Estamos en un tiempo indefinido de un futuro cercano,
en una Buenos Aires donde el índice de desocupación
se estabilizó definitivamente en torno del 30%.
—Salvador Benesdra

lo-no-iluminado

Dentro de la literatura argentina contemporánea hay varios nombres que destacan en el contexto hispanoamericano; algunos están frente a los reflectores, reciben premios y son bastante publicitados, sin embargo, hay otros que repiten la figura del autor marginal, que han sido publicados por editoriales pequeñas o que parecen indignos de ganar un premio de una trasnacional. Esos autores heredan la postura del escritor a lo Roberto Arlt o a lo Onetti, cuyo carácter no les permite ser una celebridad, sino un escritor que se siente más a gusto en el rubro de escritor “no profesional”, pero que, eso sí, su obras, tarde o temprano, recibirán la lectura que merecen. Me refiero a Alejandro Hosne (Buenos Aires, 1971) y a Salvador Benesdra (Buenos Aires, 1952-ídem, 1996), dos autores de diferente generación pero que comparten una serie de preocupaciones político-económicas, estéticas y sociales que los emparentan, y que, más allá de esto, han sabido conformar obras novelísticas de una profundidad que no podemos dejar de soslayo. El más joven, Alejandro Hosne, con dos novelas—Ningún infierno (Aldus, 2011) y Todo lo demás es mentira (Alfaguara, 2014)—, es un autor dotado de una gran expresividad narrativa y una agilidad para describir que hacen que la historia sea un trayecto hilarante e incluso mordaz; su escritura logra involucrar al lector en todo lo que acontece a sus personajes, así sea el lance de un asesino o la historia de un joven constreñido por un mundo mediocre. Salvador Benesdra, con una novela crucial, El traductor (Eterna Cadencia, 2012), y El camino total. Técnicas no ingenuas de autoayuda para gente en crisis en tiempos de cambio (Eterna Cadencia, 2012) se revela como un narrador de una fuerte cultura literaria y filosófica, que lo mismo discurre sobre las consecuencias del neoliberalismo, los orígenes y características del trotskismo que se enfrenta a los secretos de una muchacha de provincia quien padece una suerte de frigidez.

            En El traductor, Benesdra narra las peripecias de Ricardo Zevi, que trabaja en una editorial caracterizada en el ramo por publicar textos de izquierdas y algunos títulos del postmodernismo, pero que, puertas adentro, aplica las medidas económicas en boga, despidos, manipulación laboral y que se desentiende de las relaciones sindico-patronales. Por su parte, Alejandro Hosne retrata un medio muy parecido, una agencia de telemarketing, cuya estructura impide la generación de antigüedad para sus empleados, además de no pagarles las comisiones acordadas. Hay que decir que no se trata de obras que preponderen el libelo por encima del tratamiento dramático, psicológico o imaginativo, sino que son historias que se han rehusado a soslayar la realidad que nos alcanza de un salto en la calle. Es un hecho que las nuevas directrices político-económicas en Hispanoamérica han tenido una serie de repercusiones en nuestras vidas. Es casi imposible tener los ojos en otra parte al ver la forma en que el desempleo crece a pasos agigantados, lo cual provoca que quien posea un empleo se sienta dueño de un privilegio que debe cuidar a pesar de su propia dignidad o a capa y espada. Mejor dicho: a cuestas de su dignidad porque las regulaciones laborales cada vez lo privan de cualquier tipo de respaldo. En esa medida, lo más lógico es que la narrativa se viera impelida a abordar un fenómeno como éste. Desde la perspectiva de alguien que es consciente de qué significa la pérdida de los derechos laborales hasta la consciencia del cambio que representó que el mundo perdiera su contraparte política con la caída de la URSS, hay todo un caldo de cultivo para que el narrador escudriñe esta descomunal “liberalización” de la economía. No es fortuito que sea en Argentina (cuna y base de una gran parte de la literatura de izquierda, marxismo, trotskismo, maoísmo, etc.) donde se den dos autores que no se pueden desligar del avance neoliberal en su país.

            Ricardo Zevi discurre irónicamente por ese mundo corporativo del que nunca ha formado parte gracias a su personalidad de hombre de libros y de políglota. Sin embargo, su mirada aguda, un tanto mordiente, delata a un escritor resentido que no ha sido valorado por su empresa mientras que otros, menos capaces, toman las iniciativas:
Recordaba la cara que le había puesto Gaitanes cuando le recomendó el primer libro de Baudrillard, a poco de entrar a la empresa. […] Pero Juan José se impuso, y durante mucho tiempo yo lo creí uno de los responsables de los cambios de los últimos años en las ediciones de la empresa. Para mí era la imagen andante del posmodernismo escéptico de todos los que estaban de vuelta de todas las pasiones políticas ideológicas y literarias sin haber hecho jamás el viaje de ida, y no podía dejar de haber tenido un peso decisivo en la deriva que mostraba la línea de la editorial.

            El personaje innominado de Hosne es un asesino serial que no tiene una visión libresca, sino puramente intuitiva, discursiva, como una fuente inagotable de crueldad hiperestructurada que describe la cotidianidad: “Hay pocas cosas igual de aterradoras que estos monstruos sonrientes a latigazos de marketing, que amables y siniestras nos preguntan si la bosta gelatinosa que vamos a ingerir no está lo suficientemente disfrazada de comida”.

            La imagen que recrean ambos novelistas es la de un Buenos Aires cerrado, profundamente egoísta, donde todo mundo está siendo coercionado y no puede hacer nada para rebelarse. Es el mundo mal llamado “posterior a las ideologías”, siempre y cuando se entienda por ideología el pensamiento crítico que responde a esta realidad y a una economía capitalista salvaje. Porque si se entiende la ideología como una “falsa consciencia” que impulsa los actos alienados veremos que ese mundo sería el triunfo de la ideología imperante, aquélla que dicta un “todos contra todos, sálvese quien pueda”. Es en esa lógica y en esa realidad donde Hosne y Benesdra introducen al lector para mostrar una existencia angustiante en la que se llega al final de la semana con un préstamo o con la zozobra del futuro despido. El desempleo, el fraude y las felonías políticas vueltas el pan nuestro de cada día, mientras los gobernantes aparecen sonriendo en la TV diciendo que “todo va bien” o que “se está siguiendo el camino indicado”. La narrativa de estos autores da la espalda a todas las imposturas que hay que tragarse para mostrar la versión de los personajes que se han tomado el tiempo suficiente para enterarse de la situación del mundo en el que viven y ambos han llegado a la misma conclusión: no se puede seguir así. Es por esto queNingún infierno El traductor son novelas y espacios al mismo tiempo, el Buenos Aires de los años de Menem, cerrado, constreñido y asfixiante es el personaje principal. En torno suyo se muestra una histeria colectiva que se rezuma en las páginas de ambas novelas por medio de sus cuotas de ironía y de extrema violencia:

—Turco, la lucha de clases no es una ejercicio de análisis gramatical.

—¡Ma’qué lucha de clases, tano! ¡Lucha de ovejas! Ahí son todos ovejas que tienen como pastor a la oveja más pícara del rebaño, el viejo Gaitanes, que está haciendo la mosca loca con sus publicaciones “progresistas” para después poder pavonearse bien gordito entre la farándula. No es que no entiendan. Es que tienen más cagazo que cabeza.

            En el caso de Benesdra, como pudimos ver en la cita anterior, el personaje está bien seguro del estado de las cosas, incluso cada vez que habla en las asambleas de los empleados es el más radical, el más lúcido, y, por ende, el que más críticas y reveses recibe. La gran lucha de Zevi es la lucha del hombre enterado, que sabe que se tiene que olvidar del “cinismo obligatorio” (esa suerte de relativización de los valores políticos, negar que haya cuestiones convenientes o inconvenientes: dixit Piglia) si quiere sobrevivir, por lo cual pelea con los patrones hasta lo humanamente posible. Su lucha es la de muchos de nosotros persiguiendo el último pago, buscando la mejor negociación laboral, gestionando el pago o simplemente sobreviviendo para tener unas horas en las que se pueda leer o escribir tranquilamente. El personaje innominado de Hosne es consciente pero está en otra etapa, se ha creído eso de que “el pez grande se come al chico” y él ha elegido ser el tiburón que, alejado de alegatos y discursos, deprede radicalmente. Forma parte de un grupo de amigos, más inocentes que él, y muestra sus tropelías sexuales y alcohólicas. Para este personaje no hay posibilidad alguna de redención, por ende ha decidido llevar la violencia y el sexo hasta las últimas consecuencias. En las dos historias el desempleo y la mezquindad se traduce en carestía, en gestos compungidos, en la miseria que, como decía Orwell, es fea donde quiera que se la vea. Y, acompañando a toda esta problemática, están presentes la locura y el sexo, mezclados y separados, aderezados de un humor vitriólico. Pues, a la par que el asesino de Ningún infierno recorre las calles de Buenos Aires para “garcharse” o matar a alguien, Zevi lidia con la frigidez de Romina, la chica adventista que se ligó en un bar, quien es todo lo contrario ideológicamente a él.

Es lógico que la violencia tenga una fuerte carga de aquello que Roberto Arlt (1900-1942) desentrañara en obras como Los siete locos: ese haz de luz que ilumina lo no iluminado, una zona cruel, despiadada o enloquecida que hay en nosotros. Arlt fue un adelantado en este profundizar en lo más caliginoso de los personajes, en su machismo y en su bestialidad. Me es difícil no pensar en él como figura que influyó en Benesdra (incluso es mencionado en su novela) por la manera en que se desembaraza del temor de la policía literaria. Así como en el caso de Hosne, podemos ver en Jim Thompson (1906-1977) y su 1,280 almas un antecedente de sus intenciones estéticas, donde la violencia, el sexo y la locura están tan presentes que uno se siente subyugado a continuar: “La cabellera sedosa y reluciente adorada por él mismo minutos antes en el espejo de su casa le manoseaba media cara como hilos de algas marinas. El cráneo partido tironeaba el lastre de cerebro dejando una filigrana de masa chorreante a lo largo del pavimento”, describe Hosne. Y Benesdra narra:

Se quedó callada. Miró hacia el ventanal. Comenzaron a caerle grandes lagrimones. Me paré y miré por el ventanal en otra dirección dándole la espalda. Empezó a llorar de nuevo. Ella que tan tarde había aprendido a llorar, estaba llorando sin ningún esfuerzo, sin impostación, sin falsedad, sin gritos siquiera, como para poder prolongar por más tiempo la descarga.


            Es un hecho que la literatura tiene la capacidad delicuescente de detectar esas honduras ocultas en una realidad que finge, que se disfraza, para que creamos que es de una forma y, de un momento a otro, cambiar. Precisamente, en la tradición de autores como Dostoievski, Baudelaire, Céline, Genet, Hammett o Arlt es que encontraremos un lugar para estos dos autores necesarios para quienes buscan que la literatura sea un espacio donde la tensión de la realidad encuentre un reflejo o un lente de aumento. Pues, la realidad, con sus tragedias, con sus momentos de ofuscación, aparece en un estado tan al rojo vivo que Ningún infierno y El traductor están muy lejos de ser obras puramente bien intencionadas o vehículos de una corrección moralina o política achatadas, su lugar está al lado de las que reflejan los intersticios de nuestra época, donde la histeria colectiva y la desolación se hermanan con una línea política que hace que la sobrevivencia sea cada vez más una lucha absolutamente bestial.

 

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Salvador Benesdra, El traductor, prólogo de Elvio E. Gandolfo, Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2012, 672 pp.

ningun-infierno

Alejandro Hosne, Ningún infierno, Aldus, México, D.F. 2011, 472 pp.

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Publicado en: Ciudad de libros