Frente a un panorama editorial sobrepoblado, resulta virtualmente imposible valorar a cabalidad un año entero de narrativa mexicana. Sin embargo, el siguiente repaso por los aciertos y descalabros de lo publicado en materia de cuento y novela, viene de la mano de un lector voraz que ha ejercido la crítica literaria como pocos en este país. Lo que ofrecemos no es un atlas, pero sí una amplia cartografía.
No es posible registrar la totalidad de la narrativa mexicana publicada durante el año que se va, como no fue posible leer siquiera una porción significativa de esa totalidad. El lector debe por tanto mirar este paisaje con la indulgencia de quien no aspira a tener un atlas frente a sus ojos y muchos menos una visión que colme sus ambiciones. Los libros de cuentos, las novelas, se reproducen con alegría duradera y las editoriales responden a esa multiplicación con ánimo ecuménico. El signo es el de la sobrepoblación y no queda más que atisbar a través de una rendija.

No por ello renuncio a comunicar un gusto y, por añadidura, una distancia. Inicio con aquellos ejemplares que me hicieron sentir el paso inútil del tiempo y termino con esos otros gracias a los cuales sobrevive el apego a la lectura.
Insumisión del cuento
México noir (UANL/ Nitro/ Press), una compilación a cargo de Iván Farías, de inicio alienta la sospecha de que el género policiaco vive una bonanza sin precedentes pero de los 27 narradores a los cuales convoca solo es posible rescatar a unos cuantos. Sobresale el desprecio por la riqueza de las formas, por la multiplicidad de significados que puede sugerir una frase, por el ritmo enemigo de la prisa. No puedo evitar la generalización: hay tanta necesidad por registrar la descomposición social que padece sobre todo el norte del país que las tramas se ciñen a un mimetismo de corte periodístico. En aras de plantarse como testigos, los autores se vuelven heraldos de la denuncia y no representantes de la imaginación.

Que el cuento se mueve con más soltura argumental que la novela puede constatarse en Gallo que no canta (Ficticia), de Mauricio Miranda, y Encender el mundo (Universidad Autónoma Metropolitana), de Edmée Pardo. Son, sin embargo, dos libros de trazo fallido. El primero acumula trece relatos sin marcas de sangre en común. Solo el abuso de la jerga coloquial y el descuido estilístico fijan un parentesco (“Federico vivía en un ranchito que estaba después de la ciudad”; “Se regresa a su cama”). Sus personajes son descoloridos, sus finales se anuncian desde los párrafos iniciales, y nunca termina por justificarse el tránsito del plano realista al de la fantasía. El segundo falla en su intento por capturar la vasta singularidad femenina. Nos hace creer que esa vastedad debe reducirse a un puñado de mujeres insoportablemente cursis cuando experimentan el sexo, insatisfechas por igual de la vida profesional y familiar, bobaliconas cuando recuerdan la muerte de John Lennon o hacen de turistas en Indonesia, timoratas frente a la posibilidad de quedarse solas o sufridas en la hora en que deberían mandar todo al diablo. En otras palabras: las heroínas parecen princesitas de magazine dibujadas con colores pastel.

Disfruté, en cambio, La superficie más honda (Literatura Random House), de Emiliano Monge; El clan de los estetas (Universidad Veracruzana), de Alejandro Badillo; Cómo piensan las piedras (Alfaguara), de Brenda Lozano; Las enemigas (Sexto Piso), de Claudina Domingo; y La efeba salvaje (Sexto Piso), de Carlos Velázquez. No pasa con sus novelas pero con La superficie más honda Emiliano Monge ha logrado que el lector tenga la oprobiosa seguridad de estar viviendo en sus relatos. Pensemos, por ejemplo, en “Testigos de su fracaso”: cada Navidad, al despuntar la noche y cuando la cena está por servirse, una familia recibe una llamada telefónica como anuncio de la venganza que le espera. O en “Alguien que estaba ahí sobrando”: un joven viaja a un lugar prescindible del mapa y en vez de una aventura amorosa tiene un encuentro con la autoridad representada por el cuerno de chivo. Atina Monge al despojar de cuerpo y nombre a los mensajeros del horror, al perfilarlos como voces o presencias anónimas, y atina al elegir el camino de la ficción para hacernos intuir el mal que tanto espacio ha ganado en el horizonte mexicano.

Los diez cuentos incluidos en El clan de los estetas dan cuenta suficiente de una vocación por el detalle, una justeza de tono y un respeto sincero por las palabras. No son atributos menores en un tiempo en el que la impostura gana premios y favores. Alejandro Badillo entiende el relato como la posibilidad de adoptar otro punto de vista, no el de la extrañeza o el desorden sino el del entresueño: la vida, por ejemplo, puede confundirse con un libro profético o con la mitológica genialidad de un autómata.

Cada relato de Cómo piensan las piedras es la escenificación del triunfo de las pequeñas cosas sobre las grandes preguntas y vacilaciones: un zumbido que rompe la armonía del vecindario, una muñeca perdida, estados de cuenta que llegan a nombre de una desconocida, un frasco de champú que proviene de un hotel sin referencias, un piquete de mosco… Brenda Lozano parece sugerir que las cosas que tienen una reducida presencia en el mundo producen tantas reverberaciones y significados como la soledad, el amor, la orfandad, la muerte.
Ella misma, la muerte, sobrevuela por encima de los nueve relatos que componen Las enemigas, el libro con el que Claudina Domingo se desentiende por un momento de la poesía. Y la muerte tiene muchas caras, tantas como puede adoptar la Coatlicue que devora toda forma de vida: la del cáncer avanzando a gran velocidad, la de la parturienta, la de la madre que tritura a sus hijos, la de la invalidez mortificante, la de la deformidad, la de la indigencia física… No representa el final de la partida; es una fuerza vigorosa y omnipresente. Qué mundo lastimosamente huérfano se filtra a través de la auscultación psicológica.
En la variedad de miras está una de las mayores virtudes de los seis relatos de La efeba salvaje. Pueden adoptar la forma del terror, la pesadilla mórbida, el esperpento sentimental, el trazo costumbrista. De modo que apuntan sus baterías hacia muchos blancos, siempre difíciles de enfocar. Que Carlos Velázquez haya renunciado a la unidad confirma que ha dejado de ser un escritor que solo se siente cómodo en la parodia de las relaciones amorosas inevitablemente destructivas o de los convencionalismos que impone el trato con los demás. Quiero decir que se presenta dueño de un registro que acaba con la maldición de ser etiquetado como nada más que un provocador.
Cimas y traspiés de la novela
La violencia asociada al narcotráfico y al crimen organizado ha cobrado tantas víctimas en los hogares mexicanos como en el mundo de la ficción. La idea me viene de la lectura de Matagatos (Caballo de Troya), de Raúl Aníbal Sánchez, y Un plan perfecto (Grijalbo), de Iván Farías.
La apropiación sumisa de la realidad —la misma que comenzó a padecer Chihuahua cuando los cárteles de la droga practicaban todavía una violencia soterrada y los cuerpos de mujeres asesinadas transformaban a Ciudad Juárez en una enorme fosa común— es la consigna que guía el curso de Matagatos. La novela toma el nombre de uno de sus personajes, un ex oficial del ejército, también ex policía, un psicópata que viola y despedaza niños como si fueran piezas intercambiables. Ya que no tiene sorpresas ni profundidades que ofrecer, se concentra en describir un ambiente ingrato donde el futuro se anuncia como una carrera en la policía judicial o un embarazo a los quinces años. Pisamos pues los terrenos de la sociología con aspiraciones narrativas.

No menos sociológica es Un plan perfecto, aunque procure servirse del cine. Muestra así un interés único en la acción por la acción misma. A gran velocidad, se suceden encuentros y desencuentros sexuales, reuniones de negocios, golpizas, balaceras, traiciones, y aun cenas o comidas en algún restaurante de Polanco. Iván Farías tiene tanta necesidad de alcanzar un ritmo frenético que no tiene tiempo de profundizar en sus personajes: son lo que son desde las primeras páginas hasta que abandonan la escena. Para qué aspirar a una obra literaria si las masas solo quieren un poco de entretenimiento.

Al otro lado de este espectro, es decir, al otro lado de la mera diversión, se halla el miserabilismo: el lamento políticamente correcto por la desigualdad social y la rapiña económica. La fiesta de los niños desnudos (Tusquets), de Imanol Caneyada, promueve la especie de que México es un cuerpo llagado por orines y mierda no solo porque convoca a un grupo de mendigos a las órdenes de un profeta milenarista sino porque se complace en anunciar la ruindad de las clases medias, “su irremediable vocación de plaga”, “su espíritu de supermercado”. Al arrojar al protagonista y narrador en brazos de un remedo de Mefistófeles que le concede la muerte del padre a cambio de unirse a las huestes que se malganan la vida como limpiaparabrisas, rateros y tragafuegos, Caneyada quiere simpatizar con la idea de una sociedad en la que el interés colectivo se impone al egoísmo, es decir, a la libertad individual.
Menciono únicamente mi desaliento por La pampa imposible (Literatura Random House), de David Miklos, y Fuego 20 (Ediciones ERA), de Ana García Bergua. En aquélla veo la imagen repetida de la infancia como una etapa de descubrimientos, de transición hacia responsabilidades ignotas, de encuentro con el deseo sexual y la amistad. Otra vez la búsqueda del niño que perdió la inocencia. En Fuego 20 encuentro una nostalgia que, a pesar de moverse en una dimensión fantástica, no puede contravenir los clichés de la novela rosa. Dejo para el final 42m2 (Literatura Random House), de Fabrizio Mejía Madrid. Con el anuncio de que se trata de “una novela cronicada —homenaje y parodia de la vida de los santos o los césares—”, Mejía Madrid confecciona un Frankenstein cuyos miembros pueden aludir a tres plomeros intentando controlar una fuga de agua, a un joven que disfruta contemplando la debacle de su familia o a seis personajes — André Breton y Malcolm Lowry, por ejemplo— que hicieron de México un pretexto para la escritura. El resultado es un homenaje al amontonadero en manos de un acucioso pepenador.

…Y aún después del final a Cuando todo era para siempre (Alfaguara). Presumiendo una vocación de cuentachistes, Federico Traeger ha imaginado a una familia de ingresos medianamente decorosos que recibe una herencia cuantiosa de la que dispone sin mesura (suena a telenovela en horario B, ¿no es cierto?). La anécdota funciona como detonante de una serie de episodios hilvanados por el mero propósito de sumar ocurrencias. Además de la injustificable capacidad para anular todo asombro, Traeger tiene una visión patriarcal de la especie humana. Qué queda: una cargante vulgaridad, un esnobismo de preparatoriano a la espera de obtener el aplauso de sus incondicionales.

Tuve, por fortuna, buenos momentos. Menciono a los responsables: Alejandro Arteaga/ Alfonso Nava, Jorge Comensal, Adriana Abdó, Bibiana Camacho, Mauricio Molina, Bernardo Esquinca, Juan José Rodríguez, Juan Pablo Villalobos, Alejandro Páez Varela, Fernanda Melchor, David Toscana.
De Lobo (Almadía), de Bibiana Camacho, destaco la manera con la que encara el espanto y expresa la vulnerabilidad psicológica de los personajes a través de las amenazas casi imperceptibles que emite el mundo exterior. De Planetario (Almadía), de Mauricio Molina, valoro su forma de viaje iniciático que se nutre de los enigmas del thriller filosófico. Reivindica, con mucho, a la novela como una expresión elevada del conocimiento. La octava plaga (Almadía) reitera una certeza que ya anunciaban Toda la sangre y Carne de ataúd: Bernardo Esquina es el máximo representante en México de la ficción convertida en pesadilla diurna. Lady Metralla (Ediciones B) es una historia que ha sabido desmarcarse de la manida receta de policías contra narcos. En qué se distingue de su parentela: en su talante irónico, lejos del sermón disfrazado de indagación sociológica. Poco importa que No voy a pedirle a nadie que me crea (Anagrama) haya obtenido el Premio Herralde de Novela. Importa su arquitectura, su ejercicio del humor. Aunque Villalobos no desdeña los giros policiacos, sabe resistirse a los cantos de la moda. Si es cierto que por su tono los conoceremos, el suyo conjuga el delirio y lo grotesco en dosis justas, uno de esos dones que la gracia concede muy de vez en cuando. El lector debe sentirse agradecido por la disposición de Alejandro Páez Varela para concebir una novela en la cual está ausente toda esa corte de narcotraficantes, policías y pistoleros tan apreciada por muchos de los escritores “del norte”. Oriundo Varela (Alfaguara) es la aventura sosegada. Si Falsa liebre sorprendió por la solvencia estilística para revitalizar nuestra más cruda tradición realista, Temporada de huracanes (Literatura Random House) seduce por la fuerza con la cual lleva los ritmos y las voces de cierta oralidad al terreno siempre exigente de la escritura. Fernanda Melchor tiene un oído muy bien entrenado y tiene asimismo un raro talento para recrear el lenguaje de la lucha por la supervivencia. David Toscana es incapaz de quedarse en un mismo lugar, de sentirse cómodo en una realidad que parece sentarle bien. Se reinventa en cada novela. Con Olegaroy (Alfaguara) ha reflexionado sobre la imposibilidad de conocer las leyes terrenales y las del universo mediante las palabras. Lo que resulta irónico, y por demás placentero, es que Toscana expresa este vacío con toda la potencia estética del lenguaje.

Finalizo con tres libros cuyos autores no pertenecen aún al establishment narrativo y sin embargo anuncian nuevos derroteros en la literatura mexicana. A partir de seis relatos con vida independiente, pero entramados por una red de vasos comunicantes, Alejandro Arteaga y Alfonso Nava han producido un artefacto literario de extrañas cualidades. He dicho “artefacto literario” porque en Sick & McFarland (Universidad Veracruzana) concurren el ensayo, la polémica epistolar, el relato decimonónico, la cita y hasta el género menor de la solapa. Es un caldero a fuego lento adonde va a dar cualquier ingrediente, aun un juego de mesa cuyos tableros y cartas se manipulan como un tarot para establecer un orden de posibilidades y permutaciones infinitas.

Las mutaciones (Antílope), de Jorge Comensal, se lee como una radical reflexión sobre el cuerpo: el cuerpo doliente, mutilado o imaginariamente enfermo. Es, por añadidura, una novela sobre la urgencia de ser compasivos. Lo admirable es que Comensal renuncia a considerar el dolor y la compasión como figuras de una banalidad que carece de resonancias y es incapaz de contener a un tiempo la fe y la incredulidad.

Sabemos que la realidad no se ciñe a las infamias o miserias con las que desayunamos mientras ojeamos los periódicos. La realidad puede asumir también la forma del sueño, la fantasía, la especulación filosófica, el deseo; y puede, como ha probado brillantemente Adriana Abdó, imaginar una vida que creíamos sepultada en el pasado. ¿A quién imagina la novela Apreciable señor Wittgenstein? (Tusquets). Al poeta austriaco Georg Trakl, débil e inservible para la guerra, quien sostiene un diálogo epistolar y apócrifo con el filósofo alemán Ludwig Wittgenstein mientras deja transcurrir las últimas semanas de su vida en el pabellón de alienados del Hospital de la Guarnición en Cracovia. La voz que Abdó ha concebido para Trakl es refinada y llena de odio contra su propia naturaleza malsana y retorcida. Semejante combinación alcanza un ritmo musical hecho en buena medida de golpes embriagadores y contundentes. Nada está de más, nada falta, y llevados por la cadencia de este justo equilibrio disfrutamos un estilo fiel a la armonía de los contrarios: la belleza de la expresión convive con la conciencia de la angustia.

Hasta aquí este recuento. No es otra cosa, es solo eso. La mirada ensayística está, por ahora, en otra parte.
Roberto Pliego
Escritor y editor. Autor de 101 preguntas para ser culto.
Falto agregar alguna novela de Carlos Fuenyes