Muchos libros hablan del frío, ya sea como protagonista o personaje incidental. Las latitudes extremas, esos espectros glaciales que son una metáfora de la nada, paradójicamente representan a su vez el origen de todo. La siguiente crónica navega por algunas de la obras fundamentales que cuentan la historia de aquellos que, impulsados por un aliento vital, intentaron alcanzar “el dorso del más allá”.
La primera vez que sentí miedo del frío estaba de pie en la carretera número 9 del extremo sur de Chile. Era un día de febrero, y en el verano patagónico la temperatura baja, cuando mucho, a 6 grados, pero la sensación térmica es la de un congelador. El viento me empujaba con fuerza, así que tenía que esforzarme para que no me moviera de mi sitio. Llevaba quizá un par de minutos completamente solo en medio de una planicie que parecía no tener fin. El autobús que esperaba debía estar por llegar, pero el frío se colaba entre mi grueso suéter de lana virgen y ya no sentía mis manos dentro de los guantes; estaban completamente entumidas.

Atardecía lentamente. Comenzaba a ser presa de una somnolencia incontrolable cuando en un parpadeo percibí a lo lejos de la larga recta que se aproximaban las luces de un auto. Una vez dentro del autobús que me conduciría a la ciudad de Puerto Natales, conforme recuperaba poco a poco la movilidad de mis manos, diminutas agujas eléctricas se clavaban hasta los huesos de mis dedos torpes produciendo un dolor agudo que me resultaba placentero. En ese momento tan solo sentí una gran felicidad de que mis manos comenzaran a moverse de nuevo, pero antes de llegar a mi destino vino a mi mente una escena de El país de las sombras largas (1950), de Hans Ruesch. Recordé el momento en que dos hombres blancos llevan prisionero al esquimal Ernenek y en un momento de arrogancia y descuido vuelcan su trineo en una grieta del mar congelado del Ártico, por el que circulan a toda velocidad. Uno de los hombres blancos cae al agua, y el otro insiste en sacarlo. Ernenek se niega porque a menos 30 grados centígrados cualquier cosa terrestre que toque el agua y luego salga a la superficie ya es cosa muerta. Pero lo sacan y en ese instante, mientras él tiembla bruscamente por el frío, intentan cortar sus ropas con un cuchillo para quitárselas, estas se congelan, y él mismo, de pie, queda congelado en segundos, para caer pesadamente, como un edificio de hielo que se ladeara hasta golpear uno de sus costados sobre el suelo y hacerse añicos. El otro hombre blanco, que había metido las manos en el agua, pide ayuda al esquimal, porque ya no las siente. Y Ernenek hace de inmediato, sin pensarlo, algo difícil de olvidar: coge a uno de los perros que jalaban el trineo y abre su vientre con un cuchillo, para que el hombre blanco meta ahí sus manos y evite el congelamiento. “Me duelen los dedos de manera atroz —dijo entonces. Se avergonzaba al sentir que los ojos se le llenaban de lágrimas—. Es el dolor más fuerte que sentí en mi vida”. A lo que el esquimal responde: “Es signo de que la vida vuelve. Y con la vida, torna el dolor”. Va diciendo esto al tiempo que toma con el dedo un poco de grasa del bajovientre del animal muerto y se la unta en la cara, para después sacar el hígado humeante, morderlo vorazmente y convidar al hombre blanco: “Come antes de que se hiele”.
Durante ese viaje, en el que recorrí las Torres del Paine y el glaciar Perito Moreno, pasé unos días en la ciudad más austral del continente americano: Punta Arenas, la cual era el puerto principal del estrecho de Magallanes. Antes de que se construyera el canal de Panamá (1914), este era el punto de cruce entre los dos océanos, el Atlántico y el Pacífico. Lo fue desde 1520, cuando lo cruzó por primera vez la precaria y demediada flota del español Fernando de Magallanes en su gran aventura de circunnavegar el planeta, la cual le llevó tres años. La historia de este descubrimiento sin precedentes la leí del austriaco Stefan Zweig en su libro Magallanes (1938)mientras miraba flotar bloques de hielo inmensos en ese mar helado del fin del mundo. Más que un paso libre entre ambos mares, lo que encontró Magallanes tras meses de espera para que llegara la primavera y fueran navegables esas aguas semicongeladas fue “un ininterrumpido cruce de caminos, un laberinto de vueltas y revueltas, de bahías, calas, fiordos, bancos de arena y complicadas redes líquidas que los barcos logran atravesar a fuerza de mucho ingenio y suerte. Ora alargándose, ora replegándose en las más singulares formas, se ven esas bahías cuyas profundidades son difíciles de precisar, erizadas de islas, sembradas de bajíos; tres, cuatro veces, a derecha o a izquierda, el estrecho no deja de ramificarse y nunca se sabe cuál es el buen paso, si el que va hacia el Oeste, hacia el Norte o hacia el Sur. Hay que evitar los bancos de arena y sortear los peñascos, y el viento enemigo, incansable, vuelve a barrer el inquieto estrecho en súbitos torbellinos, los llamados williwaws, que agitan las aguas y rasgan las velas. Leyendo las numerosas descripciones posteriores, se comprende por qué el Estrecho de Magallanes ha sido durante siglos el terror de los navegantes. En él ‘reina siempre viento Norte desde todos los puntos del espacio’. Nunca se consigue en él la calma, el sol y la comodidad apetecidos. Son a docenas los barcos que en travesías ulteriores han naufragado en el inhospitalario estrecho, hoy no bien colonizado todavía, y nada prueba mejor el arte náutico de Magallanes que el haber sido durante años y años, a la vez que el primero, el último que logró atravesarlo sin perder un solo barco”.

Juan Manuel Gómez (autorretrato). Campamento solitario en la cima de La Malinche, Tlaxcala, México, enero de 2016.
La fascinación de Zweig por las zonas en que la historia cambia de rumbo o alcanza la cúspide del heroísmo o su pozo más profundo lo llevó a cultivar con tino la biografía literaria, revelando secretos o desvelando evidencias de grandes personajes como Napoleón, Erasmo de Rotterdam, Montaigne, Casanova y Balzac, entre muchos otros. Un breve recuento de estas viñetas monumentales es Momentos estelares de la humanidad (1927), donde narra 14 historias fascinantes, entre las que se encuentra, a propósito de los libros del frío, la carrera que protagonizaron el gobierno noruego y el inglés por llegar primero al Polo Sur, lo cual se consiguió el 14 de diciembre de 1911. Es desgarradora la manera en que el equipo inglés sucumbió, íntegro, atrapado por condiciones climáticas desfavorables, debido a un retraso de un par de semanas causado, entre otras circunstancias, por la reticencia del capitán Robert Falcon Scott a abandonar a un colega herido. El gran triunfo del noruego Roald Amudsen, de haber sido el primero en llegar al Polo Sur, fue opacado por el hallazgo de los cuerpos de la expedición de Scott y su diario de viaje. Scott y cuatro de sus camaradas llegaron al polo el 17 de enero de 1912, pero no sobrevivieron al viaje de vuelta y murieron en mitad del camino dos meses después.
Ninguna de estas historias, sin embargo, me trajo a la Patagonia. Fue un recuento de breves notas de viaje de Bruce Chatwin y Paul Theroux, Retorno a la Patagonia, editado por Mario Muchnick en 2001, lo que incitó mi curiosidad por conocer uno de los fines del mundo. Ahí se lee una larga reflexión del escritor estadounidense que concluye con esta sentencia: “La Patagonia es el remedio para las enfermedades de la humanidad”. Tras citar a varios autores, entre ellos al argentino Jorge Luis Borges, que considera simplemente que en la Patagonia no hay nada sino frío, transcribe un pasaje de El viaje del Beagle, de Charles Darwin: “Al evocar imágenes del pasado remoto, frecuentemente cruzan ante mis ojos las llanuras de la Patagonia: no tienen viviendas, no tienen agua, no tienen árboles, no tienen montañas, solo nutren algunas plantas enanas. Entonces, y no es un caso exclusivamente mío, ¿por qué esas áridas extensiones se han aferrado a mi memoria con tal firmeza? ¿Por qué no ha producido tal impresión la vastedad de la Pampa que es aún más llana, más verde, más fértil y además es útil a la humanidad? Por mi parte, no soy capaz de analizar esos sentimientos; pero probablemente se deben en alguna medida al campo libre que se le da a la imaginación. Las llanuras de la Patagonia son ilimitadas pues son apenas transitables y por tanto desconocidas; tienen el aspecto de haber permanecido durante épocas enteras tal como están ahora y aparentemente no hay límite de tiempo para lo que han de durar en el futuro”.
Efectivamente en la Patagonia es el frío y no otra cosa lo que parece imperar sobre el orden del mundo, y ese concepto, tan cercano a la reducción binaria de “todo en nada”, que se vuelca en constataciones concretas a cada momento, resulta un gran estimulante para la imaginación. Si bien para Paul Theroux representaba “un remedio para las enfermedades de la humanidad”, tal vez porque en el frío purificador no pueden reproducirse las bacterias infecciosas de la maldad. Para el inglés viajero, Bruce Chatwin, la Patagonia era el motor inmóvil que lo jalaba, como a Ulises, “a alcanzar el dorso del más allá”. “Para mí —confiesa Chatwin en una anécdota conocida—, la Patagonia era un País de las Maravillas desde la precoz edad de tres años. En la vitrina de curiosidades de mi abuela había un trozo de piel de animal con gruesos pelos rojizos, clavado en una tarjeta con un alfiler herrumbroso. ‘¿Qué es eso?’, pregunté. Y se me respondió: ‘Un pedazo de brontosaurio’ o al menos eso es lo que me pareció escuchar. La historia, tal como me la contaron, era que Charley Milward el Marino, sobrino de mi abuela, había encontrado en un glaciar de Tierra del Fuego un brontosaurio perfectamente conservado. Lo hizo salar y, embalado en barriles, lo mandó al Museo de Historia Natural de South Kensington. Desgraciadamente, sin embargo, se pudrió al cruzar los trópicos y esa era la razón de que en el museo se pudiera ver el esqueleto de un brontosaurio pero no su piel. De cualquier manera, el sobrino marinero había tenido la precaución de hacerle llegar un trozo por correo a mi abuela”. Aunque la anécdota resultó falsa, lo cual pudo ser constatado por un Bruce Chatwin de ocho años, lo poco que había de verdad en ella catapultó la imaginación del escritor a embarcarse en la aventura de viajar a todos los finales del mundo posibles para escribir en sus libros lo que ahí, en la nada, había de cierto y concreto: todo.
Muchos libros hablan del frío, ya sea como protagonista o personaje incidental, sobre todo aquellos escritos por autores que provienen de latitudes extremas, como la estepa rusa o los fiordos noruegos, para quienes lidiar con el frío inhumano es cosa de todos los días, pero entre todos ellos jamás encontré esa idea del hielo purificador, del espectro glacial que es una metáfora de “la nada”, que es “el origen de todo”. Siento un respeto milenario, una duda original, por el frío, por su poder destructivo y su capacidad de devolvernos regurgitaciones del pasado remoto, como el Ötzi, el hombre congelado hace 3500 años que apareció en la frontera austriaca-italiana en 1991, con todo su ADN intacto para fruición de los investigadores. Al mismo tiempo, cuando por la mañana recibo en la cara el golpe brutal de la ventisca helada y mi carne comienza a despertar con leves punzadas mientras miro una hilera interminable de montañas nevadas, no puedo sino sentirme enteramente vivo, sin pasado ni futuro, cobijado por un presente eterno. Me asalta la imagen del rostro aterrorizado del esquimal Ernenek cuando los hombres blancos irrumpen temeraria e irrespetuosamente en el mar congelado del Ártico sobre un trineo tirado por doce perros a toda velocidad: “¿¡Llevan por lo menos sus amuletos!?”.
Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.