Escribir una novela en la que el tema central sea el amor es, por decir lo menos, riesgoso. La razón resulta evidente: un altísimo porcentaje de la literatura a lo largo de la historia ha abordado este tema. Tan es así, que hay quienes aseguran que la forma en que nos enamoramos está relacionada con la existencia de las novelas románticas, por decir lo menos.
Sin llegar a esos extremos (que bien podrían tener algo de verdadero), lo cierto es que el amor sin duda es uno de los temas predilectos de la novela. No es gratuito. Por una parte, representa el ideal al que aspiramos, sobre todo, en ciertos periodos de la vida. De ahí que uno busque asirse a la promesa de un enamoramiento contundente, prístino, libre de cualquier sombra. Algo para lo que nos ha preparado la ficción. Pero lo ha hecho a medias porque, por otra parte, el amor va más allá de la idealización. Es un sentimiento complejo, por llamarlo de algún modo. Un acontecimiento que modifica a las partes involucradas para bien o para mal. Y la complejidad es algo que le encanta a la literatura, tanto como la transformación de los personajes, los desencuentros, la pálida sospecha de que las cosas no son lo que parecen.
Lena Andersson (Estocolmo, 1970) decidió hacer su aportación a la temática. Ester Nilson es una poeta y ensayista que, de un día para otro, se descubre seducida por Hugo Rask, un famoso artista visual. Pese a que él es mucho mayor que ella, Ester es capaz de encontrar cada uno de los detalles que le llaman la atención. No es sólo su influjo, por ejemplo, sino también pequeñas sutilezas en el trato, o la manera en que acomoda su saco sobre el respaldo de una silla. Poco a poco, Ester se va enamorando y, más aún, es capaz de hacer profundos análisis en torno a este proceso.

Pronto la relación se estrecha. Ya no sólo son llamadas eventuales o mensajes de texto. Ester comienza a formar parte de la vida de Hugo y esto la entusiasma tanto como la desconcierta. Sobre todo, porque ella tiene una profunda necesidad de descubrir el significado de cada una de las palabras de Hugo, de sus gestos y, por qué no, de sus silencios. Él, por su parte, parece requerir espacio. No quiere comprometerse, está satisfecho con su vida como la vive. Así es como Ester entra en una relación casi adolescente; en donde la duda resulta ser la más constante de las emociones.
Más allá de la historia de amor y desamor, Lena Andersson construyó un personaje complejo. Es capaz de plantear argumentos de la más alta manufactura a la hora de poner a discutir a sus personajes. Si en un primer momento, la atracción podría haber sido física o producto de la admiración, queda claro que el enamoramiento depende, casi por completo, del plano intelectual. Algo que no es muy frecuente en este tipo de historias.
El gran acierto de la autora es, entonces, ser capaz de llevar a la reflexión tanto los sentimientos como las emociones de su protagonista. Y es un acierto porque es justo en el plano de la racionalidad, donde resulta muy sencillo que el lector se identifique. Ya sea con las dudas, con las inquietudes, con los deseos o con las esperanzas de los personajes. A fin de cuentas, la literatura en torno al amor es tan amplia debido a que refleja a todos y cada uno de los lectores posibles. Tanto, que hasta nos permite burlarnos de ciertas situaciones en las que resulta inevitable reconocernos. Y eso no es un asunto menor.
Lena Andersson ha escrito una novela de amor montada en un enorme andamiaje racional. Tal vez por eso no sea tan riesgosa su incursión en el tema más manido de la literatura. Entender al amor es un deseo siempre frustrado. Con Apropiación indebida estamos un pequeño paso más cerca de lograrlo.