El plagio es una transgresión. Su acepción más simple lo describe como la apropiación de algo ajeno que se hace pasar por propio. En la práctica, y a pesar de las múltiples legislaciones al respecto, se trata de un acto no sólo mucho más complejo sino también necesario.
El principio sobre el cual se sostiene la idea de plagio que normalmente nos viene a la cabeza asume que existe un prototipo original y único que es reproducido por una segunda obra; una vil copia, una mera impostora inauténtica que sólo repite lo que ya se dijo.

El primer problema con esta definición surge cuando la idea de originalidad se pone sobre la mesa. ¿Podemos señalar algo enteramente nuevo? ¿Existen las ideas genuinamente únicas, surgidas por generación espontánea? ¿Hay un modelo localizado en un origen mítico del que se derivan el resto de las variaciones? La respuesta es no, y en el supuesto caso de que exista la más remota posibilidad de responder afirmativamente, eso es algo que ni la mitología, la religión o la ciencia han logrado hacer. Desconocemos qué es y en dónde se localiza el origen primero de las cosas. Ahora bien, si se cambia el foco y se cuestiona el problema de la apropiación, el asunto es el mismo. ¿Es posible establecer una distinción clara entre las ideas propias y las ajenas? ¿Se pueden marcar los límites de propiedad entre invenciones? La respuesta, una vez más, es no.
El conflicto radica no en la distinción entre lo que fue realizado primero y su reproducción, sino en la idea de repetición que vincula a estos dos objetos. Cuando plagiamos, se dice, copiamos o repetimos lo que otros han hecho. No obstante, tal cosa es imposible. Walter Benjamin ya lo dijo: aún en la reproducción mecánica más simple, siempre hay algo que falta o que sobra. Una gota de tinta adicional, una variación en la constitución de las piezas, una coma que modifica una oración, y así podríamos seguir ad infinitum.
En el terreno del arte, así como en el de la literatura, no hay algo así como las ideas netamente propias ni originales, sino simples simulacros. Dicho de otra manera, cualquier acto creativo se juega en términos de copias de copias a través de las cuales se lleva a cabo un refinado plagio: la verdadera materia prima con la que trabaja un artista o un escritor es una compleja herencia de experiencias y lecturas inconscientes a través de la cual interpreta la vida. Lo que hace al momento de crear un objeto es poner en circulación, de una manera distinta, esas vivencias que no son, ni enteramente suyas, como tampoco totalmente ajenas. Su aportación, no obstante, radica en la forma en que dialoga con lo que otros han hecho en diferentes contextos, con otras variables e intenciones.
Siguiendo esa lógica, no es una locura decir que la literatura es la historia del plagio. Para muestra un ejemplo: Amor sin barreras de Leonard Bernstein es un plagio de Romeo y Julieta de William Shakespeare y éste, a su vez, es el plagio de Píramo y Tisbe de Ovidio. En el campo de las artes la situación es la misma: las vanguardias artísticas más paradigmáticas son una vuelta de tuerca a expresiones antiguas; son un simulacro actualizado en un escenario distinto donde la reinterpretación es el ingrediente secreto.
Vivimos de y para la creación de un collage infinito donde el reacomodo de las fichas es la pieza clave. Ahí, el verdadero genio es aquel que es capaz, por un lado, de esconder en las entrañas de sus obras los diálogos que mantiene con otros, al tiempo que disfraza su propia herencia —consciente e inconsciente—, como si fuera algo nunca antes visto.
Aceptémoslo entonces, el plagio es cosa de todos los días. Pero esto no es nada nuevo, lo que sí resulta innovador es la afirmación consciente y premeditada de esta noble acción. Una defensa que sólo se puede llevar a cabo si se cumplen una serie de requerimientos. Es necesario dejar de creer que el verdadero protagonista del acto creativo es el sujeto. Lo que importa es la transformación que un objeto logra efectuar con cada interpretación. Es necesario dejar de concebirnos como propietarios de ideas y hacerlo, en cambio, como deudores de herencias infinitas e imposibles de rastrear. Finalmente, proteger el plagio requiere de un compromiso, el de asumir que cualquier actividad creativa no es cerrada, finita ni acabada, sino que deja espacios en blanco abiertos a nuevas transgresiones, nuevas contaminaciones y nuevos plagios.
Una vez aceptados estos requerimientos es posible hablar de una cultura basada en el principio democrático de libre circulación. Una cultura abierta al préstamo de ideas y al intercambio de perspectivas. Una cultura que protege interpretaciones mas no intérpretes; que asume que no estamos solos pero que tampoco somos los únicos creadores del universo. En suma, una cultura dispuesta a transgredir lo que otros ya han transgredido.
*Este texto está elaborado con ideas de otros que, a falta de comillas, se presentan como propias. Sin embargo no lo son, forman una genealogía de lecturas que es imposible rastrear. Es preciso transgredir, es necesario plagiar.
Decir que Amor sin barreras es un plagio de Romeo y Julia es desconocer el sentido técnico de la palabra, y equipara la recreación de un tema con la simple copia. Otro asunto que aquí se confunde es que en muchos casos los alegatos de plagio no se demuestran porque se fundan en una idea equívoca del sentido técnico. Cf. Robert Merton para una sociologìa del plagio.