El más reciente ganador del Premio Xavier Villaurrutia es, quizá, el mejor novelista mexicano de la actualidad. Dueño de una prosa que se reinventa en cada novela, David Toscana se ha mantenido alejado de las convulsiones del presente para tomar riesgos estilísticos y temáticos que demuestran una voluntad literaria poco común. Compartimos la siguiente disección de un autor tan deslumbrante como inclasificable.

¿Cuántos David Toscana contiene el narrador David Toscana? Lanzo la pregunta porque se reinventa en cada novela. Nunca es el mismo, nunca permanece en el mismo lugar.

Empecemos por su novela más reciente, con la que ha obtenido el Premio Xavier Villaurrutia. Estamos ante una de esas ya inusuales “novelas de personaje” que encima de todo adquiere en muchos tramos la consistencia del ensayo. Y es que Olegaroy —53 años, insomne, apegado a su madre y solitario— es un observador incorregible. No para de lanzar dardos, sin importarle si van o no van a dar en el blanco. Interroga al universo y sus leyes, prende fuego a los más elementales principios matemáticos, desmonta las argucias de la jurisprudencia, juega al detective y hasta le declara la guerra al Todopoderoso. ¿Es un sabio o solo un despachador de disparates? Mientras el lector se siente cada vez más seducido por la mirada inocente de Olegaroy, el relato va tomando la forma de aquellas vidas de santos en las cuales la incomprensión acompaña al milagro, en una ciudad de Monterrey que está llegando a la mitad del siglo XX y se alista para encabezar la industrialización del país.

Si Olegaroy puede leerse como el camino hacia la iluminación, es decir, hacia la conciencia del yo, con un sentido de la ironía que contradice la seriedad de muchas construcciones filosóficas, Evangelia es una parodia bíblica que podría despertar la ira de más de un alma piadosa. Quienes siguen la columna semanal de David Toscana en Laberinto pueden constatar que su anticlericalismo no está reñido con su curiosidad. Toscana sabe de concilios, de bulas, de exégesis y, claro, del Antiguo y el Nuevo Testamento. No extraña por tanto que se dejara llevar por la tentación de narrar otro evangelio: uno en verdad peligroso, impensable. Si un hombre puede despertar convertido en un insecto y otro hacer su vida en los árboles, sin jamás pisar tierra, por qué renunciar a la posibilidad de imaginar que hubo una Hija, además de un Hijo de Dios. El narrador de Olegaroy, que adopta una voz jocosamente reflexiva, no se parece en nada al narrador de Evangelia, que toma su estilo de la tradición patrística. Allá leemos: “Sin duda como seguidor de Jeremy Bentham y el utilitarismo, Olegaroy expuso en su carta a Jules Rimet cuán insensato era que la federación permitiese a pequeños países como Uruguay ser campeones del mundo”. Acá, en cambio: “Emanuel no había venido al mundo con las instrucciones que Jehová le dio al Hijo. Ella llegó con el cerebro en blanco, apenas con la suspicacia para succionar un pezón. No se encarnó cabalmente adulta, sino tras nueve meses de gestación en un proceso de apariencia natural, pero siempre inexplicable, pues quedaba por saber cómo había hecho el Espíritu Santo para colocar la simiente del Padre en el vientre de María”.  

Viajar en el tiempo, mudar de existencia: la carrera literaria de David Toscana podría definirse a partir de estas ambiciones. Cuatro años antes que Evangelia, en 2012, apareció La ciudad que el diablo se llevó. A dónde hemos llegado: a Varsovia destruida por la ocupación nazi y la voracidad soviética. Nos movemos así por un paisaje en ruinas, siguiendo a seis personajes empeñados en el único propósito de la supervivencia.

La ciudad que el diablo se llevó guarda muchas semejanzas con De noche bajo el puente de piedra de Leo Perutz. Escribir puede ser una prolongación de la lectura y un acto de rebelión contra la tiranía del tiempo. Toscana ha cultivado esta sospecha y quizá por eso se desvía en ocasiones del curso principal del relato para intercalar una serie de historias, ocurridas siempre en los márgenes del presente, que terminan por alimentar esa corriente mayor. Como a Perutz, a Toscana no le conviene avanzar en línea recta. Debe mostrarnos el esplendor y la grisura del pasado para hacernos comprender mejor el destino hacia el cual se precipitan esos seis personajes y, sobre todo, para traer hasta nosotros el significado de la creación artística. De este modo leemos: “El novelista se tumbó sobre sus cobijas. Pensó en la sencillez del mundo del padre Eugeniusz. Para la gente como él existía una sola verdad y tenía dos mil años repitiéndose. ¿Qué complicación había en recorrer una vereda tan pisoteada? En cambio, los novelistas vivían en un cosmos de opciones ilimitadas en el que atrapar las palabras justas, ordenarlas de manera bella y con sentido, resultaba una aventura heroica”.

Si quisiéramos dictar una lección acerca de cómo las grandes novelas son aquellas que se permiten todo, a condición de que nada salte por los aires ni se descarrile a la mitad del camino, deberíamos invocar Los puentes de Königsberg, una pulcra, delirante y exquisita fantasía en la que concurren la historia, la poesía, el teatro, la épica, el mito, el periodismo.

Mediante un giro, un pequeño sesgo, un cambio imperceptible de tono, la escritura transforma una realidad que se está viviendo aquí mismo en otra que se vive a miles de kilómetros y cientos o pocos años de distancia. Los espacios y las convenciones temporales terminan por resultarle muy estrechos a David Toscana. Prefiere moverse entre lugares y épocas disímiles, yendo y viniendo, hasta conseguir que lo inverosímil se vuelva verosímil. En Los puentes de Königsberg lo que está ocurriendo del lado de allá también ocurre del lado de acá y lo que ya pasó vuelve a pasar ahora, con actores y escenarios distintos y a la vez iguales.

Estamos en Monterrey y también en Königsberg. Y estamos en 1944-1945. En Monterrey hay tres borrachos, una maestra, un joven y seis niñas perdidas. En Königsberg hay siete puentes cargados de leyendas. Pero no vaya a creerse que unos personajes habitan Monterrey y otros defienden Königsberg del avance ruso. No. En Monterrey esos tres borrachos, ese joven y esa maestra encabezan la defensa de Königsberg. Todo está permitido: la ubicuidad, por ejemplo, y la simultaneidad. Un tal Floro, borracho y actor, es también el general Otto Lasch, y el canal seco de Monterrey es el río Préguel, y el joven regiomontano es Ernst Tiburzy, y el quiosco de la plaza Zaragoza es la Walter-Simon-Platz, y veinte centavos son diez peniques y la cantina Lontananza es el Blutgericht. Lo que es arriba es abajo o, como propone Toscana: lo que ocurre en Königsberg ocurre a la vez en Monterrey, gracias a la impostura de tres borrachos, un joven, una maestra y seis niñas perdidas.

No existe hoy un novelista mexicano que tenga tan nulo interés por narrar las convulsiones del presente. ¿Toscana creando a un detective resuelto a exhibir las corruptelas de un gobernador, o condenando las sinrazones del sistema judicial después de leer cientos de expedientes, o sumándose a las huestes que intentan descifrar la mente de un narcotraficante, o en plan de periodista extraviado en los palacios de la política? Para Toscana, la realidad solo tiene consistencia literaria. Vean, si no, El ejército iluminado. Transcurre en 1968 e inicia su carrera hacia la locura transformada en cómplice de la razón el mismo 2 de octubre. Hay por ahí una mención a grupos revoltosos de estudiantes, a los comunistas y nada más. Octubre de 1968 no es nuestro año elegiaco, no es el año de Tlatelolco, sino el momento en que un anciano profesor de primaria y cinco de sus alumnos emprenden la inusitada aventura de recuperar Texas a punta de sangre y viejas escopetas. “¿Es cierto que para ir a Texas hace falta pasaporte?”, pregunta uno de ellos, y entonces nos sentimos por fin habitando la realidad según Toscana: una madre desea una muerte gloriosa para su hijo… y una estatua honrando su memoria en un parque céntrico de Monterrey; ya en el campo de prácticas militares, uno de esos niños aspirantes a héroe va “ataviado todo de blanco, en pantalones cortos, medias justo abajo de la rodilla, camisa de encaje con cuello de holán y un corbatín celeste”; el anciano profesor entrena para correr un maratón…  ¿Reímos? Por supuesto. Pero también descubrimos que la imaginación cobra vida tras un parto doloroso.

La nada predecible verdad a la que David Toscana nos hace llegar es que la novela debe dialogar siempre con sus antepasados, con los libros y autores que han sido capaces de enfrentarnos a quienes no somos. Podríamos, parece sugerir, alimentar grandes expectativas antes que confinarnos en nuestras pobres y aburridas experiencias. Mejor ser muchos, ligeros y aéreos, montados en una bala de cañón, viendo sin ojos a la Santísima Tétrada o alcanzando el conocimiento supremo en la sala de un manicomio como el sabio Olegaroy.

 

Roberto Pliego
Escritor y editor. Autor de El libro inútil101 preguntas para ser culto.