Las mejores películas mexicanas que no queríamos ver

La pregunta clave es cómo. No sólo cómo es que alguien de 14 años termina siendo prostituta en Tijuana, o contrabandista de armas en la frontera, o muerto en vida porque el seguro no cubre ciertas medicinas, sino cómo es que los demás vivimos tan tranquilos sabiendo que pasan esas cosas.

ariel

Este 2016, el cine que premia la Academia Mexicana de Artes y Ciencias (¿ciencias?) Cinematográficas es el espejo colocado estratégicamente en ese punto que creíamos ciego.  Podría sonar lógico, o hasta tonto quizás: el cine es eso que no habíamos visto, o no habíamos querido ver, presentado en una pantalla grande. Pero no siempre es el caso. Del otro lado de la frontera norte, donde está claro que no hay problemas políticos, sociales o económicos (jo,jo), los cineastas reconocidos en los Óscares pasados apostaron por mostrar cultivos orgánicos en Marte, una historia de amor irlandesa en Brooklyn o la furia en motoneta de unos rapados desérticos. En suma: nada que confrontara directamente a los espectadores, nada que hubieran preferido mantener en el olvido o la ignorancia. Acá, donde creemos ya haberlo visto todo, las cintas nominadas al Ariel son una terapia de choque a la táctica de ignorancia selectiva que suele ser el mecanismo psicológico más efectivo para mantener la cordura en un país en donde el éxito depende del número de muertos que hubo el mes pasado.

Incluso en las dos películas que en apariencia son las más inofensivas de las cinco nominadas –Gloria (Keller, 2015) y La delgada línea amarilla (García, 2015)–, la apuesta es por lo invisible. La biopic de la regiomontana no se concentra en los momentos estelares en el Auditorio Nacional, sino que introduce la cámara en las conversaciones a puerta cerrada entre la cantante y Sergio Andrade. En La delgada línea amarilla, el foco está puesto en los héroes anónimos que confían en la pintura y en el poder de una raya para preservar la ley en la carretera entre dos pueblos ignotos, en donde tal vez esa sea la única presencia visible del Estado.

En Gloria, la pregunta clave vuelve a la cabeza. No sólo cómo es que alguien accede y forma parte de un clan de explotación laboral y sexual infantil, sino cómo podemos seguir escuchando la canción de la papa sin cátsup y querer cantar el coro en vez de retorcernos de espanto ante el tirano de pelo chino que provocó quién sabe cuántos embarazos no deseados y encerraba a coristas pubertas en el clóset. El sentimiento es parecido al que suscita Amy (Kapadia, 2015), el mejor documental de los Óscares pasados: escuchar la letra de Back to Black después de haber visto la película casi provoca un sentimiento de culpa por haberla cantado en su momento como una canción más y no haber reconocido el llamado suicida de auxilio en ella. Escuchar a Trevi confesar “Dicen que me envuelve el cerebro/con el fin de enredarse en mi cuerpo” es caer en cuenta de que ahí había un mensaje que no captamos.

Sin embargo, Las elegidas (Pablos, 2015), 600 millas (Ripstein, 2015) y Un monstruo de mil cabezas (Plá, 2015), las otras tres contendientes a la mejor película mexicana, son las que devuelven la imagen menos edulcorada, más aterradora y más original del espejo nacional colocado en encuadres clave.

Las elegidas es la historia de una chica de 14 años secuestrada por la familia de su novio y obligada a convertirse en esclava sexual de un proxeneta fronterizo. La trama original, de la autoría de Jorge Volpi y que es, al mismo tiempo, una novela en verso, un libreto de ópera y la idea que inspiró esta película, ocurría entre Tenancingo y California. (De nuevo, ¿cómo entender que todo mundo sepa que ese pueblo tlaxcalteco sea la cuna de la trata sexual mexicana y sin embargo pase nada al respecto?). Volpi contaba que lo que le interesaba del tema era explorar ese mundo de explotación estilo Inception: las mujeres que en México de por sí son sujetos de abuso por un entramado social machista, se convierten en objetos de lucro para hombres que al mismo tiempo las envían a Estados Unidos, en donde los clientes son los campesinos y albañiles indocumentados que a su vez son explotados y discriminados en ese país.

En esa misma condición paradójica se encuentra el cine mexicano. No sólo es producido en un país del tercer mundo, sin el (supuesto) prestigio, ni el (muy real) dinero o la promoción global de lo hecho en Hollywood, sino que ni siquiera los propios mexicanos pueden –porque su exhibición es pírrica– o quieren –porque lo juzgan negativamente de antemano– ir a verlo. Entonces, eso que no queríamos ver queda de facto enterrado.

David Pablos reescribió el guión a partir del argumento de Volpi y centró la historia en Sofía, una adolescente a la que trasladó a Tijuana, donde el horror no es menos grave. Para evitar la crítica fácil –“¿otra película de explotación en México?”– Pablos apuesta por la sensibilidad y el estilo. Cuando Sofía es asaltada sexualmente por cada uno de sus clientes, la cámara muestra sólo el torso desnudo y el rostro mudo de sus explotadores, colocados frente a un fondo blanco en un encuadre casi policiaco. Cuando el chico que la seduce inicialmente con la intención de convertirla en esclava de su familia se arrepiente de su decisión, recibe una golpiza que no se ve en pantalla pero se siente en el estómago. Las elegidas pega fuerte porque los puñetazos son laterales: por donde no estamos acostumbrados a recibirlos.

Lo mismo sucede con 600 millas, la ópera prima de Gabriel Ripstein, que trata el tema del contrabando de armas también en la frontera con Estados Unidos. Una situación que creemos tan normal y cotidiana que sorprendería a pocos, mucho menos a los burócratas en Washington que aprobaron ese operativo de nombre hollywoodesco: Rápido y furioso.

En la película de Ripstein, la opción para darle la vuelta al asunto es acercar la cámara al protagonista –otro adolescente mexicano– a niveles que rozan el voyerismo (¿es esta una tautología cuando se habla de cine?). Vemos a Arnulfo delinearse los ojos frente a un espejo, repitiendo “¿Qué me ves, puto?, ¿Qué me ves, puto?”, hasta aproximarse a su reflejo y darse un beso. Después aparece el agente del Departamento de Justicia estadounidense que, tras un arresto fallido, se convierte en rehén de Arnulfo. Pero, ante la realidad de un padre ausente, el protagonista prefiere ver al agente Harris con otros ojos. De otra manera no se explica que lo lleve a su casa y llegue al extremo de asegurarle a su madre que “él va a ayudarnos”. La intención de Ripstein parece ser demostrar que hasta los mentados “enemigos” de la guerra contra el narco quizá no hacen lo que hacen por malos, sino por razones más complejas que exigen una mirada más atenta, una cámara (o una pluma) adentro de las habitaciones de personajes que otras películas y series se habían contentado con mostrarnos entre cadenas de oro y camisas de escala cromática indomable.

Finalmente, Un monstruo de mil cabezas, adaptación de Rodrigo Plá de la novela homónima de Laura Santullo, es la historia de una mujer que recurre a la heterodoxia cuando fallan los diez pares de copias y el papeleo burocrático. Su marido, víctima de un cáncer agresivo, necesita una medicina que el seguro privado no está dispuesto a proveer. Pilar Bonet primero lo pide por las buenas y espera por horas al doctor que le asignan. Cuando las llamadas no bastan y el doctor dice a su secretaria que no está, para poderse ir a jugar squash, Pilar lo sigue en taxi hasta su casa. Cuando el doctor le dice que no puede hacer nada por su caso, raqueta en mano, Pilar saca un pistola de la bolsa y la apunta contra el médico y su esposa. Aun en esos momentos, la madre armada de la Narvarte pide las cosas por favor.

Ya se sabe que una víctima amordazada lleva a otra, por lo que Pilar se traslada al club de squash, en donde se encuentra con un directivo de la empresa de seguros que le confirma lo que intuíamos: por política, la compañía tiene que rechazar cierto número de casos, incluso cuando todos los requisitos se hayan cumplido y detrás de los formularios esté la vida de alguien. ¿Cómo llegó la familia Bonet a firmar un contrato, a pagarle, cada mes, a una compañía con estándares éticos cavernarios? Antes de firmar el contrato, Pilar sabía que las compañías de seguros son abusivas y medio macabras, pero la comprobación de esas verdades no deja de ser dolorosa, incluso para todos los asegurados en la sala de cine que se indignan y enrabietan con el caso pero no cancelan su póliza llegando a casa.

Y ahí está la respuesta a la pregunta del principio: ¿cómo vivimos sabiendo que estas cosas pasan? Pues porque en un mundo donde algunos creen que libertad es igual a tener de dónde elegir, parece que en México no nos quedara de otra.

Sin embargo, las películas mexicanas nominadas al Ariel este año son una cachetada visual a ese cinismo y nos obligan a replantearnos hasta dónde estamos dispuestos a voltear la mirada ante las cosas que ya sabemos que pasan pero que deberían revolvernos el estómago; hasta qué punto volvemos a sentir que el destino de una adolescente explotada sexualmente en la frontera tiene algo que ver con nosotros; hasta cuándo un problema de sobra conocido se ataca con indignación fresca. Las cinco películas capturan el espíritu de los tiempos nacionales, en el que problemas como la violencia machista, por ejemplo, son viejos, pero la decisión de ponerles un espejo enfrente y confrontarlos es relativamente nueva. En México –como en tantos otros lugares– el terror no está en que escapen los dinosaurios del Parque Jurásico, sino en el andar cotidiano. Las cintas nominadas al Ariel en 2016 nos obligan a volver a la realidad pero para mirarla con otros ojos.

La Academia nacional celebra y reconoce entonces a los cineastas que fueron capaces de emocionarnos con las historias que ya conocíamos. En eso copian a su homóloga estadounidense: la votada como mejor película de ese lado trata sobre una investigación periodística que todo mundo ya había leído desde principios del siglo –enfocada en un tema que todo mundo ya dominaba–, y que aun así provoca algo hoy.

Decía Sócrates que la vida que no se examina no vale la pena ser vivida. El mérito está en que las cinco películas mexicanas nominadas al mayor galardón del cine nacional someten a nuestro presente a una revisión a través de la pregunta más importante que puede hacerse uno: ¿cómo?

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Publicado en: Cine