conformada por gritos y quejidos) para proyectar lo que siente en el habla “es presenciar el nacimiento de la lengua en sí misma”. Es como si el dolor nos regresara a la infancia más temprana.
Esto es justo lo que hace María Luisa Puga en su Diario del dolor: da a luz una poética del dolor, al idioma de lo incomunicable. Dicho lenguaje se inaugura cuando Puga desafía su propia enfermedad con la siguiente sentencia: “Tu lugar, Dolor, lo ha tomado la computadora”. Así, el malestar que siente ha sido reemplazado por lo que escribe sobre él. Y ella misma lo confirma más adelante cuando dice: “El cuaderno sirve para inventar las palabras con las que voy a decir o a decirme. O sea, sirve para ensayarlas. Hágase de cuenta que practico ante un espejo”. Narrar es reformularse desde la intimidad de su afección.
Para Ahmed, reemplazar la palabra con la que se designa una emoción produce o altera cierta “narrativa”. Las emociones son, por ende, efectos de su propio nombre, de modo que un nuevo diagnóstico o una variación en el relato tiene la capacidad de generar un tipo diferente de dolor. (Re)nombrar la experiencia es apropiarse de ella. David LeBreton comparte esta perspectiva, pues concibe la emoción como “un matiz afectivo que se extiende por todo el comportamiento, y que no cesa de cambiar en todo instante, cada vez que la relación con el mundo se transforma, que los interlocutores cambian o que el individuo modifica su análisis de la situación”. Entonces, podríamos trazar una especie de ciclo: como ya revisamos, toda enfermedad puede permear nuestra comprensión del mundo; pero, a su vez, distintas formas de comprender el mundo pueden generar percepciones variadas de una misma enfermedad.
Eso es lo que sucede cuando María Luisa Puga se dirige directamente a sus sentimientos y los personifica. “Lo que es la palabrita dolor, ¿no?”, reflexiona la autora. “Le puse mayúscula y le hablé. Antes no lo nombraba. Estaba ahí de una manera mucho más despiadada”. En su diario, Puga caracteriza su dolor y lo compara con su gato, porque su manera de manifestarse es “siempre sorpresiva, casi juguetona: jamás sé por dónde”. Poco a poco, “Dolor” como personaje se (con)funde con la narradora: se aburre como ella al ver la lluvia, parte a su lado durante las vacaciones, se asusta también durante las conversaciones en torno a una posible operación. La autora toma su sufrimiento, lo nombra y lo vuelve una compañía, a veces, incluso un cómplice, pues comparte sus miedos y opiniones.
Llegado este punto, es pertinente recordar las palabras de Ahmed: “El dolor se puede sentir como algo ‘que no es yo’ dentro de ‘mí’: lo que está en juego es la impresión del ‘no’”. Con esto en mente, podríamos inferir que la negación del dolor es universal. Sin embargo, Puga logra afirmar su vida sin negar su dolor en el proceso. Esto es indispensable para comprender la propuesta poética y testimonial de la mexicana, cuyo diario es también un “Génesis” subjetivo —aunque no por ello menos sagrado—, donde la reformulación de su enfermedad conlleva la recreación de su universo personal.
Puga reescribe un organismo que es, también, una nueva forma de experimentar el mundo. La difuminación de la frontera entre su cuerpo y el cuerpo de su texto evidencia que se ha producido una metamorfosis interior, una reconstrucción del ser desde los afectos. La (re)escritura del dolor “es a la vez interpretación, expresión, significación, relación, regulación de un intercambio”, resume LeBreton. Así, podríamos decir que la narrativa de la enfermedad, más que la enfermedad por sí misma, impregna la relación de la autora con el mundo, su forma de comprenderlo y habitarlo. Su poética del dolor es, ante todo, una acogida de este; hablamos del nacimiento de una nueva identidad y de una experiencia vital que no se demerita con el sufrimiento. Al final del día, el dolor es parte del ser humano; nuestra vulnerabilidad es, ante todo, un signo irrenunciable de existencia. Como declara Brenda Navarro en su introducción al Diario del dolor, “sentimos porque existimos. Somos dolor y por eso trascendemos”.
Referencias
Puga, María Luisa. Diario del dolor. Introducción de Brenda Navarro, Universidad Nacional Autónoma de México, 2020. Colección Vindictas: Novela y Memoria.
Ahmed, Sara. La política cultural de las emociones. Traducción de Cecilia Olivares Mansuy, 2da ed., Universidad Nacional Autónoma de México, 2015.
Le Breton, David. “Por una antropología de las emociones”. Revista Latinoamericana de Estudios sobre Cuerpos, Emociones y Sociedad, vol. 4, núm. 10, diciembre-marzo, 2012, pp. 67-77.
Scarry, Elaine. The Body in Pain: The Making and Unmaking of the World. Oxford University Press, 1985.
Torras Francès, Meri. “El cuerpo ausente: representaciones corporales en la frontera de una presencia ausente”. Estudios, vol. 27, enero-junio 2012, pp. 107-118.
Siham El Khoury Caviedes
Es licenciada en Literatura Latinoamericana
Es cierto que no podemos meternos en la carne de otros para sentir su dolor. Pero todos hemos sentido dolor y podemos compartir nuestras experiencias por el mismo. El mi caso me duelen los brazos en las madrugadas y se me paralizan, sin poder mover los músculos. No he querido tomar ni aspirina, toda la vida he estado tomando medicamentos y temo que me afecten los riñones o el hígado.