De los dos mexicanos nominados al Óscar, es muy probable que uno se lleve la presea: Emmanuel Lubezki, fotógrafo de El árbol de la vida (The Tree of Life, 2011), de Terrence Malick. El otro, Demián Bichir, la tiene difícil: comparte nominación junto con George Clooney, Jean Dujardin, Gary Oldman y Brad Pitt, actores de larga trayectoria en Hollywood, salvo por el advenedizo y francés protagonista de El artista (The Artist, 2011). Dudo que la Academia reconozca la grandeza de Oldman y podría apostar –aunque soy un pésimo jugador– que la estatuilla será apresada por las manos de Clooney, quien es toda una revelación en Los descendientes (The Descendants, 2011) y la carta más segura de las cinco, aunque Dujardin es, por así decirlo, el comodín y la opción tanto correcta como adecuada, además de que se trata del protegé y la promesa comprobada de los hermanos Weinstein, otrora poderosos productores de la industria, hoy convertidos en consentidos underdogs. Dentro de este panorama, Bichir figura como la opción políticamente correcta, y no necesita llevarse el premio para que la Academia se coloque a sí misma los laureles de la diversidad y la atención al candente tema migratorio, elecciones presidenciales en puerta. Así las cosas, el orgullo nacional podría salvarlo Lubezki, si bien no es el representante de «lo mexicano» como sí lo es Bichir: artista de la luz con una larga carrera en Hollywood, Lubezki está nominado porque es, sin más, un fotógrafo probado y cuyo ojo ya ha iluminado algún par de obras maestras (y ha trabajado con muchos de los votantes). Más allá de los mexicanos y a manera de colofón de esta nota, la Academia tendrá que decidir qué hace con el titán Martin Scorsese y su Hugo: no otorgarles las preseas sería pasar por alto una de las mejores películas filmadas en los últimos tiempos, además de una reivindicación del significado de hacer cine (en oposición a Medianoche en París de Woody Allen, cuya nominación llama a la más llana risa). –David Miklos (@dmiklos)
Comparto su opinión. El árbol de la vida es una película bella visualmente. La historia me parece en sí el universo único del director, pero Lubezki le abre la puerta al público. No creo que hubiese sido valorada sin el trabajo del mexicano.