Los viejos satánicos: a 50 años de El bebé de Rosemary (1968)

Un 12 de junio de 1968, El bebé de Rosemary se estrenó para convertirse en un gran éxito, sumado a la carrera del hoy controvertido y vilipendiado Roman Polanski. A 50 años de su aparición, es inevitable leerla a la luz de aquella contracultura emergente y de una paranoia con no menos vigencia en la era de Google.

Hace un par de meses, una princesa de Inglaterra salió del palacio con un bebé en brazos. Era la presentación del niño ante las cámaras, y la madre había elegido un vestido rojo, de cuello blanco, que otra mujer embarazada había popularizado hace cincuenta años. En 2018, año en que se juntan el mundial y las elecciones, los signos ominosos aparecen por todas partes. El vestido en cuestión era idéntico a uno que Mia Farrow había lucido en El bebé de Rosemary (1968), la película de Roman Polanski que cumple el doble papel de clásico del cine y alegato macabro a favor de los anticonceptivos.

La asociación, para la princesa, no era feliz. La película trata sobre una mujer, con ese mismo vestido, que podría o no ser la madre del anticristo. La historia es la siguiente: una joven pareja, en busca del éxito profesional y de formar una familia, se muda a un viejo edificio junto al Central Park neoyorquino. Sus vecinos, los Castevet, son una pareja de viejitos sobre la cual se empiezan a acumular las sospechas. ¿Por qué se visten con esos colores circenses? ¿Por qué preguntan el precio de los muebles? ¿Por qué parece que descolgaron los cuadros de su casa? ¿Quién tiene junto al excusado un libro de chistes para pasar el rato?

A Rosemary le parecen raros desde el principio. Hay, imposible negarlo, algo de antisemitismo en su juicio. Ella ha sido criada como católica. Los Castevet, le dicen, vienen “de Europa”; Minnie, la señora, tiene un acento estereotípicamente judeo-neoyorquino; uno de sus mejores amigos es un doctor apellidado Sapirstein, y los sábados organizan “rituales” en su departamento. El viejo se llama Roman, como el judío Polanski, y su apellido, Castevet, podría ser un guiño al actor que protagoniza la película, John Cassavetes. Como en la trama misma, hay tantas pistas que ninguna es la definitiva. O mejor dicho: nada es coincidencia si todo es coincidencia. “En todos los departamentos pasan cosas horribles”, dice en un punto Rosemary, en un intento por calmar las aguas conspirativas. 

Pero la angustia se acrecienta a partir del hecho traumático que está en el centro de la cinta: un hijo, un legado, una semilla que deberá crecer (La semilla del diablo fue como se tradujo el título en España). La noche en que la pareja decide concebir un bebé, Rosemary pierde el conocimiento. Guy le asegura que ha bebido demasiado; también podría ser que el mousse de chocolate que la señora Castevet les regaló justo esa noche haya tenido algo. Rosemary imagina, o sueña, o ve —el cine es pródigo en ambigüedades— que un grupo de personas, que incluye, por supuesto, a sus vecinos, participa en un ritual donde ella es violada por un monstruo peludo de garras largas. A la mañana siguiente el esposo le pide perdón por haberla rasguñado, por no haber resistido un impulso que tenía “algo de necrofílico”. El chiste es vulgar y lamentable; el acto, criminal. No es menos peor ser violada por tu marido que por el diablo.

A partir de entonces Rosemary queda embarazada y pierde la confianza en su esposo y la seguridad de su casa, a donde cada vez entran e interrumpen más los viejos, íntimos amigos ya de Guy, que le recomiendan un doctor particular, le preparan licuados sin darle mayor información o detalle de los contenidos, y le regalan un collar que guarda una raíz exótica y hedionda. El nuevo doctor le pide no leer libros ni hablar con sus amigas. El embarazo, de por sí una experiencia solitaria e incomunicable, se vuelve un encierro: Rosemary ya no sale a la calle, pierde peso, color y pelo, y encima le cae el invierno neoyorquino, una experiencia que le quita vida hasta a los más valientes.

Los meses pasan y las coincidencias se suman. Un amigo de Rosemary, que a la primera desconfía de los Castevet, cae en coma. El actor que le había ganado a Guy un papel pierde la visión; como si se tratara de un pacto fáustico, Guy empieza a ser una figura cotizada y Rosemary se pregunta: ¿a cambio de qué? Sus antojos de embarazada se vuelven crudos y salvajes, y el doctor Sapirstein no parece de mucha ayuda cuando ella le confiesa unos dolores tremendos.

El año de esta historia es 1966. La pregunta es: ¿era un buen momento para formar una familia en Estados Unidos? El país estaba en guerra con Vietnam, hace poco habían asesinado a un presidente, en un par de años matarían a Martin Luther King Jr. y a otro Kennedy. “Existen las conspiraciones contra la gente, ¿verdad?”, pregunta Rosemary, como se preguntaban tantos. En su reseña de la película de hace cincuenta años, Renata Adler apuntaba en el New York Times: “Si alguien exhibe síntomas paranoicos estos días es casi una cuestión de decencia común no reportarlo”.

Era un país donde la idea de familia parecía estar a punto de romperse —ahí está Mad Men como testimonio de esa época—, donde la norma era desconfiar de las generaciones anteriores, donde la popularización de la píldora anticonceptiva condensaba una ideología entera. La película fue un éxito de taquilla precisamente porque conectaba con ciertos temas de la contracultura, en especial con la vena ocultista. Un año antes del estreno de El bebé de Rosemary, Aleister Crowley, un taumaturgo británico asociado con el satanismo, había aparecido en la portada del Sgt. Pepper’s de los Beatles. En abril de 1966 la revista Time había lanzado una pregunta ominosa en su portada: “¿Ha muerto Dios?” (el ejemplar mismo aparece en la película). Durante ese año, en el que está ambientada la cinta, se fundaría en San Francisco la Iglesia de Satán. En este contexto la aparición en el imaginario público de “los hippies”, que actuaban como sectas, que predicaban una nueva relación con el tiempo, que se reunían para escuchar a sus majestades satánicas, los Rolling Stones, causaba una angustia particular entre ciertos sectores.

Esa inquietud de época, en la película, se condensa en la figura de los Castevet: una pareja que cultiva hierbas y especias en casa, que desconfía de las vitaminas “comerciales”, que organiza fiestas donde alguien “toca la flauta” bajo el auspicio del señor Roman, que tiene, caramba, las orejas perforadas. Los roles se invierten y son los viejos, no los chavos sesenteros, los del culto satánico —una conclusión a la que llega Rosemary después de leer un par de libros viejos—. ¿Acaso estamos frente a una película que se burla del antisemitismo y los miedos conservadores de la época convirtiendo a unos viejitos burgueses en agentes luciferinos?

La paranoia de Rosemary, alimentada, por supuesto, por el cretino de su marido, el pedante doctor Sapirstein y una cohorte de hombres necios que ni la escuchan ni muestran interés por ella, crece conforme aumenta la temperatura en la ciudad. El parto ocurre en pleno verano neoyorquino, una experiencia tan asfixiante que hace perfectamente entendible perder la cabeza. La escena final confirma el temor ante la contracultura: el bebé, de nombre y apellido, la marca y origen de la propiedad privada, es convertido en elemento compartido, comunal, de una secta estrafalaria. ¿Es o no un sueño, un alucine de Rosemary? Cincuenta años después, nos duele un poco la panza y una búsqueda en Google nos convence de que podríamos tener un cáncer incurable. ¿Quiénes somos para juzgarla?

 

Luis Madrigal
Dos veces finalista del Concurso de Crítica Cinematográfica de la Cineteca Nacional. En 2017 fue seleccionado como parte la Academia de Críticos del Festival de Cine de Nueva York.

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Publicado en: Permanencia voluntaria