Los terribles hipopótamos

Sea como un cursi juguete de peluche o como delicados bailarines de ballet en la película Fantasía de Walt Disney, los hipopótamos gozan la estampa de un animal afable y simpático. Flojos y torpes, cuyas nerviosas orejitas contrastan graciosamente con sus obesos cuerpos. Sin embargo, en realidad los hipopótamos son uno de los animales más peligrosos de la fauna africana, causando cada año más muertes humanas que depredadores como el león o el cocodrilo.
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Hoy en día, como señala S. K. Eltringham, en su libro The hippos. Natural history and conservation,* de los cinco tipos de hipopótamos registrados sólo sobreviven dos: el pacífico hipopótamos pigmeo (Hexaprotodon liberiensis), cuyo tamaño y características lo acercan más a un tapir, y el voluminoso e irascible hipopótamo común (Hippopotamus amphibius). Aunque en algún tiempo este gordo mamífero extendía su hábitat hasta Gran Bretaña, diversos cambios climáticos los han orillado a vivir en ríos y lagos del continente africano. Sin ningún depredador natural que amenace su existencia, pasa los cuarenta años que normalmente logra vivir dormitando tranquilamente durante el día en el agua y caminando hasta tres kilómetros por las noches entre los pastizales para conseguir suficiente alimento. En principio herbívoro, sus feroces colmillos, cuyo crecimiento ininterrumpido frecuentemente perfora sus labios, le permiten el extraño comportamiento carnívoro, incluso caníbal, que en ocasiones tiene y lo dotan de una poderosa arma contra aquellos que osen interrumpir su apacible rutina.

Más ágil de lo que se piensa y en extremo temerario e irritable, el hipopótamo representa una verdadera amenaza para comunidades de campesinos y pescadores, que se ubican dentro de las reservas ecológicas de la selva africana. Al atacar sus frágiles lanchas sin un motor que les permita huir rápidamente, golpea hasta derribar su tripulación y así poder mordisquearlos, arrancándoles en el mejor de los casos solamente alguna extremidad. Asimismo, durante sus paseos nocturnos, con sus toscas pisadas, suele destrozar cultivos.

Formar grupos de vigilancia armados con antorchas y machetes ha resultado una medida contraproducente, pues además de no evitar el daño a los cultivos, en el intento los vigilantes menos veloces son heridos o muertos. Por ello, las comunidades afectadas han exigido autorización para usar armas de fuego contra sus esféricos vecinos. El afán de proteger esta especie, arguyen, debe tener como límite el peligro que ésta implica para ellos.

Mas la agresividad del hipopótamo no se limita al ser humano. Sea en el agua, donde no soporta a ningún cocodrilo a menos de dos metros de él, o en sus caminatas nocturnas donde poco tolera al león que se le atraviesa en su trayecto, es considerado un tipo de cuidado por estos depredadores. Tanto el cocodrilo como el león procuran no molestar a su susceptible compañero de hábitat, atreviéndose a atacarlo solamente cuando éste es muy joven y, aun en tales circunstancias, pocas veces sobreviven al iracundo contraataque de la madre. Por ello, solamente muere de manera violenta en alguna de las sangrientas peleas territoriales que habitualmente tienen lugar contra otro hipopótamo.

Lo más llamativo del comportamiento violento de este gigante de apariencia bonachona es que, a diferencia de otros animales agresivos o depredadores, es casi imposible esbozar un patrón de su conducta: la mayoría de los ataques no responden a algún impulso de protección, alimentación o apareamiento. Más que la corpulencia, fuerza, agresividad y arrojo, la enorme peligrosidad de este mamífero es su impredecible y voluble carácter. Casi tan irascible e incierto como el del ser humano.


* University Press Cambridge, Great Britain, 1999.

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Publicado en: Ensayo literario