Yolanda Meyenberg y Rubén Aguilar han hecho una importantísima contribución al estudio de la comunicación política en México. En efecto, su libro La comunicación presidencial en México 1988-2012 (UNAM, Gobierno del Estado de Coahuila, 2015), permite entender el quehacer de un área de gobierno día con día más compleja y sofisticada.

Esto se echa de ver bien a las claras con un mero vistazo a los cuatro periodos de los que se hacen cargo en su investigación: los sexenios de los presidentes Carlos Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo Ponce de León, Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa. Se trata de un estudio que, en sus tres grandes apartados (divididos a su vez en diez capítulos), aborda desde los antecedentes del México posrevolucionario y los planteamientos teóricos actuales de la comunicación gubernamental, pasando por la revisión de las experiencias de los titulares de la Coordinación General de Comunicación Social en los cuatro gobiernos analizados, hasta la manera en que se ha organizado esta instancia en dichas gestiones, culminando con un sugerente epílogo referido a la comunicación gubernamental en el gobierno del actual presidente de la República, Enrique Peña Nieto.
En todo momento está presente en su ensayo el balance de la relación entre los tres actores fundamentales de los procesos de comunicación en esta materia: políticos, periodistas y público u opinión pública. No escapa a su mirada, junto con ello, el estilo personal de los presidentes, su concepción de la política, de la democracia y de la comunicación, lo mismo que la personalidad de los titulares del área de comunicación social, su relación con los medios, los periodistas de la fuente, su formación tanto en el periodismo como en las oficinas de comunicación gubernamental y, desde luego, sus vínculos con los integrantes del gabinete.
Después de leer las metodológicamente impecables entrevistas hechas a los responsables de comunicación de Los Pinos, uno puede entender, adicionalmente, porque el viejo Tucídides otorgaba tanta relevancia al papel de los individuos, de los tomadores de decisiones en la historia. Queda muy claro, por lo demás, que nunca era lo mismo dirigir esta área en los tiempos del presidente Salinas, en los cuales todavía, como dice José Carreño Carlón, “los medios y sus operadores necesitaban más del sistema político que éste de ellos”, a hacerlo en los tiempos del tránsito democrático con Ernesto Zedillo o de la alternancia con Vicente Fox o Felipe Calderón. Y queda claro también que los momentos críticos por los cuales cada uno de ellos pasó tenían que ser obligadamente distintos porque distintas fueron sus circunstancias.
Más allá de hechos específicos como las trágicas muertes de Colosio o Ruiz Massieu con Salinas, o los accidentes fatales en que perdieron la vida Juan Camilo Mouriño o Francisco Blake con Felipe Calderón, más allá de sacudidas sociales como el levantamiento zapatista (Salinas), incidentes fatídicos como los de Aguas Blancas o Acteal (Zedillo), más allá del desafortunado intento de desafuero de Andrés Manuel López Obrador (Fox) o la irrupción del tema de la influenza H1 N1 (Calderón), más allá de todo eso, han estado presentes, y bien presentes, las convicciones, casi se diría íntimas, de los señores de Los Pinos: Salinas y su insistencia en el ingreso de México a la modernidad, Zedillo y su afanoso convencimiento de que los hechos tenían que hablar más allá de cualquier narrativa, Vicente Fox y su comunicación de perpetuo candidato dejando de lado el aliento que la alternancia le ofrecía a su gobierno y a sus posibilidades de comunicación política, Felipe Calderón, por último, y su obsesión con la guerra contra la delincuencia organizada.
Un texto irreprochable por este rumbo. Un texto que cumple con su propósito explícito. Entiendo que los contornos, los alcances y límites de este recuento son muy precisos. Queda, sin embargo, según me parece, para una investigación futura, una significativa asignatura pendiente, misma que de algún modo se aborda en el epílogo del libro, concerniente a la comunicación social en el gobierno del presidente Peña Nieto: ¿qué tanto ha aportado la comunicación política practicada desde Los Pinos a lo que Jorge Castañeda ha llamado una “pedagogía política”? (“Discusión pública y pedagogía política”, en nexos 456, diciembre de 2015).
A propósito del “silencio de Los Pinos” en el actual gobierno de la República, en el número de diciembre del año pasado de la revista nexos, Fernando Escalante Gonzalbo señala: “Es indudable que hay en el país un clima de intranquilidad de perfiles bastante borrosos, domina una sensación de enojo, irritación, una ansiedad a ratos iracunda, que a falta de otro objeto se fija en el gobierno federal. El enojo puede estar más o menos desorientado, y puede que en muchas cosas carezca de fundamento, pero eso en realidad es lo de menos. Hablar del silencio de Los Pinos obedece en parte a los reflejos de nuestro presidencialismo, pero es que la crisis está enfocada en la presidencia. Y nada de lo que se dice desde Los Pinos parece servir para remediarla” (“El silencio y los silencios, Ibid., p. 49). En este sentido, el silencio de Los Pinos o, en el mejor de los casos, su política de comunicación más bien acartonada y fría, es indicio de algo mucho más grave: la ausencia de conversación pública.
Hay un vacío en el centro de nuestra conversación pública. En México no se delibera, no se discute, no se articulan explicaciones en una trama narrativa: no lo hacen en Los Pinos (y no estoy seguro que algún día se haya hecho desde presidencia alguna), no lo hace la prensa, mucho menos los social media. Monólogos cruzados, diálogos de sordos.
Y así resbalamos en las declaraciones oficiales que insisten en ofrecer el plato de la normalidad a la mesa del alicaído ánimo social. Ayotzinapa, Tlatlaya, escándalos de corrupción, el asesinato de una presidenta municipal, enfrentamientos entre grupos delincuenciales, todos son asumidos como casos individuales. Son tratados casuísticamente en nombre de una numeralia confusa, lívida y agotada, o en nombre, más frecuentemente, de un Estado de derecho y sus instituciones siempre dignas de ser mencionadas en el consabido ejercicio reivindicatorio.
Y así resbalamos igualmente con las declaraciones de la oposición en sus diferentes tribunas, de esta clase política tan cantora de la pluralidad, pero que, en palabras de María Amparo Casar, “intercambia bienes más que ideas y opiniones, que negocia canonjías más que discutir posturas y cursos de acción alternativos. Los legisladores no entablan un diálogo entre sí o con el gobierno para ver si es mejor dar más dinero al campo o a la educación, intercambian una partida presupuestal por otra porque así conviene a sus intereses o, en buen español, a sus clientelas” (“Los sonidos del silencio”, Ibid., pp. 54-55).
En la prensa tenemos boletines y “trascendidos”, un lenguaje —dice Escalante Gonzalbo— que no resuena con nada. “Su crítica, cuando es más exigente y belicosa, a duras penas sale del lugar común” (Ibid., p. 50). Otros temas, como los desplazados, no son para el gobierno ni siquiera excepciones a la normalidad. Simplemente no son, no existen, son invisibles. A propósito de la reaprehensión de Joaquín Guzmán Loera, acabamos de atestiguar ese complejo y terrible cruce de especulaciones, declaraciones tranquilizadoras, chismes, hipótesis de toda laya montados a galope de mil monólogos llamando al sosiego o al terror por lo que podría venir.
No sé, acaso por acá se dibuje la ruta de otra línea de investigación que nos ponga frente a la imagen que nos devuelve el espejo de la comunicación gubernamental, la liviandad de los medios y la veleidosidad de esa respetable señora que es nuestra opinión pública. ¿Cómo articular desde la comunicación social un ejercicio de pedagogía pública como compromiso compartido?, esa, quizá, es la pregunta.
Vale recomendar, por lo pronto, la lectura del libro de Yolanda Meyenberg y Rubén Aguilar. La suya es sin duda una voz de arranque, una saludable iniciativa para entender el México moderno y contemporáneo.