¿Qué es lo que determina nuestro comportamiento? ¿Lo que hacemos se explica porque tenemos una personalidad estable, en mayor o menor medida, o más bien somos reacciones a las situaciones en las que nos encontramos?

A pesar de su carácter preliminar, estas preguntas siguen revoloteando en el campo de la psicología, dividiendo opiniones entre quienes creen que las explicaciones de los actos están en las personas y aquellos que están dispuestos a considerar el poder del contexto. Es una cuestión que no está alejada de nuestro proceder en la vida, cosa que también ha sido estudiada: cuando se trata de los otros, es clara nuestra tendencia a explicar su comportamiento como resultado de las personalidades de cada persona, pero cuando hablamos del comportamiento propio somos expertos en justificarlo con el momento específico en el que nos encontramos –sobre todo cuando se trata de algo negativo–: el clásico “estaba teniendo un mal día”. Esta injusticia metodológica ha sido bautizada como el “error fundamental de atribución”.
Es plausible pensar que, en realidad, tanto personalidad como el contexto entran en juego para resultar en comportamientos concretos: nuestros atributos personales se adaptan constantemente a lo que vivimos. Sin embargo, frente a la pregunta de “el mal”, esto se vuelve más complejo. La historia demuestra que las personas más ordinarias son capaces de hacer las cosas más terribles; todos aquellos Adolf Eichmanns del mundo.
Este matiz ha sido motor de múltiples experimentos psicológicos y se ha llegado a conclusiones que son difíciles de ignorar. El conocido profesor emérito de Stanford, Philip Zimbardo, hizo un repaso de la cuestión en una conferencia en MIT el año de 2007 a propósito de su entonces recién publicado libro The Lucifer Effect: Understanding how good people turne evil (El efecto Lucifer: El porqué de la maldad). En tiempos de violencia como son los nuestros, vale la pena regresar a algunas de sus conclusiones.
Hay muchas definiciones del “mal. Para Zimbardo, se trata de tener (y usar) el poder de hacerle daño física o psicológicamente a otros. Y el mayor mal, dice, no lo hacen las personas, sino los sistemas. Para explicarnos esto recuerda su famoso experimento de 1971 en la Universidad de Stanford (reproducido o adaptado en múltiples películas), en el cual investigó la relación entre los roles de prisionero y guardia. Lo llevó a cabo con un conjunto de estudiantes considerados “normales” que decidieron participar voluntariamente en la investigación y a los cuales se les designó aleatoriamente uno de los dos papeles. Durante varios días, los estudiantes participaron de sus roles en la replica de una cárcel. La idea era ver en qué medida la posición de autoridad otorgada a los guardias resultaba en abusos de la misma. Muy pronto se vio que los estudiantes comunes y corrientes eran perfectamente capaces de humillar y lastimar a sus prisioneros, y hacerlo injustificadamente. Para Zimbardo, esto probó que, de estar en un contexto que lo permita y aliente, efectivamente todos somos capaces de hacer mal. Es decir, no es cosa de “manzanas podridas”.
En la conferencia recuerda el antecedente que significó otro famoso experimento, del psicólogo Stanley Milgram, el cual buscaba ver qué hacía la gente que decía no ser capaz de lastimar a los otros en un contexto de autoridad. El experimento se hizo con gente ordinaria, a la que se dividió entre los que serían maestros y los aprendices A los primeros se les dijo que la idea era mejorar la memoria de los aprendices, por lo cual cada vez que éstos dieran una respuesta incorrecta a lo que preguntado, se les tenía que dar un shock eléctrico que, a su vez, podría variar en intensidad. Éstos no sabían que los shocks que daban no eran reales y que frente a ellos tenían a un actor fingiendo el dolor de cada descarga. Un 65% de los participantes (que en este caso eran puros hombres, aunque después el experimento se replicaría con mujeres dando resultados similares), habían llegado a dar shocks con el mayor voltaje. Los “maestros” no estaban solos, sino que tenían a una persona alentándolos a seguir castigando. Aunque sus conclusiones fueran claras y dieran lugar a una lista con los siete procesos específicos que contribuyen a la formación del mal, Zimbardo recuerda que tanto al experimento de Milgarm, como al suyo después se les cuestionó entre la comunidad científica por ser poco éticos.
Pero, en la conferencia, el psicólogo da ejemplos de situaciones de la vida real que se pueden explicar por las conclusiones de esta perspectiva contextual y que hacen que estas investigaciones nos sigan pareciendo relevantes. Como caso principal, cita el escándalo sobre la actuación del ejército estadunidense en 2003 en Abu Ghraib. Un reportaje de 60 minutes y un artículo de Seymour Hersh en el New Yorker dieron a conocer los distintos abusos de los militares en ese campo de detención iraquí. Las inquietantes fotos que publicaron muestran a los detenidos desnudos, amarrados, heridos, con excremento en el rostro y con correas, entre otras situaciones de abuso. Y además, a los militares y policías posando con ellos. Zimbardo vio paralelismos con lo ocurrido en Guantánamo, y no pudo resistir pensar en que su experimento quizás arrojara luz sobre el origen de estas terribles situaciones.
Cuenta que, en ese momento, le pidieron que se uniera al equipo de defensa de dos de los soldados y aceptó para acercarse a las fuentes y quizás así entender lo ocurrido. El método que siguió fue: entender a la persona, el lugar en el que actúa malignamente, el contexto psicológico y emocional que lo rodea, y el sistema que creó esa situación. En sus investigaciones sobre Chip Frederick en concreto se dio cuenta de que estas personas tenían vidas cotidianas y perfectamente funcionales antes de irse. En Iraq trabajaban en condiciones inhumanas, sus tiempos libres los pasaban en la prisión, los niveles de estrés causados por el ruido, la suciedad, la falta de agua eran muy intensos, tenían miedo constante, y no tenía ni entrenamiento ni supervisión. Vivir en esas situaciones era lo que los había llevado a actuar así, y la culpa era más bien de los supervisores que no tenían experiencia ni estaban presentes y, ante todo, del sistema que permitía que semejantes contextos (todo en ellos) se normalizaran. El resultado de sus investigaciones, sin embargo, no llevó a ningún lado. Se juzgó y castigó a Frederick como si la responsabilidad fuera sólo suya.
Entonces todos corremos el riesgo de ser malos, ¿pero qué hay de ser caritativos? Hacia el final, la conferencia da un giro inesperado y Zimbardo dice que si el mal está determinado por la situación, el heroísmo también lo está. El psicólogo habla de la “imaginación heroica” de la que somos capaces todos los individuos, llegada la situación que la necesite. La mente humana puede hacer lo que sea, en los contextos que lo permitan. Lo que no nos dice es si el bien también se puede construir en términos sistémicos.
Un último dato: la comisión que se dedicó a investigar la tortura en Abu Ghraib, dirigida por John Schlesinger, concluyó que, basándose en los principios de la psicología social y en los que se sabe de ambientes de riesgo, el abuso de los detenidos en la Guerra contra el terrorismo era absolutamente previsible. ¿Y no lo sigue siendo?
Aquí el video original: http://bit.ly/2a3NGIb