En este ensayo, la poeta invita a una experiencia de lectura más detenida y estudiosa, la de quien regresa a su selección personal de pasajes. Una reflexión original sobre el camino y el arte de los subrayados.
Mis libros están a disposición de todos.
Si alguien reclama algo o cree que tiene algo
que reclamar puede entrar y será bien recibido.
—William Faulkner, El ruido y la furia
Un reloj heredado, indicio de una edad provecta, es lo que suscita este fragmento de El ruido y la furia de William Faulkner. Tal vez aquella secuencia de palabras, un compás inalterable y descortés, sea el origen de la novela que tengo entre las manos (o la que me tiene entre sus páginas). El artilugio, antiquísimo y siempre vigente, atestigua la degradación de los Compson. Me aventuro a decir que la legitima.

“Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo. Porque nunca se gana una batalla, dijo. Ni siquiera se libran. El campo de batalla solamente revela al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles.”
Escuchamos el tictaqueo en el trasfondo de enunciados precisos y preciosos: la victoria es una ilusión de filósofos e imbéciles. Esa victoria contra el tiempo, oh, desgastada eternidad, envejece mi lectura.
O yo soy deprisa en esta leída.
Me digo mientras releo que “La lectura está disminuida” al margen de esta parte que he subrayado. ¿Será que al subrayar me interpongo entre los personajes y su tiempo? Odioso tiempo. ¿Será que me apropio de lo que el resto considera inapropiado? Este libro merece respeto. Eso sí, pero el autor no.
Subrayo párrafos completos aunque, casi siempre, son unas tres palabras las que suscitan toda una serie de enunciados imaginados. Lo que venero son esas incautaciones (en medio de una pausa como la anotación), no el libro en su completitud.
Tal vez sea lo único en común que tenga con el autor: esas palabras. En este caso es
es
y es
palabras que he resubrayado y quiero creer que se ha faulknerizado mi concepción impropia de “tiempo”, “batalla” e “imbéciles” al margen de mis días. El subrayado de estas palabras, en particular, destempla mi vocabulario anterior. El repertorio elegido reposa sobre las hojas blancas de una libreta de tapas rojas.
La frase que más se repite es “Eres la suma de lo que se te dé la gana” (variación de “El hombre la suma de lo que te dé la gana”). El tiempo, la batalla y los imbéciles son la adición a nuestra vida. Embrollo en números y fechas a la par de universalidad en un objeto preciado: “Sobre la pared, encima de un estante, invisible excepto por la noche, bajo la luz artificial e incluso evidenciando entonces una profundidad enigmática ya que solamente tenía una manecilla, un reloj de pared, tras un sonido preliminar como aclarándose la garganta, sonó cinco veces”.
¿Será que yo también he violentado al autor de este libro? Siempre he tratado a los libros con demasiada confianza. Algunos prácticamente están deshojados, con la portada a punto de derrumbarse para siempre. Más que poseerlos, ellos me poseen y se hacen otro libro: el de mi lectura, el de mi detenimiento, el de mi subrayado. Es un orden ajeno: expropiación más que reapropiación. El subrayado está estrechamente relacionado con lo que admiro y detesto, la obra y la figura. A veces también triunfo sobre las erratas. ¿Pensar o editar? ¿Pensar o copiar? ¿Pensar o falsear? ¿Pensar o falsificar? El subrayado es un acto íntimo. Si alguien abriera mi edición de El ruido y la furia sería un acto similar a leer mi diario.
Es por este fragmento que vuelvo a leer el libro. Sin embargo, en la relectura no sé si yo soy la incómoda. No sé si yo deseo que perdure mi lectura ante el olvido o que perdure el subrayado ante la presencia. Subrayo, como signo de vanidad. Lo interpreto así: es el marcaje de mi territorio. Lo realizo con insistencia en las versiones de El ruido y la furia que tengo al alcance: una edición de Cátedra y un archivo en el dispositivo Kindle.
¿De qué me acusa este libro? ¿Será que me he delatado a mí misma? Las entrelíneas revelan la cera impregnada. Crayones, lápices de colores, crayones de nueva cuenta. Hay una oquedad en ese subrayado, recalco el fragmento. Es una obsesión por
la sutileza
la reciedumbre
la vida leída en El ruido y la furia.
Hoy sólo quiero subrayarme en ese libro y saber que seré los ojos de alguien: lo que pertenece a todos y a nadie.
Cuando no tengo a la mano con qué subrayar, doblo las esquinas de las páginas. La esquina superior es profanada si lo que me ha atrapado se encuentra de la mitad para arriba y la inferior si está en las secciones finales. En la relectura, añado una serie de impresiones en los márgenes con un lapicero de tinta roja. Generalmente recuerdo el fragmento (“El hombre la suma de lo que te dé la gana”) e incluso las palabras (“suma”, “gana”) cuando estoy a la busca del subrayado perdido.
Me enfrento a un dilema: hay otro fragmento que llama mi atención: “El hombre la suma de sus experiencias climáticas, dijo Padre”. Lo subrayo y releo con cuidado: “El hombre la suma de sus experiencias climáticas, dijo Padre” y recuerdo páginas que ya no pertenecen a mi El ruido y la furia. Pasan con detenimiento en mi cabeza (Porque nunca se gana una batalla, dijo. Ni siquiera se libran, dijo). La memoria es prodigiosa pero el subrayado me la limita.
Porque
“las mujeres tan delicadas tan misteriosas, dijo Padre. Delicado equilibrio de periódica impureza suspendido entre dos lunas. Lunas dijo llenas y amarillas como lunas de verano sus caderas sus muslos. Fuera de ellos siempre fuera pero. Amarilla. Las plantas de los pies caminando como. Saber entonces que algún hombre que todos aquellos imperiosos misterios ocultos.
Y QUE ESTO ES PARA MÍ UNA MUJER.
Con todo ello en su interior conforman una suavidad externa que espera ser palpada. Líquida putrefacción de objetos ahogados que flotasen como pálido caucho a medio hinchar mezclándose con el olor de las madreselvas.”
SI ESTO ES PARA ÉL, UNA MUJER. SI ESTO ES PARA MÍ, AL LEERLO, ES UNA MUJER
Entonces asomarme por lo que el texto.
Lo que el texto se llevó
Lo que el texto me dejó
Estar esperando acaso una guarida que tiene el nombre de Quentin “Quien amaba no el cuerpo de su hermana sino algún concepto de honor familiar y (él lo sabía bien) sólo temporalmente descansando en la frágil y diminuta membrana de su doncellez semejante al equilibrio de una miniatura de la inmensidad del globo terráqueo sobre el morro de una foca amaestrada. Quien amaba no la idea del incesto que no cometería, sino algún presbiteriano concepto de su eterno castigo: él y no Dios, podría arrojarse a sí mismo y a su hermana mediante ello al infierno, donde para siempre podría guardarla y mantenerla para siempre jamás intacta entre las eternas llamas. Quien sobre todo amaba a la muerte, quien sólo amaba a la muerte, amó y vivió con deliberada y casi pervertida expectación tal y como ama un enamorado y deliberadamente se reprime ante el increíble cuerpo complaciente, propicio y tierno de su amada, hasta que no puede soportar no el reprimirse sino la prohibición y entonces se lanza, se arroja, renunciando, ahogándose”.
Así aprender lo que somos las mujeres a partir de una entronización, de lo que no es poético sino retraído. Acaso deseo, acaso lo que nos hace falta. Acaso decir ya basta. No sé si fue un rescate.
Subrayar es
Darle la vuelta a las mismas palabras
Darle entrada a las mismas palabras
Darle la espalda a las mismas palabras
Leer el libro del libro
O releer el subrayado del libro
NO
volveré a leer este libro en su totalidad. Releeré los pasajes, que deben ser acaso una tercera parte del libro. Releeré lo que me encolerizó, lo que me esperanzó, lo que me mortificó, lo que me reparó. Esa es mi deuda: lo que es misterioso y caritativo. No puedo conocerme leyéndolo, pero si puedo saberme: soy una intrusa. Subrayo antes de que el libro me asedie. Un impulso salvaje que descifro como instinto de supervivencia. Leo y pierdo la calma. Leo lo subrayado y la recupero. Releo y hay explicaciones, conclusiones. Releo lo subrayado y hay espera.
No me queda de otra.
No hay dominio alguno sobre las palabras que no te pertenecen: las tomas prestadas. En la relectura devuelvo palabras, otrora favoritas, porque las encuentro petulantes, empobrecidas o desafortunadas.
Subrayar, considero, es un camino creativo.
El subrayado es situacional
Hoy recurro a los fragmentos anteriores y ya no me emocionan sobremanera. He encontrado un sustituto: “Me dije lo hará por respeto hacia su padre. Entonces lo creí. Pero sólo soy una pobre anciana; me educaron creyendo que las personas pasan privaciones por quienes son de su carne y de su sangre. Yo tengo la culpa. Tenías razón con tus reproches.”
Subrayar no es denotar.
Denotar es un saber y yo doy una instrucción.
Subrayar es hacer que Padre (mi padre) regrese.
Subrayar es
hacer que el libro esté conmigo en todo momento.
Subrayar no es una ofensiva.
Es reconocimiento, reconocimiento de deslices, fallas.
Sí, subrayar es un acto de humildad.
La El tierra libro más cercano a a la puerta estaba desnudoa.
No volví a decir más. No sirve de nada. Me he dado cuenta de que cuando a alguien se le
mete UN LIBRO en la cabeza lo mejor es dejarlo tranquilo.
Tal vez El ruido y la furia que he leído y se transforma en meros fragmentos al releerlo y sea esto. Sólo esto: remachados, el resto. Grandísimo, imitable. Sagrado, corrupto. Mágico, predecible. Único, defectuoso. Te lo entrego no para que recuerdes el tiempo, sino para que de vez en cuando lo olvides durante un instante y no agotes tus fuerzas intentando someterlo. Mañana este ensayo (¿o acaso un depósito de confesiones?) será ____________________.
Karen Villeda
Escritora. Ha publicado: Pelambres y los poemarios Dodo, Constantinopla y Babia, entre otros libros.
Nota editorial: en este texto los elementos con subrayado sencillo corresponden a las marcas de color de la autora. El doble subrayado corresponde a elementos con marcas de color y con subrayado sencillo. De modo que se distinguen dos formas gráficas de subrayar un texto, en este caso en formato electrónico.