La literatura y el viaje son pasiones simétricas: un libro puede viajar con nosotros tanto como puede ayudarnos a viajar sin salir de casa. Aquí se reseña una nueva colección de las cartas de una de las grandes viajeras de la literatura inglesa, Mary Shelley, quien a través de un recuento epistolar de sus andanzas por Italia y Alemania nos regala reflexiones tanto políticas como personales y nos recuerda el inefable valor de la palabra vagabunda.
Cuando en los albores del siglo XVI el impresor veneciano Aldo Manuzio comenzó a editar libros en octavo, no solo inauguró el mercado del libro de bolsillo que desencadenaría la industria editorial como la conocemos, sino que le otorgó a la literatura una notable condición andante.
Los relatos tienen un potencial componente de diáspora. Pensemos en los narradores orales, en cómo relataban historias que se replicaban a la luz de la hoguera del tiempo. O en uno de los más remotos contadores de relatos: el viajero, quien desplazaba historias por los confines explorados y su aldea de origen. La literatura tiene incluso sus andanzas incorporadas, como sucede con las personas-libro de Fahrenheit 451, o con las historias que todos conocemos sin haberlas leído jamás. Pero lo que Manuzio hizo fue llevar más allá la migración de las palabras en su formato impreso. Al modificar definitivamente las condiciones de lectura, el impresor fundó una tecnología sorprendente, una doble forma de viajar: con el octavo, el libro ahora podía trasladarse con el lector en su bolsillo; y el lector, entonces, podía viajar con las historias que le relataba su literatura donde fuera que se encontrara.
Con el trabajo de Aldo Manuzio en mente, la casa editora independiente Minerva Editorial publicó este año un hermoso libro de bolsillo ideado para este doble viaje: Andanzas por Alemania e Italia (1842-1843) de Mary W. Shelley, el segundo título de su colección de diarios de viaje Ínsula. Este libro reúne en un solo tomo una selección de las cartas que Shelley escribió cuando viajaba, en calidad de chaperona de su hijo y sus amigos universitarios, por las tierras de Manuzio y aquellas del origen de la imprenta.

La selección de estas cartas fue realizada por su traductor, Alejandro González Ormerod, y resultó una tarea ardua. Para publicar Andanzas se hizo tanto una traducción del inglés al español como una traducción del mensaje de toda la obra epistolar de la autora. Shelley, poco antes de morir, ya había hecho una selección de cartas para su publicación; esta selección constaba de tres tomos. Así que, además de la búsqueda por la voz de Shelley en español, González Ormerod debía perseguir con su curaduría una fidelidad a las cartas ausentes. Las misivas de la autora ilustran distintas dimensiones de su mundo, desde sus inquietudes literarias y sus lecturas hasta su cotidianidad, su sensibilidad, su educación familiar y su trágico pasado. Más que otra cosa, sin embargo, las epístolas de Shelley son un estandarte político disfrazado de diario de viaje. Todo eso debía quedar plasmado en la edición propuesta por Minerva.
Las condiciones originales de publicación de estas cartas son tan excepcionales como su autora. En “Cartas de una chaperona radical”, el prólogo a las Andanzas, la escritora y traductora Tanya Huntington explica que las polémicas motivaciones de Mary Shelley para dar a conocer estos documentos van más allá de ser una “guía pionera” o una “acompañante de viaje”:
La razón de ser de este libro —que resultaría ser el último en la fila de sus obras completas— era tanto política como personal: política, porque opina sobre temas que eran vetados en Italia antes de que se independizara —de hecho, es considerada una de las primeras instancias en que una mujer expresa opiniones radicales dentro de ese rubro—; personal, porque donó el avance entero de sesenta libras a un joven revolucionario exiliado a quien había conocido en París y de quien estaba ostensiblemente enamorada, Ferdinando Gatteschi.
Como bien señala Jorge Carrión en sus andanzas por librerías: “viajamos para descubrir pero también para reconocer. El balance entre ambos da valor al viaje”. Esta tensión entre el descubrimiento y el reconocimiento no falta en las cartas de Shelley, quien constantemente evalúa las costumbres —y los gobiernos, el empleo, los modales, la comida, los precios, la educación, las clases sociales, los títulos nobiliarios, el clima, la moda, las innovaciones de la Revolución Industrial, las políticas y las actitudes— de los ciudadanos de distintos parajes, comparándolos con su originaria Inglaterra para dar a conocer algunos de sus contrapuntos políticos. Sus críticas abarcan desde las incómodas costumbres domésticas alemanas hasta la corrupción y los lujos del gobierno pontificio.
Aunque Shelley es tajante y en muchas ocasiones inclemente en sus juicios, reconoce con humildad que algunos de éstos son limitados. Shelley siempre quiere ir más allá de las fronteras conocidas, tanto en política como en el viaje:
Mientras miro estos gloriosos montes, reviso un mapa de Italia y añoro perderme entre ellos y visitar cada rincón de la Toscana; cada pueblito y escondite remoto, cada uno ilustre por sus asociaciones históricas. Mi sueño es algún día ponerme en marcha hacia estas andanzas y ver los lugares que no pisa el típico turista.

Mapa realizado por Alberto G. Grillasca, © Minerva editorial
Sin olvidar la educación política que le dieron su padre, el filósofo liberal y precursor del anarquismo William Godwin, y su madre, la pionera feminista Mary Wollstonecraft; y sin dejar de lado el manifiesto político en favor de la unificación italiana que busca expresar en estas páginas; escribir sobre el viaje es para Shelley una llamada a ordenar los innumerables estímulos de lo nuevo, de la sorpresa que trae el descubrimiento de nuevas latitudes, del equilibrio entre el asombro y lo conocido. Escribe Shelley:
Un inglés —acostumbrado a ver fortunas gigantescas y lujos bien ordenados sobrepuestos a la escualidez de la penuria, a los trabajos forzados y a la hambruna; dos órdenes opuestos de la sociedad de su país — estaría sorprendido por la aparente facilidad e igualdad que reina en la Toscana, especialmente en Florencia. Por supuesto que existe la pobreza, pero no existe la penuria; hay trabajo, pero también hay descanso — y no, no hay falta de diversiones para los pobres— y, mientras la nobleza por lo general apenas sobrevive a un nivel similar al de las clases medias, los banqueros y extranjeros son los que más ganan en esta sociedad, y ellos, con la excepción de ocasiones infrecuentes y especiales, no lo demuestran de manera ostentosa.
La extranjería que emerge del viaje es un constante jaloneo entre la prescripción de lo propio y la extrañeza de lo ajeno. Por ejemplo, durante su estadía en Venecia, Shelley hace notar que “hay cuantiosas sillas frente a los principales caffès en donde se sientan a conversar. No es bien visto que una dama entre a un caffè, se sorprenden al ver a las mujeres inglesas que lo hacen”. El diario de viaje de Shelley, como otros escritos de viajeras contemporáneas a ella, como Gertrude Bell o Isabelle Eberhardt, pinta un retrato del contraste que existía entre una mujer como ella —rebelde, notable, educada y bien conocida por su sociedad— y otras mujeres de la época.
Los textos de Shelley también nos ofrecen una ventana a lo que implicaba viajar en el siglo XIX desde una posición relativamente acomodada. En ocasiones el lector puede identificar la forma contemporánea de viajar con las peripecias de Shelley. La autora menciona su preocupación porque el dinero le sea suficiente, la costosa renta de carruajes, los inconvenientes del cambio de moneda, las dificultades de conseguir un buen guía de turista, los problemas con las aduanas, las torpezas con el idioma, la pérdida de su pasaporte y las distintas atenciones que tienen sus anfitriones con ella.
De igual manera, las misivas de Shelley hacen referencia a varios momentos fundamentales en la vida de la autora. En más de una ocasión, Mary Shelley señala el dolor que le ocasiona volver a Italia, ya que recuerda la prematura muerte de dos de sus hijos: Clara y William, la primera en Venecia en 1818 y el segundo en Roma en 1819. Asimismo rememora el trágico fallecimiento de su esposo, el poeta Percy Bysshe Shelley, en 1822. Además, durante su paso por Alemania, la escritora se queja de fuertes dolores de cabeza, que trata sumergiéndose en aguas termales llenas de metales pesados. Estos dolores de cabeza resultan síntomas del tumor cerebral que terminaría por matarla nueve años después.
Aunque Andanzas es un libro que oscila entre la intimidad epistolar y el discurso político, Shelley no descuida sus capacidades literarias y sus habilidades para desplegar mundos emocionantes en unos cuantos párrafos. En más de una ocasión relata estimulantes pasajes de la historia de Alemania e Italia, entre ellos el caso de la secta revolucionaria de los Carbonari y la lucha de Andreas Hofer, el héroe tirolés.
En la carta que inaugura el libro, escrita en Francfort en julio de 1842, se lee:
Aunque lo repitan mil veces, los ingleses siempre sentirán esa rara sensación al desembarcar en tierras ajenas, al encontrar extrañamente alterado cada objeto conocido, pero, aun siendo inesperado, también es placentero. Yo tengo un amor apasionado por el viaje, el cual es tanto una labor como un pasatiempo y, en lo personal, creo con firmeza en los beneficios a la salud que resultan de un cambio frecuente de lugar. Además ¿qué puede ser más deleitante que la novedad perpetua? Leemos para acumular pensamientos y conocimientos; viajar es leer un libro escrito por la mano del Creador, imparte una sabiduría más sublime que las palabras impresas del hombre.
Como su autora, que se distinguió por tener una existencia migrante a lo largo de sus 53 años de vida, las epístolas son por naturaleza textos andantes que siempre se dirigen a un más allá del tiempo y del espacio de su escritura. Con este libro, Minerva Editorial, de la mano de Mary Shelley, nos ha entregado un mapa y una carta que nos invita a emprender un viaje en el que lo único que necesitaremos es su afortunado libro aldino.
• Mary W. Shelley, Andanzas por Alemania e Italia (1842-1843), trad. y selección de Alejandro González Ormerod, prólogo de Tanya Huntington, México, Minerva editorial / UANL, 2019, 240 p.
Valeria Villalobos-Guízar
Estudió literatura latinoamericana en la Universidad Iberoamericana y periodismo y literatura argentina en la Universidad de Buenos Aires.