Los festivales desde casa

Alterada por la pandemia del coronavirus, la industria fílmica se ha reactivado, en parte, con la realización de algunos festivales de cine en versión digital: una alternativa interesante tanto para espectadores como para periodistas culturales. La siguiente crónica reflexiona sobre los cambios intelectuales y emocionales en la experiencia de asistir y reportear de forma virtual estos encuentros de cine.

Es septiembre de 2020. Despierto en la Ciudad de México, salgo de la cama, camino a la cocina y mientras me preparo un café para iniciar el día me traslado virtualmente hasta Toronto para ver una de las 50 películas de la Selección Oficial del Festival Internacional de Cine de Toronto.

Por primera vez, como parte de la prensa acreditada, no asisto a las 5 salas del Bell Lightbox o las 14 del Scotiabank Theatre de Toronto para ver las películas elegidas para su actual edición. Tras un correo de advertencia hace un par de meses para que no se hicieran arreglos de viaje debido a las restricciones sanitarias para realizar eventos públicos, masivos y/o en espacios cerrados, el festival proveyó a la prensa de acceso a una plataforma digital para ver las películas de manera remota. Entre 10 y 15 filmes son liberados cada día para verse en el momento que uno decida, con una ventana de 48 horas para ver cada lote diario de filmes disponibles.

En cualquier otro año, la rutina era distinta: despierto en algún hotel o departamento de Airbnb cercano al área del Entertainment District de Toronto, me baño y para poco después de las 7 de la mañana ya estoy caminando (entre 15 y 25 minutos) en las ya frescas o de plano frías y a veces lluviosas mañanas del final del verano de Toronto hacia la primera función de prensa del día, la de las 8 de la mañana. Función de prensa que podría incluir una fila previa de hasta una hora cuando se trata de las proyecciones de películas muy esperadas. El trayecto suele incluir una escala en alguno de los muchos Tim Hortons (la popular cafetería canadiense) para comprar un café o algo de desayunar y el encuentro con algún colega conocido.   

En el aislamiento de mi departamento en la Ciudad de México esta es la nueva rutina festivalera: mi sala de estar se ha transformado en la hasta ahora inexistente sala 6 del Bell Lightbox y me lleva quizás cinco minutos trasladarme ahí desde mi recámara, con una breve escala en la cocina para prepararme algo. No me encuentro a nadie en el camino y no han sido pocos los días en que la primera película que veo comienza poco después de las 7 de la mañana, conmigo aún en pijama. Hoy mi jornada festivalera inició a las 7:17am con la película Pieces of a Woman, por la que la actriz Vanessa Kirby recién recibió el premio de Mejor Actriz en el Festival de Venecia, lo cual la convirtió en una de las primeras candidatas y protagonistas en la carrera hacia el Oscar del próximo año.

La reapertura condicionada y con capacidad limitada de los cines en todo el mundo tiene poco tiempo, en el mejor de los casos cerca de cuatro meses. Pero las cifras de taquilla y las noticias no son nada alentadoras para la industria. De acuerdo con información de ComScore, la caída de los ingresos y los asistentes en toda Latinoamérica respecto al año anterior es hasta ahora del 82%. En México, dos semanas después del estreno de Tenet, la película que se esperaba fuera el buque insignia en la recuperación de los cines en todo el mundo, la recaudación de taquilla fue de apenas un 12% comparada con la misma semana de 2019. Los cines enfrentan el dilema de mantenerse abiertos, con los gastos que eso involucra, en un contexto de poca asistencia, limitada venta de boletos por sala y un calendario de estrenos que ha obligado a las grandes distribuidoras a mover constantemente las fechas de lanzamiento de la mayoría de los blockbusters de 2020 (los que estadísticamente llevan volúmenes importantes de público a los cines y concentran buena parte de la taquilla del año) para algún punto en 2021.  

Sin conciertos, teatros, cines y museos, las dinámicas de consumo de estos productos culturales mutaron a versiones digitales o virtuales. Mientras nuestras fuentes se reinventaban, los reporteros de cultura tuvimos que hacer lo propio. A su vez, en un desafío a la lógica que hubiera imperado en cualquier otro año, este septiembre soy capaz de estar en tres lugares distintos para realizar actividades profesionales sin tener que sacrificar por completo alguna de ellas.

Termina la función. Son las 9:30 de la mañana. Salgo de la aplicación que el festival desarrolló para smartphones y tablets y que permite retransmitir el contenido para verlo en mi televisor. Apago la tele, dejo la sala y me traslado al estudio (la segunda habitación en mi departamento). Abro la computadora. Entro a Zoom. Mágicamente, me encuentro en una reunión con sede emocional e intelectual en Cartagena, Colombia, aunque la mayoría de quienes participamos en la videoreunión no nos encontramos ahí. Se trata de las actividades del Taller de Periodismo Cultural de la Fundación Gabo. Un taller que todos los participantes hicimos presencialmente en Cartagena en algún punto durante los pasados siete años pero que, dadas las circunstancias actuales, por primera vez no puede llevar nuevos participantes a Colombia, y por lo tanto se realiza, también por primera vez, de modo virtual, como una reunión de ex becarios.

En esta ocasión no hay charlas durante los desayunos en el restaurante del hotel Plaza del Reloj en Cartagena mientras nos preparamos para las actividades del taller, ni pequeños descansos en la calurosa ciudad amurallada para servirse un “tintico” mientras se escuchan observaciones, críticas y sugerencias a nuestras propuestas de reportajes, todo en una bella casona antigua. Lo que hoy sí hay es una conexión por Zoom diaria de tres horas, un grupo de Whatsapp relativamente tranquilo y una colección de carpetas y archivos en Google Drive para compartir nuestros borradores.

Tres horas después, y tras conversar y trabajar con colegas en Francia, Reino Unido, Nigeria, Eslovaquia, Chile, Puerto Rico, Brasil, Portugal, España, Bolivia, Italia, Rumania y Colombia, un par de clics me ponen de regreso en la Ciudad de México, listo para los pendientes regulares de mi vida: mi trabajo y las clases (o tareas) de la Maestría en Periodismo y Políticas Públicas que estudio.

Esto es algo que, como periodistas culturales, no podíamos hacer y que de no ser por la pandemia, tampoco se hubieran dado las circunstancias para intentarlo. Al lado de enormes retos y problemas aparecen oportunidades: la posibilidad tecnológica de estar al mismo tiempo en Ciudad de México, reunirme “en Cartagena” con colegas de todo el mundo en la Beca Gabo por un par de horas y pasar buena parte del resto del día viendo películas del Festival Internacional de Cine de Toronto.

Columba Vértiz, reportera de cultura de la revista Proceso, me comparte una reflexión sobre esta idea de posible multitasking, apoyado en la tecnología, que hemos vivido intensamente en los últimos meses, cuando le pregunto sobre los nuevos retos y condiciones que observa en nuestra fuente: “Es una pregunta que me he estado haciendo mucho. Sí creo que cambió la forma de hacer periodismo. Yo creo que vamos a utilizar más la tecnología de manera individual. Ese es otro de los cambios que noté. Nos cuesta cada vez más trabajar juntos, ahora el periodista tiene que ser más individualista y aprender a manejar la tecnología. También habría que reflexionar (sobre) esta etapa en la que el periodista se volvió un todólogo. Ya lo era antes pero ahora se volvió más. Ahora tenemos menos tiempo para investigar. Es preocupante. Como reportero asumes todo, tú haces todo, entregas todo al medio, haces más formatos o contenido pero te siguen pagando igual”.

Antes de “regresar” a Toronto reviso algunos correos. Entre ellos está la respuesta de una revista (con la que he colaborado previamente) a mi propuesta de cobertura o contenidos sobre el festival: No, gracias. 1) Andan cortos de presupuesto, y 2) No hay en la programación un Roma ni un The Shape of Water o entrevistas con Ryan Gosling, Adam Driver o Jon Ham como en años previos que puedan ser llamativos a un público más o menos amplio o masivo. La clase de material más atractivo para las revistas que uno, como periodista freelance, puede vender en los próximos meses, a medida que estas películas vayan llegando a la cartelera del país.

Pero este año no hay tantas películas de perfil hollywoodesco realizando actividades de prensa como lo hicieran La La Land, A Star is Born o Marriage Story en años pasados. Lo que significa menos material que poder realizar y cobrar. La situación se agrava cuando nos detenemos a observar algunos detalles detrás de la respuesta del editor.

Limitados por las circunstancias actuales, los presupuestos para colaboradores externos fueron de lo primero en desaparecer en los medios. También desaparecieron como tal las revistas. En abril, Editorial Televisa, Editorial Notmusa, Gin Media y Círculo Editorial Azteca sacaron de la circulación una decena de revistas y despidieron a más de 150 personas. CinePremiere, la revista de cine de mayor popularidad en el país, ya se imprime casi bajo pedido —para suscriptores y con distribución limitada— y ha debido enfrentar algunas complicaciones en su distribución en estos meses.

El caso se extiende a las revistas culturales, que, si no están desapareciendo por completo, se encuentran en situaciones financieras complicadas. Con la pandemia, la crisis económica que la acompaña y los aún ineficientes modelos de negocio de los medios, no son pocas las revistas que han debido dejar de circular y convertirse en ediciones digitales. En México, revistas como Gatopardo —que fue vendida por la editorial Travesías Media a inicios de año— y La Tempestad dejaron de ser revistas impresas y quedaron como digitales también en abril. La situación se extiende por todo Latinoamérica como han dado cuentas diversas notas.

Marcela Vargas, periodista y colaboradora de cine y cultura, ex editora en la revista Gatopardo y ex becaria de la Fundación Gabo, me platica sobre la situación editorial general y sobre los colaboradores como ella en particular: “como me quedé sin espacios para hablar de cine, lo que hice fue participar en un podcast que crearon unos amigos. Es más un emprendimiento personal con la idea de eventualmente poder monetizarlo y tener un ingreso de ahí”.

Pero rápidamente matiza y explica más de lo que piensa sobre esta idea: “Si estuviéramos en un escenario menos complejo sí podríamos levantar nuestra marca personal y de ahí seguirnos y vivir de ello. Pero me parece que este no puede ser el trabajo que nos sostenga. Se va a ir convirtiendo en una cosa que hacemos casi que en nuestros tiempos libres y eso automáticamente baja la profesionalización de nuestro entorno, del periodismo cultural y en particular del periodismo cinematográfico. Quienes nos dedicamos a esto de manera profesional, que hemos tenido una formación académica e incluso laboral, estamos quedando sin espacio para hacerlo o estamos buscando la circunstancia de tener que hacerlo casi como hobby”.

Vuelvo a los pendientes del día y caigo en cuenta de que en lugar de estar literalmente corriendo por las calles de Toronto para llegar a tiempo a una entrevista al salir de alguna proyección o alcanzar el inicio de una función más poco después de terminada una entrevista, camino pausadamente a mi cocina y me preparo con calma un sándwich para acompañar la siguiente función del día. Comer a la hora correcta no es una costumbre durante las coberturas en Toronto y hasta echo de menos esos momentos en que a las 5 o 6 de la tarde, y al salir de la que podría ser la cuarta película del día, el hambre te recordaba la hora y a tu progenitora, por lo que uno corría a buscar alimento en los locales de ramen cercanos al Scotiabank Theatre o en los puestos de papas a la francesa con poutine que hay en King Street.

Son las 4 de la tarde y ya arrancó otra función en mi sala: el documental chino 76 Days, sobre los primeros dos meses de la pandemia del coronavirus y el subsecuente aislamiento en Wuhan, China, y lo que enfrentaron sus habitantes y el personal médico y de enfermería del hospital de la ciudad. Brutal, directo y profundamente emotivo. En mi casa escucho el ruido de una construcción mientras trato de concentrarme en la película. Al sonido de mi televisor solo lo interrumpe esporádicamente alguna reacción mía, una risa, un sollozo, una frase. Puedo escuchar claramente cuando alguien abre la puerta de la cochera del edificio y cuando algún vecino regresa a casa.

En la película, el desenlace de una escena me hace llorar. Más de una vez he tenido el instinto de querer buscar o esperar la reacción colectiva que confirme o cuestione la mía (como pasa naturalmente en las funciones en Toronto) pero volteo a mi lado y recuerdo que estoy en mi departamento y vivo solo. Lo más extraño en estas circunstancias sería escuchar otras reacciones.

Me doy cuenta de que echo de menos escuchar otros sollozos o risas mientras veo una película en un festival y reflexiono brevemente sobre lo que puede significar para la experiencia y asimilación de un filme el notar o no cuándo una escena me hace reaccionar como a una mayoría o como a una minoría en la sala, qué referencias entiendo y cuáles chistes sólo arrancan risas en otros, o viceversa.

Conversando con Fernanda Solórzano, crítica de cine de la revista Letras Libres, salen a la luz otras reflexiones sobre esta peculiar experiencia que vivimos con Toronto y con la modalidad en la que pudimos ver las películas.  

“Yo decía ‘voy a tener todo el tiempo del mundo para ver veinte películas y no depender del horario’. Yo no pude pasar de ver un par de películas diarias. Eso me frustró. Y no te sientes en el mood de estar habitando el festival, donde te encuentras a alguien y te recomiendas películas. No piensas más que en eso, es una disposición de ánimo bien interesante que sólo la haces porque estás en otro país, en otro espacio”, me detalla Solórzano.

“Pero hubo algo más —agrega— que me llamó la atención: la disponibilidad de las películas, de poder verlas por 48 horas; las podía volver a ver y las podía rebobinar. Vi escenas del documentald de Herzog y me daba tiempo para reaccionar y decir ‘¡sí es cierto!’ y volverlas a ver, casi que me sacaban lágrimas, y eso no lo puedes hacer nunca en un festival. Por definición no se puede hacer. Entonces dije qué raro, porque a lo mejor fui injusta con todas las veces que vi una película en un festival y dije que no me gustó pero era a lo mejor que estaba cansada, que era la quinta película del día, que se me pasó la escena importante. Pero esto también contribuía a que viera menos películas, porque hacer esto me tomaba el doble de tiempo que solo ver la película de principio a fin. Eso me gustó mucho. Una misma película de un festival, verla tantas veces como pudiera o quisiera, o una parte, en 48 horas. Esto es como modificar la esencia de la película, pero es algo que ya hacemos en las plataformas.”

Le confieso que extraño las filas previas para cada una de las funciones, los cambios de clima en poco más de una semana, la posibilidad de que las escaleras eléctricas del Scotiabank se descompongan (como ha pasado algunas veces durante las últimas cinco ediciones del festival) y tener que subir algo así como cinco pisos por las escaleras regulares, o a los siempre amables y eficientes voluntarios.

Manohla Dargis, crítica de cine de The New York Times, escribió algo que describe la dualidad de esta experiencia y de lo que provoca al tratar de responder qué significa “estar” en un festival de cine en estas condiciones: “Significa refunfuñar en la desesperación solitaria más que en la solidaridad hostil, algo que anhelo. Más que nada, es la experiencia comunitaria, otras personas, lo que hace a un festival de cine, tal vez incluso más que su programación”.

Durante estos días también se ha hecho viral un video donde Martin Scorsese aplaude y reconoce el esfuerzo y valor de los festivales de cine al volver a la actividad. “El hecho de que los festivales se estén realizando, que sigan adelante inventando e improvisando, haciendo que todo funcione de alguna manera, es muy conmovedor para mí. No podemos recordarle a la gente lo suficiente que esta extraordinaria forma de arte siempre ha sido y siempre será mucho más que una distracción. El cine, los filmes, las películas, en su mejor forma, son una fuente de asombro e inspiración”.

En el mismo tren de las reflexiones, Ernesto Diezmartinez, crítico de cine mexicano, lanzaba en Twitter otros puntuales y apropiados cuestionamientos: “Gracias a que los festivales son ahora en línea, hay muchas más oportunidades de acreditarse a ellos sin viajar y ver mucho cine. Extraño ver a los colegas —no a todos, ejem— y las pláticas, claro. Pero no está mal el formato a distancia. Aunque, ¿hasta cuándo puede ser viable?”.

Llega la noche a la Ciudad de México y vuelvo a pensar en Cartagena mientras le doy play a una película más en la aplicación del Festival. Hoy no hay cervezas, baile ni charlas al aire libre con los colegas y compañeros mientras se camina por la ciudad o se va a algún evento o cena. No hay tiempo ni espacio para la camaradería casual en la que eventualmente acabamos hablando de nuestros textos o de ideas para nuestros textos, que podría sonar a lo mismo, pero que para nuestras obsesivas mentes periodísticas no lo es. Hay unos mensajes más de Whatsapp para confirmar algunas cosas de la clase de mañana. De la calle llega el golpeteo de una fuerte lluvia que cae sobre la ciudad de México desde hace más de una hora. En el departamento también se escucha el ruido de un calentador eléctrico prendido. Un departamento del que prefiero no salir salvo para actividades básicas o necesarias por las razones que todos conocemos del coronavirus. La situación me remite a escenarios visitados en el arte, como en el Decamerón de Giovanni Boccaccio o en El Ángel Exterminador de Luis Buñuel, clásicos de la literatura y el cine, respectivamente, donde por distintos motivos, un grupo de personas no puede dejar un lugar. Hoy todos los días parecen algo sacado de sus páginas o de su pietaje. 

Termina una película más, el intenso drama iraní 180º Rule. Al menos en algo se parecen las experiencias de los años previos y esta versión casera del Festival de Toronto: después de varios días de ver 4 o 5 películas diarias, ya uno no sabe qué día es y es complicado poder recordar fácilmente qué se vio cada día si no se recurre a los apuntes y las notas. Todos los días se repiten de manera un tanto similar. Un sentimiento que no es ajeno para nadie tras la experiencia colectiva global de los meses de cuarentena y distanciamiento social o cuando nos descubrimos en un ciclo infinito de días idénticos con la extensión casi también infinita de las medidas y recomendaciones que nos invitan a seguir en casa y evitar las reuniones.

Me voy a dormir sabiendo que mañana será un día igual. Una vez más. Espero que las cosas puedan mejorar, pero no hay razones para que eso sea una predicción y no solamente un deseo. A la vez, no hay certeza alguna sobre lo que le depara a la industria cinematográfica en el futuro cercano. Todo está en el aire con experimentos, adaptaciones, transformaciones y estrategias de supervivencia en todas las etapas y con todos los agentes y espacios relacionados con el cine y su industria. Salas de cine, festivales, distribuidoras, medios y hasta periodistas están en modalidad de reinvención.

Estas dudas y curiosidad respecto de qué viene para el periodismo cultural y cinematográfico son compartidas por Columba Vértiz y Fernanda Solórzano.

“Creo que hay más individualismo y no tanto trabajo de investigación y reporteo en equipo. Una tendencia de encerrarse cada quien en su casa a trabajar. Me da miedo que sobresalga el individualismo, que creo ya lo teníamos muy arraigado”, advierte Vértiz.

Por su parte, Solórzano admite que “cuando siento que esto ya no va para ningún lado, no ha tenido que ver con la pandemia y con el freno de la producción sino con la conversación. Esto es porque ya no se puede ver o hacer una película sin que pase por esto que estaba desde antes, por un prejuicio que ya cancela cualquier conversación real. Todo tiene que pasar por lo (políticamente) correcto, por qué y quién puede hablar o no de tal o cual tema, y esto lo veo imparable y eso me preocupa más”.

Y añade: “no sé a dónde vamos, pero me preocupa menos lo tecnológico que lo humano y lo que tiene que ver con la sensibilidad. Con lo que estamos entendiendo por arte y eso no tiene que ver con el covid, eso ya estaba. Siento que estamos ya en un periodo donde unos buscan resistir esta ola, otros la quieren superar y las películas se quedaron en medio. Ojalá y regresemos a un punto donde estemos hablando de las películas, no respondiendo conversaciones de otra índole sobre las prelecturas y prejuicios de otros respecto a ciertos temas que se ven en películas”.

Me meto a la cama con mis preguntas y dudas sobre un mañana que intuyo que se parecerá mucho al hoy y al ayer. Y que al mismo tiempo se muestra como una hoja en blanco, la pesadilla de cualquiera que se dedica a escribir.

Al final, lo que nos deja una treintena de películas de todo el mundo en el Festival de Cine de Toronto, es que el cine que nos reta, nos confronta, nos hace pensar y reflexionar, que hace preguntas y retrata nuestras conversaciones introspectivas y sociales, se declara sano y listo para sobrevivir cualquier pandemia. La pregunta ahora es imaginar cómo será posible que ese cine llegue a nosotros, una vez que la pandemia ha alterado por completo los modelos de negocios tanto como nuestros hábitos de consumo de entretenimiento, arte y cultura, y descubrir en ese proceso cuál debe ser la función y participación del periodista cultural y cinematográfico en este nuevo escenario.

 

Arturo Aguilar
Periodista y crítico de cine. Twitter: @aguilararturo.

 

Nota editorial: Este texto fue realizado como parte de las actividades del Taller Periodismo Cultural en Tiempos de Pandemia de la Fundación Gabo. Los periodistas y escritores Marta Orrantia y Jonathan Levi fungieron como editores.

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Publicado en: Cine