Las viñas de la ir(oní)a en tiempos de Trump

La historia contenida en Las viñas de la ira, novela clásica del Premio Nobel de Literatura de 1962, John Steinbeck, es hoy el retrato puntual del sentimiento antimigratorio en Oklahoma.

La ironía se aparece en todas partes, sin anunciarse. En el condado de Sequoyah, Oklahoma, por ejemplo, donde el demagogo —una auténtica aplanadora— consiguió tres cuartas partes de los votos a la presidencia: una victoria amplia, contundente. La derrota, igualmente rotunda, no fue sólo para la candidata demócrata, sino también para la memoria histórica y literaria. Y es que la capital de Sequoyah no es otra que Sallisaw, ciudad donde se abre el telón de Las viñas de la ira, de John Steinbeck. La novela es el relato en ficción de una de las migraciones internas más crudas y dolorosas de la historia reciente de Estados Unidos. Cuando se piensa la migración en ese país, vienen a la mente imágenes de mexicanos cruzando desiertos o el Río, o buques decimonónicos atiborrados de viajantes, desembarcando en muelles norteamericanos, provenientes de todas partes del mundo. Pero las migraciones en Estados Unidos también se han gestado en territorio propio. Ambos tipos de fenómeno migratorio, el interno y el externo, tienen mucho en común, a pesar de las diferencias obvias. Ahí descansa precisamente la ironía que debe desconcertar a cualquiera: Sallisaw vivió de cerca los sufrimientos de una experiencia migratoria, nítidamente retratados en Las viñas de la ira, y sin embargo no supo resistirse a los arrebatos antimigratorios del entonces (¡dulces recuerdos!) candidato republicano.

migrantes

Las viñas de la ira narra el peregrinaje de la familia Joad ocasionada por la tragedia ecológica conocida como el Dust Bowl en los años treinta. El fenómeno, que asoló estados como Kansas, Texas y, sobre todo Oklahoma, fue resultado de una sequía severa y larga, exacerbada por el mal uso del suelo en años previos; con la tierra árida y seca, el viento levantó nubes de polvo y formó tolvaneras extensas y espesas, e incluso tormentas apocalípticas que cerraban el paso al sol y cancelaban la posibilidad del cultivo. Este cataclismo ecológico redoblaba los estragos económicos y sociales producidos por la Gran Depresión de 1929, y fue agravado a su vez por la avaricia del gran capital, que aprovechó la insolvencia de muchos jornaleros para despojarlos de sus tierras. De las regiones afectadas salieron oleadas de migrantes, como la familia Joad, buscando trabajo y un futuro mejor. Alrededor de 250 mil personas dejaron las zonas afectadas en menos de una década. A California, tierra prometida para los migrantes, llegaron alrededor de 16,000 mil.

El periplo de los Joad transcurre por la autopista 66 (¿casi la 666?), que conecta Sallisaw con California. Viaja la familia en una camioneta destartalada, sin ninguna garantía de éxito, pero con muchas (demasiadas) esperanzas, en el que es sin duda uno de los road trips más desgarradores de la literatura universal. Pero este road trip no es de esparcimiento o autodescubrimiento, como suelen serlo este tipo de viajes, sino de supervivencia. Las esperanzas de los Joad se van quebrando poco a poco conforme se acercan a la costa Oeste. El desgaste físico y emocional se va volviendo intolerable. La muerte, el hambre y la desesperación se van sumando a los tripulantes originales. Y en California la familia no encuentra el paraíso, sino apenas algunas oportunidades para pizcar algodón o recoger duraznos por unos cuantos dólares, los justos para comer. Sí hallan, en cambio, condiciones de explotación, maltrato, y prácticas y personajes que nos recuerdan a las haciendas mexicanas, con sus tiendas de raya y sus capataces. Son los grandes terratenientes quienes ganan con la ola migratoria, que escupe mano de obra barata, casi regalada. También aquí hay reminiscencias de México, esta vez a la condición de sus inmigrantes.

Los clásicos suelen volverse actuales cuando uno menos lo espera. Es el caso de Las viñas de la ira. De entre los temas de la novela de Steinbeck que podrían tener relevancia hoy (las consecuencias de las catástrofes ecológicas; la explotación laboral a los migrantes…) destaco sólo el que pone la guinda de la ironía a la victoria del trumpismo en Oklahoma. Es probable que casi todos los votantes de Trump en ese estado hayan leído en el colegio sobre el éxodo que marcó a su tierra, y que algunos de ellos sean incluso descendientes directos de aquellos migrantes descritos por Steinbeck. Y, sin embargo, la gran mayoría parece haber olvidado (o ha querido olvidar, porque el egoísmo y la falta de empatía son menos culposos con un poco de amnesia) que apenas una generación atrás sus familias, en su migración hacia el Oeste, fueron el blanco del desprecio y la humillación social precisamente por haber salido de su tierra, desposeídos y en busca de trabajo. Como lo cuenta Steinbeck y como consta en los libros de historia, los migrantes de Oklahoma (y por añadidura los de otros estados aledaños) recibieron el epíteto peyorativo de Okies. La policía los acosaba, los propietarios los explotaban, los buenos ciudadanos (personas simples, ellas) los menospreciaban: todos, salvo la administración de Franklin D. Roosevelt, los estigmatizaban. No recibieron casi nunca el apoyo solidario de sus conciudadanos sino escarnio y repudio generalizados: se convirtieron en apestados. Un pasaje de la novela retrata esa hostilidad en contra de los migrantes Okies: “And the men of the towns and of the soft suburban country gathered to defend themselves; and they reassured themselves that they were good and the invaders bad, as a man must do before he fights. They said, These goddamned Okies are dirty and ignorant. They’re degenerate, sexual maniacs. These goddamned Okies are thieves. They’ll steal anything” (capítulo 21). Es irónico que en el horizonte cultural del desprecio americano, los Okies de ayer son los mexicanos de hoy. Los “bad hombres” alguna vez fueron “bad Okies”. Cuando Trump lanzó su ya famosa diatriba en contra de los inmigrantes mexicanos (“they’re bringing drugs, they’re bringing crime, they’re rapist”) estaba abrevando en las aguas de un discurso obsoleto, de genealogía identificable, que ya había sido usado para alimentar el desprecio entre compatriotas: antes los parias eran locales, hoy son extranjeros: chivos expiatorios de importación.

Para concluir, cito a Steinbeck de nuevo: “The local people whipped themselves into a mold of cruelty. Then they formed units, squads, and armed them -armed them with clubs, with gas, with guns. We own the country. We can’t let these Okies get out of hand. […]. The clerk thought, I get fifteen dollars a week. S’pose a goddamn Okie would work for twelve?” (capítulo 21). La reacción del resto del país ante sus migrantes, según es narrada en Las viñas de la ira, es muy parecida a la que manifiesta hoy frente a la inmigración mexicana un lugar como Oklahoma, vanguardia del sentimiento antimigratorio y estado que, en materia migratoria, tal vez sea más trumpista que Trump. Esas son las viñas de la ironía, a unos cuantos días de que el demagogo se apoltrone en el trono cubierto de hojaldre de oro que seguramente ya tiene preparado para la oficina oval.

 

Juan Espíndola Mata
Profesor-investigador del CIDE. Twitter: @espinaymata.

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Publicado en: Ensayo literario