Parece que ha llegado la hora de ponernos a pensar seriamente en cómo será nuestro primer contacto con seres de otros planetas y galaxias. El reciente descubrimiento del planeta Kepler 452b –el más parecido a la Tierra a pesar de la distancia de los 1400 años luz que los separa a ambos– ha desatado ejercicios interesantes de especulación y reflexiones sobre nuestro lugar en el mundo que están lejos de ser banales.

Imagen: NASA Ames/JPL-Caltech.
Para entender qué tan parecido es Kepler 452b a la Tierra, un ejemplo de imaginación fructífera es el que hizo Jon Jenkins del Ames Research Center de la NASA en una conferencia relatada la semana pasada por Scientific America sobre cómo sería para un humano vivir en este planeta. Con los datos que se tienen, se sabe que las condiciones de luz solar serían similares, por lo que nos broncearíamos parecido y nuestras plantas perfectamente podrían hacer fotosíntesis. Sin embargo, por el tamaño del planeta, la gravedad sería más pesada, aunque eso, a la larga, sólo resultaría en humanos más fuertes. Es probable que el paisaje sea rocoso y tenga volcanes activos, su atmósfera parecer ser densa y, cuestión fundamental, se supone que hay agua.
Por otro lado, el descubrimiento sin duda reanima la discusión sobre la vida en otros lugares del universo, aunque como dijo Phillip Ball en Prospect Magazine, tener elementos para considerar realmente este tema era sólo cuestión de tiempo dado el ritmo de las exploraciones espaciales. Lo que es en verdad importante del descubrimiento de Kepler 452b, es que puede empezar a esclarecer ciertas cosas sobre los viejos temas del origen de la vida. Preguntas que, según Bell, ahora sí podemos sentir que vale la pena hacerse.
Pero dentro del panorama de las condiciones para la vida en otros lugares, surge otra cuestión. Si estamos cerca de encontrarnos con vida más allá de la Tierra, entonces es hora de preguntarnos qué haremos frente al contacto. Lizzie Wade busca responder a la pregunta en un ensayo que se centra en las implicaciones éticas de este hipotético encuentro, escrito un par de semanas antes del anuncio sobre Kepler 452b.
La autora dice que son dos las formas que podría tomar este evento: encontrando en la atmósfera de algún planeta extrasolar cualquier elemento fundamental para la vida en la Tierra como el oxígeno, o descubriendo vida no sensible o microbiana dentro de nuestro propio sistema solar. En todo caso, las posibilidades de que el encuentro con vida extraterrestre sea entre iguales en un complicado contexto intelectual o moral, parece cada vez menos factible según dice Ward. Por esa razón pone sobre la mesa el problema de la empatía: “No nos veremos en ellos. Será difícil para nosotros entender su realidad”. Y los riesgos de no entender esa realidad son muchos en términos éticos.
La autora retoma las preguntas que se ha hecho la filósofa de la Universidad Estatal de Montana, Sara Waller, sobre el descubrimiento, propiedad y explotación que viene de los territorios espaciales con vida. Sobre todo si el descubrimiento resulta en algún elemento útil para la Tierra, y sin formas de vida comparables a las nuestras, nos veremos tentados a explotar ese territorio en nuestro beneficio y difícilmente nos detendrá la perspectiva de dañar ecológicamente el medio ambiente de otro planeta. De lo anterior surge una segunda cuestión –muy de seres humanos– que complica el tema aún más: ¿a quién le pertenecerán los territorios espaciales? Y si tienen recursos que podamos aprovechar, ¿le pertenecerán éstos a los descubridores o a las entidades políticas y comerciales de las que son parte?
Si el capitalismo se vuelve efectivamente la fuerza motriz de los viajes espaciales, dice Wade, entonces estamos obligados a pensar en el balance entre preservación y explotación para que no se defina por los intereses de las potenciales compañías inversoras. Su propuesta en este sentido es voltear a ver la única experiencia más o menos similar con la que contamos: el Sistema del Tratado Antártico, que regula las relaciones internacionales con respecto a la Antártica desde 1959. Lo fundamental a recuperar de este caso es la posibilidad que tienen todas las naciones de establecer bases científicas en el territorio pero sin declararse dueños de la tierra o sus recursos. Si la idea es crear un mejor universo para todos, además de las puramente científicas, estas preguntas son también apremiantes.
Para empezar a imaginar escenarios y dar rienda suelta a la imaginación, aquí está el mapa interactivo de Marte, recientemente dado a conocer por la NASA, con datos sobre nombres y planicies de nuestro vecino. Para el cual, por cierto, ya hemos encontrado la forma de inyectarle gases invernadero que permitirían el aumento de su temperatura y la posibilidad de que renazca la vida que alguna vez albergó.