Louder than bombs: memoria y repetición

El luto más reciente que tuve que transitar comenzó el día que descubrí que mi pareja me engañaba con alguien más. Todo fue de apolineo a dionisiaco: ¿Cómo? ¿En qué momento había cambiado tanto esa persona? ¿Cambió o siempre fue así? ¿Realmente la conocía? Todo se volvió preguntas. Dudas. Reconstrucción de nuestra historia juntos. Pesadillas que la imaginaban con alguien más. Relatos que iban para atrás intentando escarbar algo que reconstruyera la historia, que diera sentido al presente: al mío, al suyo, a quien ahora veía sin reconocer en lo absoluto pero que de alguna forma sé, habitaba en la misma persona en quien confiaba ciegamente.

Pero después de todo esto es normal en las personas, tanto el desdoble de personalidades como el punto ciego frente al otro. El ser humano según se dice, a diferencia de otros animales es un ser fenomenológico. Siempre cambiante, siempre con máscaras, siempre aparente a causa de su razón y del pathos. Ante esto el otro, el espectador siempre se posiciona desde cierto punto que permite construirlo sólo desde cierta perspectiva, el cambio de posición epistémica refleja un cambio ontológico. Así construimos al otro desde cierta virtualidad, con un borroneo donde nos quedamos con algo al tiempo que hay un sesgo.

De esto claro sólo nos percatamos en tiempos difíciles, sobre todo cuando se extraña a alguien que se fue, cuando se devanea con tenerlo cerca nuevamente.  Así es el luto. Un proceso de lágrimas, de pérdida de sentido y de reconstrucción de la imagen de aquel que ahora falta. Después de todo, como menciona Terry Eagleton, “el significado de acontecimientos pasados radica en último término en la tutela del presente” (Esperanza sin optimismo, 2016). Una especie de juego hermenéutico donde se voltea a ver el pasado con tal de avistar un futuro.

Es en esta línea que el cineasta Joachim Trier construye su tercer largometraje Louder Than Bombs, como una exposición sensitiva del papel de la memoria en la reconstrucción de esos relatos con el otro, que al final terminan por dar cuenta de quiénes somos y que ayudan a construir nuestra identidad.

La cinta que ganó un Bronze Horse en el Festival de Cine de Estocolmo 2015 muestra la fallida relación de un padre con sus dos hijos luego de la muerte de su esposa Isabelle (Isabelle Reed), quien fuera una gran fotógrafa de guerra. Murió en un accidente automovilístico y ahora. luego de tres años, se le rendirá un homenaje póstumo que contempla, entre otras cosas, la publicación de un artículo en el New York Times donde se revelará la verdad sobre el accidente: Isabelle se suicidó. El único que desconoce esto al interior de la familia es  Conrad (Devin Druid), el hijo menor, que tenía apenas 12 años cuando ella murió, y quien quizá es el más inestable de los tres. 

Se trata de una familia descompuesta y atormentada por el pasado (con asombrosas interpretaciones actorales). Tres personas habitadas por el fantasma de Isabelle, a quien aún sienten al lado de la cama al despertar, en el pasillo, o en cualquier rincón de la casa o de sus vidas. Ninguno ha podido continuar su vida con entereza y tranquilidad, sin embargo la próxima publicación del artículo ha servido para que estos se unan bajo el mismo techo, mientras cada uno recuerda por separado alguna historia con quien fuera el eje de sus vidas. Gene (Gabriel Byrne) recuerda las peleas, los reproches que le hacia por pasar demasiado tiempo lejos de casa debido a su empleo, la preocupación porque algo le sucediera estando en zona de guerra. Jonah (Jesse Eisenberg) recuerda cuando ella lo buscaba a manera de confidente, recuerda la cercanía y cómo lucía su cuerpo luego de tantas cicatrices ganadas en territorio hostil. Conrad por su parte, recuerda lo que le enseñó sobre la fotografía: cómo una foto puede tomar otro sentido si ésta se recorta, si se manipula; esto mientras gasta el pensamiento intentando adivinar cómo fue el accidente, cómo fueron los últimos segundos de vida de su madre: ¿Se quedó dormida? ¿Qué pensó cuando supo que el accidente era inevitable? Así todo es un memorama de la figura de Isabelle donde ya no están sólo los recuerdos, sino también otras cosas que a veces uno se inventa para llenar huecos en la narrativa, y donde también hay cabida para el relato de los otros que ayudan a construir, al tiempo de conocer, a otra Isabelle que ninguno alcanzó a ver a pesar de tan próxima cercanía. Anamorfosis. Visión de paralaje. Amor. Isabelle era una mujer compleja, con crestas y valles, con fantasías,  con deseos, con secretos como cualquier persona pero que al revelarse en todo este movimiento al pasado, cambian por completo la definición que su familia tenía de ella. ¿Puede una acción redefinirte por completo, para bien o para mal, frente al otro?

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Quizá ahí radica la vulnerabilidad del hombre en la historia. Parafraseando a Günther Anders, el pasado sólo cobra relevancia con relación a los hechos presentes y futuros. Cuando se conoce el abismo de la otra persona, es como si el pasado se cancelara, como si todo lo bueno se empañara por el punto al que se llegó, como si el presente señalara la barbarie y entonces hay que recular. Por esto Anders consideró 1945 como la época de la «congelación» y de la «segunda muerte» de todo lo que existía, pues todo el pasado se volvía obsoleto en cuanto se llegaba a la detonación de la bomba sobre Hiroshima.

Si Louder Than Bombs se puede considerar una película bella es a razón de la sutileza que se tiene para exponer una situación por la que casi todos hemos atravesado de alguna u otra forma, y de la que es dificilísimo reponerse. Pues después de la partida de alguien, el fantasma del otro siempre permanece por largo tiempo y las preguntas se vuelven normalidad. Sobre todo cuando se destapan secretos que amenazan el esquema de inteligibilidad bajo el que se revestía a la persona querida. ¿Qué hacer con esta nueva información? ¿A quién gritar, a quién reprochar?

Pero después de todo, la película al igual que la vida se trata de hacer un viaje al pasado bajo la tutela del pensamiento kiekergaardiano. Un movimiento hacia atrás que busca no el mero recuero que hace infeliz, sino la auténtica repetición como la celebración del instante que genera un panorama que permita continuar y no quedarse en el pasado.

La lección de la película es clara y se encuentra en su título: hay cosas que retumban más que las bombas, que te pueden ensordecer con mayor gravedad (que te dejan con fragilidad ontológica), pero también el amor puede ser más grande que todo esto. Ahí donde los fantasmas habitan, donde las fantasías acosan y te anclan, está la sabia decisión –y esto alejado de cualquier optimismo– de nuevamente virtualizar y quedarse con lo bueno, sin rencor, sin miedos. Recordar con positivamente aquello que el otro sembró para bien en ti y que te ha ayudado a configurarte como persona, y olvidar aquello que no abona a la causa.

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Publicado en: Cine