Las reivindicaciones del 8 de marzo están atravesadas por cuestiones filosóficas: la necesidad de reconocimiento, el trabajo como un fenómeno vital y social que implica al cuerpo, la maternidad como cuidado del otro, las relaciones estructurales de poder del patriarcado, por nombrar algunas de las más apremiantes. Para este Día Internacional de la Mujer, compartimos un breve y agudo ensayo que subraya y actualiza la importancia de la jornada.
Cuando Marx expone en El capital su (vaga) definición de la explotación a partir de la noción de plustrabajo —esa parte de la jornada laboral que no se remunera y que genera plusvalía—, no toma en cuenta un componente fundamental de la vida del obrero. Para que este perciba un salario, hay generalmente una mujer que se encarga del cuidado de los hijos, de tener la comida lista y de lavar su ropa para que regrese al día siguiente a cumplir con el trabajo. Cuando la filósofa María Pía Lara le preguntó sobre esto a Frederick Neuhouser de la Universidad de Columbia durante su reciente visita a México, él le respondió que la razón por la cual Marx no habla de ellas es porque, para entender el capital, solo interesa el trabajo asalariado.
No obstante, podemos afirmar que ese trabajo no remunerado e ignorado (no solo por Marx) es el que sostiene al capitalismo. Y que quizás, como lo querían Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin en la II Internacional, mediante la reivindicación del trabajo de las mujeres, remunerado o no pero generalmente precarizado por las relaciones estructurales de poder, se podría enarbolar una crítica a las violencias del capitalismo que por lo general se encubren en el discurso de una lógica de mercado, y así irrumpir e interrumpirlas.

Históricamente, el 8 de marzo recupera estas dos dimensiones: la de la lucha de las sufragistas y las sindicalistas de principios del siglo XX que reivindicaban a las mujeres trabajadoras, y el reconocimiento de ese trabajo de cuidado que Marx ignora flagrantemente. La celebración de este día tiene su origen en 1857, con una serie de manifestaciones de trabajadoras textiles en Nueva York que pedían mejores condiciones laborales y exigían derechos. A principios de siglo XX, el movimiento conquistó el derecho al voto para las mujeres. En ese sentido, el 8 de marzo es también un recordatorio de que las mujeres se pueden unir para hacer cambios políticos y tomar la plaza pública; lograr una construcción distinta del espacio público, mostrarse desde la vulnerabilidad de sus cuerpos para indignarse y manifestarse contra las violencias que viven. Esto es importante en un esquema en el que las mujeres han sido confinadas durante siglos al espacio de lo privado, a la casa concretamente. La lucha internacional o transnacional que exigían las mujeres de la II Internacional para reivindicar el papel de las mujeres en la sociedad se revive este año con la convocatoria al paro que asumiremos mujeres en más de cincuenta países.
Las reivindicaciones del 8 de marzo están atravesadas por cuestiones filosóficas: la necesidad de reconocimiento, el trabajo como un fenómeno vital y social que implica al cuerpo, la maternidad como cuidado del otro, las relaciones estructurales de poder del patriarcado, o las violencias y las violaciones que padecen las mujeres de manera constante y que permanecen tan invisibilizadas como su trabajo. En este sentido, es un prejuicio creer que la filosofía se decanta por abstracciones y se aleja de las cuestiones políticas; esto me hace recordar a Hannah Arendt, quien terminó por decir que ella no era filósofa sino teórica política. La filosofía está lejos de ser contraria al activismo, pues permite percibir ciertas violencias que se toman por legítimas o se tornan invisibles para articularlas en un discurso. A pesar de ello, es cierto que en la filosofía las mujeres han estado infrarrepresentadas y que persiste la imagen del filósofo como la de un “hombre inteligente.” Un ejemplo elocuente de que las mujeres y sus experiencias no suelen aparecer en el ámbito es que, a pesar de que Sócrates cuenta en la Apología que la mayéutica como método de la filosofía le viene de su madre partera, el fenómeno de la maternidad como un dar vida al otro en el propio cuerpo ha sido completamente excluido de la reflexión filosófica hasta entre aquellos pensadores que hablan de la alteridad.

Lo que es relevante de la movilización de este año e importante para pensar desde la filosofía, es que hoy será un día de feminismo para el 99%, como lo han proclamado algunas teóricas norteamericanas. Esto quiere decir que la convocatoria no responde a un feminismo hipócrita de mujeres que tienen en casa a otra mujer realizando trabajos del hogar y la labor de cuidado sin derechos laborales, sin jubilación, sin tiempo de ocio. Es una movilización sobre todo para las mujeres pobres, las de bajos salarios, las que hacen trabajos de cuidado no remunerados y esencialmente precarizados: las trabajadoras del hogar y las trabajadoras sexuales. Este año se llama a una movilización que trasciende por mucho los reclamos que le hacíamos a Marx. Será una movilización en contra de la violencia estructural que se apropia del cuerpo de las mujeres. Una movilización, una alianza de cuerpos o cuerpas o cuerpes que salen a la calle para inaugurar espacios políticos.
Miriam Jerade
Doctora en filosofía. Profesora de tiempo completo de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel 1.