Quizás influyó el hecho de que era 14 de febrero, y muchas parejas encontraron la idea romántica; posiblemente, el principal incentivo haya sido el prestigioso premio; acaso la mayor motivación fue el morbo que los rumores habían alimentado por meses. El punto es que el viernes pasado se estrenó, finalmente, La vida de Adèle y las salas de exhibición se encontraban repletas; encontrar boletos implicó espera, frustración y suerte. Y, sin embargo, quienes sólo buscaban romanticismo y sexo dejaron la sala decepcionados. Porque esta película es mucho más que eso.

Mucho se ha dicho ya sobre La vida de Adèle: Capitulos 1 y 2, quinto largometraje del realizador franco-tunecino Abdellatif Kechiche, y ganadora de la Palma de Oro en la última edición del Festival de Cannes. Que es cine lésbico, que contiene escenas de sexo explícito, que tiene una extenuante duración. Todo estos comentarios son reduccionistas y superficiales. Una descripción algo más atinada, sería decir que el nombre de la película en cuestión no es trivial, no es ninguna elección al azar: nos encontramos frente a la vida de la protagonista. Al principio, realmente no sabemos mucho de la Adèle del título. Sabemos, por ejemplo, que estudia la preparatoria, que vive en Lille y que es una apasionada de la literatura; sabemos que puede ser muy buena o muy mala estudiante, sabemos que escucha reggae. Tendrá acaso 15 o 16 años, ni siquiera eso queda claro.
Sin embargo, no hace falta saber más. A lo largo de tres horas, nos volvemos partícipes de su vida, si bien no en su totalidad, sí de los años que habrán de definir el resto de su existencia. “Siento que finjo todo el tiempo”, dice Adèle, aún en la preparatoria, al salir con un compañero suyo: una pesada tristeza que no puede explicar la sigue, espectral, a donde vaya.
Hasta que, un día, todo cambia al cruzar la calle. Con la llegada de Emma, una joven artista abiertamente gay, Adèle comprenderá la naturaleza de la máscara por la que se siente permanentemente oprimida. Al lado de Emma, Adèle descubrirá no sólo el mundo del amor y el erotismo; del deseo y de la ternura, sino también, el mundo de la madurez —y los dolores y decepciones que éste trae consigo.
Hay muchos aspectos notables, sobresalientes, en la cinta. En primer lugar, que no se trate de un drama sobre “salir del clóset”, que evite el trillado argumento melodramático del conflicto familiar. No se trata, en pocas palabras, de un drama social, de una película estrictamente de género. Es ésta la historia de un amor: de su nacimiento, maduración y muerte. Visto en esa clave, las preferencias sexuales son sólo una dimensión más de sus complejos personajes, construidos con tal honestidad que el espectador no puede más que sentir una profunda empatía por ellos.
Llama la atención, también, la impecable puesta en escena. Su enfoque naturalista nos hace sentir cerca, físicamente, de la historia. La cámara se mueve libre y discretamente por una serie de elegantes elipsis que hacen que el transcurso de los años sea casi imperceptible. Es una película en donde, podría decirse, el tiempo se vuelve líquido.
Y sí: todo lo que se ha dicho es verdad. Las escenas de sexo son explícitas. Y largas. Pero, de la misma manera que resultaría absurdo reducir una vida a un encuentro sexual, sería burdo reducir esta película a 15 minutos de sexo. Resulta más estremecedora la manera en la que las protagonistas se desnudan emocionalmente a lo largo de la historia.
Esta desnudez, esta brutal honestidad y completa vulnerabilidad emocional tiene nombre y apellido: Léa Seydoux y Adèle Exarchopoulos, sin cuyas actuaciones esta película no sería la obra mayor que es. La vida de Adèle alcanza algo que muy pocas películas logran: hacer que el espectador sienta nostalgia apenas al rodar los créditos.
A mi me parece muy buena la peli será que vivi el 85% de la trama en la vida real … y creo a muchas nos pasa