Margaret Atwood, un feminismo otro. Alias Grace y El cuento de la criada, dos series literarias

Una de las más felices coincidencias de este año en materia de series es la emisión de dos adaptaciones de novelas de Margaret Atwood: hablamos de Alias Grace (Netflix) y El cuento de la criada (Hulu), que juntas conjugan algunos de los puntos clave de la obra de la gran escritora canadiense. El siguiente ensayo recorre brillantemente ambas propuestas, donde utopía y distopía trabajan para abrir caminos hacia nuevos tipos de humanidad.

¿Por qué proyectamos historias sobre el futuro? ¿Para qué rememoramos acontecimientos del pasado? ¿Dónde habita el presente? Son preguntas que parece susurrarnos Margaret Atwood (Ottawa, 1929) con una de las más felices coincidencias del 2017: la renovación de dos de sus prestigiosas novelas en formato de serie de televisión,  The Handmaid´s Tale [El cuento de la criada], escrita en 1985 y Alias Grace, en 1996.

Más que una coincidencia, parece la necesaria aparición de otras formas de contar, que estriben menos en las rígidas estructuras de los guiones convencionales y más en prácticas literarias que singularizan puntos de vista, pluralizan perspectivas, reflejan la riqueza de lo simultáneo, se disipan entre la memoria, la fantasía y el olvido. Como bien dice uno de los personajes de Atwood, todos vivimos en esos espacios en blanco, a orillas de lo impreso… en los huecos entre las historias.

Alias Grace o la utopía de la identidad

¿Somos lo que recordamos o lo que olvidamos?, se pregunta Grace Marks mientras estructura un relato para el psiquiatra Simon Jordan. Superponiendo capas, imagina situaciones, recuerda y borra episodios de su pasado, inventa y piensa, da cabida a los sentimientos y formula nuevas teorías sobre el perdón, la victimización y la culpa: El caso es que muy pocas personas comprenden la verdad acerca del perdón. No son los culpables los que necesitan ser perdonados sino más bien las víctimas, pues son las que causan todo el problema. Si fueran menos débiles y descuidadas y más previsoras y si no se empeñaran en meterse en dificultades, piense en todos los dolores que podrían evitarse en este mundo.

En 1843, Grace Marks se convirtió en una auténtica celebridad al ser condenada a cadena perpetua —por el asesinato de su jefe, Thomas Kinnear, y del ama de llaves, Nancy Montgomery— cuando contaba con dieciséis años de edad y una belleza remarcada por un aura de apacible inocencia. El crimen fue un fenómeno para la prensa canadiense, estadounidense y británica, que se sirvió de una combinación de detalles para dar color a esta insubordinación de las clases bajas, y para obsesionarse con dilucidar la culpabilidad o inocencia de los acusados.

Atwood cuenta que, junto con un equipo de documentalistas, reunió todo lo que consiguió sobre el caso Grace Marks —como puede leerse en la novela donde aparecen actas, periódicos, cartas, poemas, libros— pero fue esta suma de información lo que dotó a la historia de una sana contradicción, oscureció al personaje entre más se complejizó y truncó la búsqueda de la verdad con una renuncia anticipada.

Además de autoexplorarse, la mente de Grace examina las tradiciones decimonónicas de aquellas señoras medusas —por esos vestidos de campana que hacen sus pies invisibles— que los martes discuten la Cuestión Femenina y la emancipación de esto o de aquello, con personas reformistas de ambos sexos, y los jueves se reúnen los del Círculo Espiritista para tomar el té y conversar con los muertos. Para este examen del exterior se sirve de su amiga Mary Withney, su contraparte, quien la va despojando de su inocencia cuando le hace visible el significado de pertenecer a ese tiempo y espacio, a esa función específica de criada: como si, en realidad, Grace nunca hubiera sido del todo dueña de su vida.

En una época en la que conviven la confesión jurídica con la religiosa; la hipnosis con camisas de fuerza y teorías de desordenes de la personalidad; desdoblamientos con posesiones diabólicas; la idea de enfermedad mental con choques eléctricos y la cura de la palabra, Grace intenta recuperar los recuerdos perdidos del asesinato. Aunque el doctor Simon —seguidor de las nuevas técnicas psiquiátricas de la época—  le aclara que no le interesa su culpabilidad o inocencia, pues es médico no juez, y logra que ella le cuente los retazos de historia que recuerda y de la que somos testigos, en realidad, esta relación se construye desde la total incomprensión: ella no entiende el interés en su narración ni los nuevos métodos del doctor, mientras que él busca una identidad acabada que ella no puede darle. Simon busca en el pasado una transparencia de la identidad de Grace, a través de un sistema médico que termina por ser una utopía en esta especie de sociedad distópica del pasado.

¿Culpable o inocente, enferma o manipuladora, víctima o seductora? No hay una identidad cerrada para ella, siempre será un alias: la vivacidad de Mary, la victimización de Nancy…  Grace se entrelaza con ellas, del mismo modo en que cose una colcha de retazos mientras teje el relato.

Esta serie de Netflix, más allá de ser una estupenda adaptación de Sarah Polley, es una pieza en sí misma, brillantemente interpretada por Sarah Gadon como Grace. Sin intentar el argumento fútil de comparar la literatura con sus adaptaciones a otros lenguajes, es recomendable regresar al libro para quedar definitivamente recompensado con la inagotable y rica voz narrativa de Grace, que más que resolver el misterio de un asesinato, viaja por los confines de la mente, de la memoria, y de las implicaciones de la palabra hablada y escrita.

De la misma forma en que Simone de Beauvoir afirmaba “no se nace mujer, se llega a serlo”, Grace sabe que las personalidades nunca se cierran, todos son procesos, ninguna palabra delimita del todo, ¿puede ser definida con palabras como criada, asesina, inocente, mujer, seductora, manipuladora, víctima? ¿Puede alguien ser definido alguna vez?

El cuento de la criada o la distopía de la maternidad

Nada cambia instantáneamente:
en una bañera en la que el agua se caliente poco a poco,
uno podría morir hervido antes de darse cuenta
—Defred en El cuento de la criada

La normalización de lo terrible es uno de los propósitos de la República de Gilead. Defred —una de las mujeres que ha sido obligada a convertirse en criada y que en la serie es interpretada por la magnífica Elisabeth Moss— se sorprende de la facilidad con la que la humanidad se adapta a cualquier cosa, siempre que tenga una compensación, por mínima que esta sea. Su verdadero nombre le ha sido prohibido —el que ahora la designa proviene de la familia del comandante a la que pertenece: Fred Waterford, de Fred, Defred—, ha perdido sus derechos económicos y políticos, ya no tiene la posibilidad de escribir o leer,  es decir, se ha vaciado con un propósito: ser digna del don de la fertilidad. ¿Qué le han dado a cambio para normalizar su situación?, ¿nuevas formas del deseo, otras relaciones de poder?

El universo de El cuento de la criada es una inquietante proyección de elementos del pasado sobre un potencial futuro, en un género que Atwood prefiere llamar “ficción especulativa” más que ciencia ficción, acercándose a novelas como 1984, Un mundo feliz o Farenheit 451. Se trata de un ejercicio de especulación que lleva la premisa de un mundo con altos niveles de infertilidad hasta sus últimas consecuencias, como la consideración de la fertilidad como recurso nacional o la reproducción como obligación moral con la especie, una que, por cierto, ha perdido visos de humanidad.  Se trata de un sacrificio del individuo en provecho de una colectividad totalitaria.

Para Defred la idea de una república como la de Gilead no es novedosa, su genialidad consistió en la síntesis. Lo que en palabras de su autora es cierto: El cuento de la criada se nutrió de muchas facetas distintas: ejecuciones grupales, leyes suntuarias, quema de libros, el programa Lebensborn de la SS y el robo de niños en Argentina por parte de los generales, la historia de la esclavitud, la historia de la poligamia en Estados Unidos… la lista es larga. Más que una perdida de fe en el progreso científico es una crítica a los totalitarismos y a su monopolio de la verdad bajo argumentos político-sociales.

Nada cambia instantáneamente nos advierte Defred. Esta visión distópica de Margaret Atwood nos alerta de un retorno cíclico, extrapolaciones del pasado que ya existen en el presente. Se trata, más que de una pérdida de fe en el progreso —como suele ocurrir en las distopías— de una desilusión en la conducción de la idea de colectividad: una crítica social que es una advertencia. De nuestro presente surgió el futuro de Gilead que, para los espectadores, tiene ese extrañamiento de rancio pasado, de orden puritano, de disciplinas decimonónicas. Atwood construye un mundo imposible en el que, simultáneamente, se recuerda el futuro y se vive en el pasado.

En la serie de Hulu creada por Bruce Miller la visualidad toma el mando haciendo eco de  las prácticas estetizantes de los totalitarismos; el mensaje está en el orden obsesivo y la uniformidad visual: sectores de la población son reducidos a una paleta de colores. Hay un nuevo orden mundial, un estado policial donde conviven Criadas (madres) bajo hábitos rojos; Tías que adoctrinan ataviadas con discretos trajes cafés; Marthas que sirven en uniformes verdes; Esposas, mujeres de élite que viven su esterilidad en impecables vestidos azules; Econoesposas, en trajes a rayas, que pertenecen a hombres que ocupan lugares inferiores en la escala social; y, finalmente, Nomujeres, sin valor económico o moral, son enviadas a las colonias a limpiar desechos tóxicos. Para la República de Gilead, que se encarga de gestionar los pocos cuerpos fértiles que quedan, las mujeres infértiles son inservibles, las fértiles son criadas como úteros obedientes que pertenecen a familias poderosas.

La Ceremonia es un peculiar acto sexual que tiene lugar como una duplicación del cuerpo femenino; entre el comandante y su esposa hay un cuerpo intermedio, la criada que se ha convertido en un aparato reproductor. Acto que tiene lugar después de que “el patriarca” lea en voz alta el pasaje de la Biblia que inspira el ritual que se lleva a cabo en una sociedad sellada por la desventura de la literalidad:

Y viendo Raquel que no daba hijos a Jacob, tuvo envidia de su hermana, y dijo a Jacob: «Dame hijos, o me moriré.» Y Jacob se enojó con Raquel, y le dijo: «¿Soy yo, en lugar de Dios, quien te niega el fruto de tu vientre?» Y ella dijo: «He aquí a mi sierva Bilhá; únete a ella y parirá sobre mis rodillas, y yo también tendré hijos de ella.» Génesis, 30: 1-3

Defred dice sentirse viviendo en un espejo, es solo reflejo de las otras. Ha ido perdiendo su cuerpo, incluso como decisión propia: Evito mirar mi cuerpo, no tanto porque sea algo vergonzoso o impúdico, sino porque no quiero verlo. No quiero mirar algo que me determina tan absolutamente. Ha llegado a asumirse como objeto, como una máquina de producción de niños, con la simple condición de poder seguir viviendo.

Pero en medio de este estado de guerra, en un estado de emergencia que no parece formar “un mundo feliz”, hay relaciones de poder entre Criadas y Comandantes, choferes y Marthas, Tías y Esposas. Las reglas, como toda ley, pueden ser negociables siempre que sea en secreto. Entre Defred y su Comandante surge una relación más íntima que la humaniza con actos mínimos como jugar Scrabble, leer revistas prohibidas o conseguirle crema de manos. Pues como dice Defred: Creo en la resistencia del mismo modo que creo que no puede haber luz sin sombra o, mejor dicho, no hay sombra a menos que también haya luz.

Existe un movimiento clandestino de resistencia llamado Mayday en el que participan mujeres y hombres —cuyos cuerpos aparecen diariamente colgados tras las murallas, y están determinados por su posición económica para tener hijos o determinado tipo de esposas—. Sin embargo, esta organización no es la principal forma de resistencia de Defred, otra forma de lo colectivo que es el lenguaje es contar este cuento, narrar con todo detalle no solo su experiencia como Criada, sino poner en tensión su humanización a través de la recuperación de la individualidad con una crítica social. Una forma de no normalizarnos es el lenguaje, su extrañamiento, lo que en palabras de Defred es la posibilidad de creer en varias verdades al mismo tiempo, aunque sean contradictorias: ganar la riqueza de lo simultáneo.

Un feminismo otro

Cuando se le pregunta a Margaret Atwood si sus novelas son feministas, no suele responder con monosílabos, sino complejizando los conceptos. Rechaza la idea de la uniformidad de lo femenino y de su victimización, en pro de la diversidad de individualidades y posturas, un equiparamiento a los hombres en su condición de personas: lo que me gustaría es defender la dignidad de las personas, y tengo esa idea radical de que las mujeres son personas, dijo en una entrevista.

Si en Alias Grace logró difuminar la idea de identidad cerrada, en El cuento de la criada se transparenta una realidad donde las mujeres son quienes dominan con crueldad a otras mujeres. Ese discurso unificador contra el que no se puede disentir se ha transformado, en la práctica, en un arma contra las mismas mujeres que lo crearon, cuando todavía creían que el poder es algo que se posee, edificaron un monopolio de la verdad para controlar a otras mujeres de menor rango social.

En la novela aparece el personaje de la madre feminista a la que Defred dice en algún momento: Madre, pienso. Estés donde estés, ¿puedes oírme? Querías una cultura de mujeres. Bien, aquí la tienes. No es lo que tú pretendías, pero existe. Tienes algo que agradecer.

He ahí la variedad de visiones de lo femenino. Los dos personajes principales son criadas que han tenido un reducido espacio de decisión, sin embargo, más que victimizarse o reducirse a una configuración binaria del mundo, lo han abierto. Si no estamos nunca terminados, nunca somos sujetos libres y autónomos, sino seres sujetados a políticas, instituciones, saberes, somos producidos por el propio proceso.

Este feminismo que propone Atwood disloca a los individuos construidos como unidad, los articula como retazos, multiplicidades que solo se pueden tejer en prácticas de la invención de sí mismo.  Al viajar al futuro o al pasado, se obtiene una perspectiva crítica del presente, un extrañamiento de las funciones que nos otorgan los contextos históricos. Si las utopías nos llevan a sociedades inmóviles, las distopías abren nuevas tensiones. Tanto Defred como Grace nos hacen ver que siempre podemos ficcionarnos, construirnos, activar planos de otras realidades, procesos de pluralidad más que de finalidad. Ir en contra de cualquier monopolio de la verdad y no perder de vista el peligro de cualquier idea totalizada, universalizada. Eso es abrir la posibilidad a nuevos tipos de humanidad y, en tanto humanos otros, también a feministas otros

Claudia Monterde
Investigadora y ensayista.

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Publicado en: La caja ilustrada