El libro más reciente de la escritora mexicana indaga en la experiencia realista y sin falsas promesas del embarazo. Un ensayo personalísimo que busca las facetas en común y universales de la maternidad a través de un deslumbrante paseo por las artes pictóricas y la literatura.
Desde hace años dudo sobre si quiero o no tener un hijo. Si bien Linea nigra,de Jazmina Barrera, reconoce el envés oscuro del embarazo, leerlo me hizo desear ser madre más que nunca. En lugar de ese mundo edulcorado, de colores pastel, sonrisas chimuelas y beatitud lactante, describe una maternidad compleja, llena de claroscuros. Describe, en resumen, una maternidad real.
Linea nigra es el tercer libro de la ensayista mexicana Jazmina Barrera. Su forma fragmentaria es afín a aquella que la autora exploró en Cuaderno de faros, su segundo libro, pero la mirada de extrañado asombro frente al cuerpo lo hermana con su primera publicación, Cuerpo extraño, ganadora del premio Latin American Voices 2013. Si bien ambos exploran distintas formas en las cuales el cuerpo se rebela frente al pobre poderío de la conciencia y afirma una autonomía sobrecogedora, Linea nigra se ancla en el embarazo, una de las transformaciones más brutales que pueden acontecerle al organismo. Al inicio, en un fragmento que resulta una declaración de principios, la autora afirma: “claro que también hay alegría, muchísima, […]. Pero eso lo veía venir, lo esperaba; la oscuridad no”. Barrera se enfrenta cara a cara con esa oscuridad y habla de ella sin tapujos, con la misma entrega y fascinación con la que reconoce lo que el embarazo tiene de luminoso.
Esa contraparte sombría se analiza, con gracia e ingenio, a partir de ciertas historias de terror clásicas: se compara el embarazo con el planteamiento de “El Horla” de Maupassant, se afirma que “Frankenstein es una historia sobre la creación de la vida, acerca de un hombre que más que jugar a ser dios juega a ser mujer” y que, al fin y al cabo, “el embarazo es una historia de Doppelgänger”. En un momento de escalofriante franqueza, la autora declara: “la leche materna es sangre pasada por un filtro. Sangre que circuló por las venas y luego se convirtió en leche. Lo cuento y casi nadie lo sabe. Pero deben saberlo, todo el mundo debe saberlo”. La escritura de este libro parece responder a esa urgencia, a la necesidad de que incluso lo grotesco del embarazo se conozca. Y, sin embargo, la narración está siempre atravesada por un amor que es más pleno porque existe dentro y a pesar de la oscuridad.
Linea nigra consta de cuatro partes y sigue la experiencia de la autora desde el primer trimestre hasta el final de la lactancia. Durante la primera parte, Barrera integra dos eventos de proporciones planetarias en apariencia ajenos al embarazo: el eclipse y el terremoto del 2017. Al reflexionar en torno a ambos, sin embargo, los vincula con gran destreza al tema central del libro, convirtiéndolos en metáforas extendidas de la gestación. Mientras mira el eclipse de sol reflejado en el agua de un charco, la autora piensa en el ultrasonido de su hijo: “así lo veo a él también: indirectamente, en blanco y negro, lejano […] como el reflejo de un evento astronómico”. Tras relatar con minuciosidad de cronista la traumática experiencia del terremoto del 19 de septiembre, cita a Sarah Manguso: “La maternidad es […] una demolición, una desintegración del ser, después de la cual la forma original desaparece” y concluye: la maternidad es un terremoto.

Ilustración: Gonzalo Tassier
Aunque se coloca en el epicentro telúrico del embarazo, Linea nigra es también una exploración de dos manifestaciones de la creación artística: la escritura y la pintura. Su forma fragmentaria, por ejemplo, no es de una simple decisión estética sino que se convierte en una bitácora de la interrupción; la estructura atomizada en la cual se presentan las ideas parece ser la única posible ante las constantes demandas de la maternidad. A pesar de los innumerables contratiempos domésticos y del escepticismo de quienes la rodean, la autora logra mantenerse firme en su convicción de seguir escribiendo durante el embarazo y la crianza de su hijo. En varios momentos, registra su deseo de explorar un pensamiento pero algún inconveniente práctico le impide anotarlo. Si bien éste se difiere hasta desaparecer, queda registrada la intención de escribirlo y eso no me parece trivial. Acaso la escritura también se parece a observar un eclipse de sol a partir de su humilde reflejo en un charco; es siempre marginal, secundaria, orbita en torno a un tema que se mantiene lejano e intocable. A la vez que una exploración de la escritura, el libro también celebra la obra de la notable pintora Teresa Velázquez, madre de la ensayista, y funciona como un tratado casi ekfrástico de sus cuadros. Al estudiar con profundidad estas dos expresiones artísticas en un libro sobre el embarazo, Barrera parece sugerir que la creación femenina puede tomar muchas formas, no sólo la de la maternidad.
Cada una de las manifestaciones de la creación, sin embargo, está atravesada por la pérdida. Al inicio de “El árbol de nuestra carne”, la última sección del libro, la autora conversa con Rivka Galchen sobre la contraparte de ese lugar común de la maternidad: “es cierto eso de que los bebés te dan un motivo para vivir”, afirma, “[p]ero también son un motivo para no morir”. Esta prohibición de morir tiene un envés trágico pues es imposible obedecerla. Al contrario, Barrera subraya la fragilidad de ese vínculo que nuestra cultura percibe como el más fuerte de todos. En lugar de reforzar el mito de la trascendencia del arte, hace constantes referencias a su fugacidad, pues buena parte de las piezas de su madre quedaron destruidas o dañadas en el terremoto o desaparecieron de forma misteriosa. El afán ekfrástico del libro resulta todavía aún más poderoso y conmovedor dado que varios cuadros que describe han dejado de existir. La ensayista no se escuda en el consuelo fácil de la trascendencia; más bien, rescata el asombro del momento mismo, atravesado siempre por el duelo.
La linea nigra que da título al libro y a su segundo apartado proviene de la marca que atraviesa de forma vertical el abdomen de algunas mujeres embarazadas y que, según ciertas teorías, orienta al recién nacido hacia el pezón. El cuerpo de la madre se ha convertido en un código, un texto legible tan sólo para el bebé.
Más allá de la marca concreta en el abdomen, el término me remite a la pintura y a la caligrafía, es decir, a la escritura. No es casualidad que justo después de que afirme el propósito del libro (“Nadie habla lo suficiente de lo oscuro que puede ser el embarazo”) la autora describa una serie de su madre que explora “el negro y los límites del color”. En un pasaje conmovedor relata cómo su madre le enseñó a ver “el negro dentro del negro” y compara esa oscuridad absorbente con la del útero: “El útero es un espacio exterior interno, un universo contenido”. Pienso en ese negro que no es el del vacío sino el de la unión de todos los colores. Tal vez eso es lo que me sucede cuando intento imaginarme embarazada o con un hijo, imagino un negro que no es el del vacío sino el de una presencia inimaginable, plena pero inimaginable.
La tercera parte del libro, “Algunas noches blancas”, gira en torno a la lactancia. En un momento de lucidez extraordinaria, Barrera nota que la leche actúa, más que como un sustantivo, como un verbo: “En medio del delirio febril pienso que la leche es una acción más que una sustancia. […] La leche es un vínculo. Es como la electricidad o el magnetismo: un tipo de energía que surge de dos seres al estar cerca”. La palabra también es eso, pienso, un vínculo entre la escritora y la lectora que dura lo que dura el libro. En ese sentido es significativo que el libro termina cuando termina la lactancia. En un momento Barrera cita a Ursula K. Le Guin, quien a su vez cita a Cixous: “Tenemos que reescribir el mundo. Escritura blanca, lo llama Cixous, escribir con leche, con leche materna”. Linea nigra se alía a esta forma de escritura que es por naturaleza comunitaria, líquida, que descansa en el diálogo y no en el monólogo. Rescata no aquello que la experiencia de la maternidad tiene de única, sino lo que tiene de común, de universal; en todo momento, la autora reconoce, celebra y conversa con las otras mujeres que han escrito sobre el embarazo.
Pascal Quignard dice que, antes de ver la luz, los fetos sueñan. La autora anota esta reflexión y se pregunta con qué podrían soñar. Leo este fragmento de Linea nigra recostada sobre el césped de un diminuto jardín, a la mitad de la cuarentena, y me quedo pensando en la pregunta. El sol atraviesa el árbol para caer en pedazos sobre el pasto. Pienso que, en la oscuridad espacial del útero, a ojos cerrados y todavía sin conocerla, los fetos sueñan con la luz.

• Jazmina Barrera, Linea nigra, México, Almadía / UANL, 2020, 168 p.
Elisa Díaz Castelo
Poeta y traductora. Su libro Principia (FETA, 2018) ganó el Premio Nacional Alonso Vidal 2017; su siguiente libro El reino de lo no lineal ganó el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2020.