En Caborca,1 los monólogos se engarzan para hacer públicas las memorias del secuestro de una niña. Es un secuestro con causas claras: a Lila la secuestran porque su padre se niega a ceder sus tierras, logísticamente perfectas para el cartel local. A través de la voz de seis personajes, se despliega la impotencia y los estragos cotidianos de una comunidad sonorense coartada por el narco. Se acepta hasta lo indecible en un pueblo de este país obligado a normalizar la violencia y acostumbrado a clamar indignación para poco después mirar hacia otro lado. A pesar de que las causas del secuestro son claras, en los relatos de los personajes que conocemos se multiplican los matices de cómo y por qué está involucrado cada uno. Más que juzgar, se trata de acompañar a la niña que añora su secundaria, al gatillero que la mata, a la madrina que le cocina, al pozolero que se deshace de ella, al narco que la vigila, al comandante que sabe y lo permite.

Esta puesta en escena, escrita por Paulina Barros Reyes Retana y dirigida por Andrea Salmerón Sanginés, ocupa el sótano del Teatro Carlos Lazo para lograr un manejo magistral del espacio. El espacio continuo y las sillas plegables que entregan al inicio rompen con la frontalidad del teatro a la italiana. Mover la silla plegable obliga al espectador a pensar en cómo negociar con la toma de territorio y hacia dónde va a dar la cara. El sótano se llena de espacios potentes y potenciales. Enmarca y vivifica los fragmentos y sus contradicciones. El espacio amplio cambia continuamente ya que con nuestras sillas acompañamos un recorrido que complementa la narrativa fracturada en varias voces y recrea distintos escenarios para cada personaje. El concreto desnudo, las luces y su ubicación subterránea lo vuelven opresivo; uno se siente vulnerable a cualquier amenaza. El gatillero o el comandante que merodean entre el público generan miedo. La inestabilidad del espacio escénico testifica la permeabilidad a la que está sujeta la vida privada de las personas al vivir con el narco; inmersos en una guerra que no ha disminuido la prevalencia de las drogas, ni minimizado los daños, ni dado golpe contundente a la economía criminal que las rodea.
El acto de decir, de lo que ha sido dicho y las imágenes sensoriales presentes y evocadas se entrelazan para ayudar a que la voz te estremezca. Son monólogos llenos de palabras bien escogidas. Fungen como un recordatorio de que la voz es un acontecimiento muy específico que puede hacer la experiencia del horror legible. La voz alterna el sonido y su ausencia; su significado depende tanto de emitirla como de callar. Casi todos los personajes muestran cómo la desesperación por proteger lo propio, les permite silenciar a gritos su conciencia –eso sí aún pensamos que algo de ella queda. Escucharlos implica confrontar perspectivas cambiantes sobre el bien y el mal. Las consecuencias de las decisiones que tomen serán atroces. En distintos niveles todos operan pensando en que tienen que ganarse la vida de algún modo y proteger a los seres que cada uno quiere, que cada uno concibe como irremplazables. Vivir con el narco disuelve los escrúpulos.
Los monólogos se traslapan y hay muchos momentos de la obra que aprovechan la simultaneidad. La madrina de Lila se acuerda del entusiasmo de la niña mientras en el fondo del escenario ella está iluminada por un halo. Otros traslapes son más impactantes y efectivos: Luciano explica en qué consiste su trabajo, prepara el cuerpo de Lila y prende una olla. Al lado está una mujer que pica hierbas y un ajo, va a utilizar la misma olla para cocinar. La figura de la mujer añade una presencia a lo que este hombre cuenta de su esposa. Los olores cotidianos que percibimos subrayan la ausencia de olores terribles como el de los cuerpos muertos y putrefactos que también son evocados. Los horrores que nos muestran estos personajes cimbran y a su efecto se le añaden las memorias individuales de la muerte. Las palabras y las imágenes se anclan en experiencias generalizadas, como perder a un ser querido, y en algunas más específicas, como saber que en una autopsia debe haber un familiar testigo.
Caborca denuncia la angustia, el desconcierto, el peligro, la incertidumbre y la anestesia moral que vive una comunidad trastocada por el narco a través de experiencias individualizadas. Nos obliga a pensar en los efectos concretos que tiene en el día a día de las personas, en las emociones de cada uno de los involucrados directa e indirectamente, en las posibilidades e imposibilidades de hacer que las cosas cambien. Las voces que se levantan y entrecruzan en la obra nos piden prestar atención y, a partir de lo percibido, reflexionar hasta qué punto vale quedarse en el remordimiento, en el constante callar la conciencia, en vivir en la capital y gozar de una aparente seguridad, en no asumir responsabilidades y echarle la culpa siempre al otro o a las circunstancias.
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Fui a ver Caborca el día que mi papá cumplía diez años de muerto. Temprano en la mañana, pasé un buen rato perdida, tratando de encontrar dónde quedaba su tumba en un panteón enorme al que siempre había ido acompañada. Finalmente llegué a dejar mis girasoles y mirar un nombre. Directo me fui a pasar un par de horas con el abuelo paterno. A intercambiar pausas y sonrisas mientras me contaba sobre Matehuala, Guanajuato, la ciudad de recién llegado, la confianza de su jefe, el seguir vivo a los 93 años. Después caminé por abrazos que llevaba una semana necesitando y extrañando. Llegamos rayando a ver Caborca.
A los pocos minutos de que empezó, sentí un nudo en la garganta. El montaje me impresionó, aunque el final me generó conflictos fuertes. No me convenció el tenue atisbo de esperanza del discurso de la última voz y las imágenes que la complementan. No he podido dejar de pensar en la impotencia de los personajes de la obra, lo fácil que resulta considerar estas problemáticas como ajenas, en quién soy y qué haría de vivir una situación así. ¿Cómo explicar que yo puedo llevarle flores a mi papá y ser querida el resto del día mientras tanta gente desaparece y muere a diario? En mi vida, muchos rituales siguen teniendo sentido, en mi familia y mi comunidad inmediata hay cariño, la gente es buena. Sin embargo, hay tantos lugares en México como es Caborca, en donde éstas y otras cosas han dejado de ser. ¿Cómo explicar que muchas veces algo como Lila nos parezca cotidiano?
1 Se presenta desde el 5 de febrero hasta el 9 de abril de 2016 en el sótano del Teatro Carlos Lazo de la Facultad de Arquitectura de la UNAM. Las funciones son viernes a las 20:00 hrs. y sábados a las 19:00. El 11, 12, 25 y 26 de marzo se suspenden las funciones.