La túnica bicolor
(En el centenario de El Minutero)

Ramón López Velarde murió en 1921. Al cumplirse dos años de su muerte apareció El minutero, libro que alguna vez, poco antes de morir, anunció, pero que no se sabe a ciencia cierta qué textos hubiera contenido ni en qué orden. Aun así, El minutero (es decir, el que sí conocemos) es, en su mezcla de poemas en prosa y ensayos breves, con algo de crónica y de cuento, uno de los libros más intrincadamente bellos del siglo XX mexicano. Hoy, a cien años de aquella primera edición, la UNAM lo reedita en versión facsimilar en la colección Poemas y Ensayos, con el prólogo que Xavier Villaurrutia escribió para una edición que no llegó a publicarse y textos escritos para la ocasión por Carlos Ulises Mata y Luis Vicente de Aguinaga, todo ello coordinado por Fernando Fernández, uno de nuestros principales estudiosos de la obra y la vida del poeta jerezano. El ensayo que aquí se presenta es el que Luis Vicente de Aguinaga hizo para dicha edición conmemorativa.


El minutero es un libro escrito en “el apogeo de las contradicciones”, para decirlo con una fórmula que figura en el segundo de los veintiocho textos que lo conforman: “Dalila”. Cabe decir que la primera, ya que no la más importante de tales contradicciones, es que se trata de un libro que sus lectores conocemos bajo una forma que no fue dispuesta por su propio autor. Este fenómeno, sin embargo, es normal en muchos libros póstumos, y de ninguna manera puede argüirse como rasgo diferencial del volumen.

En sentido estricto, las contradicciones que hacen tan singular el estilo de López Velarde no son tal cosa, sino contraposiciones o antítesis. El minutero es, como se sabe, un libro con una historia editorial casi en todo punto independiente de los designios de su autor. En el texto que vino a ser el primero del volumen, “Obra maestra”, consta la que sin duda era, para el poeta, la culminación o desembocadura de todas las antítesis de su pensamiento: el drama de “la bondad que lucha con el mal”. López Velarde dice, al pie de la letra: “En acatamiento a la bondad que lucha con el mal, quisiera ponerme de rodillas para seguir trazando estos renglones temerarios”. Se diría que, arrodillado, el autor acepta enfrentar las consecuencias últimas de sus percepciones y de sus ideas. “Obra maestra” nos parecería, por ello, un texto menos apto para comenzar un libro que para concluirlo.

Pero en lo anterior no debe verse un obstáculo sino, por el contrario, un incentivo para buscar en El minutero un sentido de conjunto. Otra contraposición expuesta en “Obra maestra” puede indicarnos el camino: si bien la vida merece, para López Velarde, “un solo calificativo: el de formidable”, la vida diaria parece regida por una “ley de mendicidad y de asfixia”. El resquicio abierto entre la vida, entendida como un bien absoluto, y la vida diaria, percibida casi como una condena, es tal vez aquello que va midiendo, minuciosa, la delicada manecilla de los minutos.

Esas contraposiciones o antítesis recorren El minutero hasta la última página. Ésta, titulada “Eva”, es una plegaria. Eva es, para López Velarde, al mismo tiempo la causante del “horror del mundo”, por haber incurrido en el primer pecado, y la “Madre de las víctimas”, por haber padecido la muerte de Abel, su hijo. Su corazón es de fiera y de ave canora, “consanguíneo del de la pantera y del del ruiseñor”. Es el arquetipo de las mujeres que, más que amar, idealizaba el poeta, tan respetuoso como excitado, tan inocente como malicioso, preso entre las puntas de una proposición irresoluble. Más que comprender una realidad que lo atrae, justamente, por enigmática, López Velarde quiere acceder a su misterio sin desactivarlo:

Pon mi desnudez al amparo de la tuya, con el candor aciago con que ceñiste el filial cadáver cruento. Mi amor te circuye con tal estilo que, cuando te sentiste desnuda, en vez de apelar al follaje de la vid, pudieras haber curvado tu brazo por encima de los milenios para pescar mi corazón. Yo te conjuro, a fin de que vengas, desde la intemperie de la expulsión, a agasajar la inocencia de mis ojos con el arquetipo de tu carne.

En muchas de sus páginas, El minutero es un breviario de amor cortés que hace de la seducción un camino con dos direcciones: la del acercamiento por atracción y la del alejamiento por temor. En el segundo párrafo de “Fresnos y álamos” confiesa: “Mi vida es una sorda batalla entre el criterio pesimista y la gracia de Eva”. En ese mismo registro, en “Lo soez”, hace alusión a “cuantos [le] han censurado no tener otro tema que el femenino”, y admite que tales críticos tienen razón: “Pero es que nada puedo entender ni sentir sino a través de la mujer”. Esto, que no parecería otra cosa que una galantería, un piropo hiperbólico, en realidad es la expresión de un miedo profundo: aterrado por la omnipresencia de la muerte, López Velarde se aferra por partes iguales al “furor de gozar” (fórmula que se puede leer en dos prosas distintas, “Obra maestra” y “La flor punitiva”) y a la esperanza en la resurrección. En cuanto a esta última, téngase presente que las mujeres encarnan, para López Velarde, una especie milagrosa de “salud rebosante que ordena las ruinas en el mismo orden en que fueron edificadas”. Ambos caminos, el de la suspensión del instante y el de la reanudación de la vida tras la muerte, pasan a través de lo femenino, ideal abstracto y materia concreta que motiva la intensa devoción del poeta.

Las presencias femeninas que aparecen de principio a fin (Dalila, Eva, el coro de mujeres de una iglesia, incluso aquella Matilde que “era alta como una buena intención, glacial como los éteres, blanca como un celaje de plenilunio y fértil como un naranjo”, las damas casi mitológicas que acompañaron a Saturnino Herrán en su agonía, “diaconisas de la eterna clemencia”, la Patria misma y las “obedientes amigas corporales” de “bautismo incierto”1 de varios textos, entre otras) están en relación desigual con el poeta, humillándolo, superándolo, deslumbrándolo, atrayéndolo fatalmente para condenarlo, al fin, a empequeñecerse frente a ellas. Dalila, encarnada por la contralto Gabriella Besanzoni en la ópera de Saint-Saëns, le parece al poeta “benigna y brusca, fanatizada e impía, celeste y zoológica”: ama y señora de la contradicción, es dulce y destructiva, y gobierna el destino de las almas pese a que su propio espíritu es ingobernable. La voz de Dalila, en este sentido, es afín a la voz de la Patria en otro texto, “Novedad de la Patria”, en cuyos párrafos “el momento arcano de la dominación femenina por la voz” nos pone, como mexicanos, ante “las contradicciones mismas” de lo que López Velarde consideraba nuestro carácter: “gracejo y solemnidad, heroísmo y apatía, desenfado y pulcritud”.

Como se ha dicho, “Novedad de la Patria” es la exposición en prosa de las ideas e intuiciones que vertebran el poema en verso más conocido de su autor: “La suave Patria”. Esta relación entre dos momentos bien diferenciados (uno en prosa, otro en verso; ensayístico el primero, lírico el segundo) acaso ilustra lo que López Velarde llama “el sistema arterial del vocabulario”, una constelación de reiteraciones y coincidencias de la que participan otros textos reunidos en El minutero. Así, el texto en prosa “En el solar” se liga con “El retorno maléfico” (recogido en Zozobra, de 1919), y “Mi pecado”, también en prosa, debe leerse, como sugieren los especialistas, junto a “No me condenes” (también de Zozobra).

Abundan también las referencias a los Evangelios, a la historia sagrada y humana, y a escritores como Anatole France, Vasconcelos, Herrera y Reissig, Montaigne, Bécquer, Barbey d’Aurevilly, Verhaeren, Maeterlinck o Chesterton. En otros puntos alude a poetas cuyos nombres no menciona. Se trata de Rubén Darío (en “La última flecha”), Manuel Carpio (en “La necedad de Zinganol”) y José Juan Tablada (en “Caro data vermibus”), quienes pasan por El minutero como sombras apenas reconocibles.

En otros momentos, El minutero se comunica consigo mismo. “El cofrade de San Miguel”, “Oración fúnebre” y “Las santas mujeres”, aunque separados en el índice, son textos unidos por su tema, que no es otro que la relación de López Velarde con Saturnino Herrán; “Viernes Santo” forma un pequeño subconjunto con “Semana Mayor”; “En el solar”, “Fresnos y álamos” y “Meditación en la Alameda” conforman un ciclo relacionado con Jerez, pueblo natal del poeta. Sin duda en “Fresnos y álamos” están algunas de las frases más bellas de toda la obra de López Velarde:

Llevo dentro de mí la rancia soberbia de aquella casa de altos de mi pueblo —esquina de las calles de la Parroquia y del Espejo— que se conserva deshabitada y cerrada desde tiempo inmemorial y que guarda su arreglo interior como lo tenía en el momento de fallecer el ama. No se ha tocado ni una silla, ni un candelabro, ni la imagen de ningún santo. La cama en que expiró la antigua señora se halla deshecha aún. Yo soy como esa casa. Pero he abierto una de mis ventanas para que entre por ella el caudal hirviente del sol. Y la lumbre sensual quema mi desamparo, y la sonrisa cálida del astro incendia las sábanas mortuorias, y el rayo fiel calienta la intimidad de mi ruina.

Si bien escrito en la capital del país, como toda la obra de madurez de su autor, El minutero es un libro particularmente jerezano. En torno a la evocación del pueblo natal se congregan los principales temas del volumen: la devoción por lo femenino y el miedo a la reproducción; el dilema sexual entre fecundidad y esterilidad; el pavor que inspira el gusano que devora la carne de los cadáveres bajo tierra. “La ciudad jerezana me tienta con un mixto halago de fósil y de miniatura”, escribe López Velarde. Juguete y vestigio paleontológico, Jerez le promete al hijo pródigo un viaje a la infancia. En ese momento el poeta considera que su vida pasa por “el instante ideal: el que separa la vigencia de la decrepitud”. Ni adolescente ni anciano, juzga la vida desde su “arrogancia” de hombre adulto, nostálgico de los tiempos idos y consciente del hechizo agridulce del tiempo que vendrá, siempre bajo la protección espiritual y sensual de las mujeres:

El apetito de poseer lo universal bríndase a la arrogancia de mi cuarta década sintetizado en la más vibrante, incoherente y suave de las creaturas, en la creatura que enajenada nos llama reyes o nenes, según haya amanecido frenética o lánguida.

Frente a los horrores del tiempo en que vive —recuérdese que los años de López Velarde fueron los de la revolución e, inmediatamente después, los de la epidemia de influenza de 1918—, el jerezano se sabe condenado a morir a la vez que consagrado al deseo: “Quedaré sepultado y todas las mujeres de mi pueblo se sentirán un poco viudas”. Pese a los “instantes deliciosos” de la vida, elige no extenderla con la procreación: “Vale más la vida estéril que prolongar la corrupción más allá de nosotros”. Unas cuantas palabras le bastan, pues, para encontrar su propio equilibrio en “el vértigo equidistante de la cuna y la fosa”. Páginas adelante, otro equilibrio se manifiesta en el tiempo, pero no ya en el tiempo de la duración de la vida y la inminencia de la muerte, sino en el tiempo cíclico del año solar: “Noviembre, equidistante del deseo y del temor…”, leemos en el texto titulado, precisamente, “Noviembre”. Se trata de predicados casi gemelos: “equidistante de la cuna y la fosa”, “equidistante del deseo y del temor”. Las temporadas del año y los llamados ritmos estacionales respaldan, a decir verdad, una posible lectura del conjunto.

El minutero podría leerse como un calendario si el orden de los textos (dispuesto no por López Velarde sino, con toda seguridad, por el editor póstumo del volumen, Enrique Fernández Ledesma) no fuera una confusión de meses, fechas y estaciones. No hay razón, por ejemplo, para que “Semana Mayor” y “Viernes Santo” estén separados en la secuencia de lectura. No hay razón, tampoco, para que “Noviembre” aparezca justo antes que “Oración fúnebre”, texto en cuya segunda oración leemos: “En este mes de octubre…” Tampoco es del todo normal que “Nochebuena” y “La última flecha” (texto, este último, referido a la noche del 31 de diciembre) no aparezcan juntos, el segundo después del primero. El minutero representa por sí solo un problema filológico de dispositio. Buena parte de su sentido general en tanto libro se obtiene al descubrir el orden en que podrían leerse sus páginas, no al acatar el orden en que fueron barajadas en la imprenta.

En este sentido, si se lee como una simple acumulación de textos, El minutero no supone ningún problema de lectura secuencial. Pero en cuanto se repara en la importancia del título general del volumen, que López Velarde sí eligió, la dispositio se convierte casi en el conflicto central del conjunto. En atención al tema del tiempo, explícito en un título como El minutero, el volumen parece requerir un orden de lectura distinto del que conocemos.

También es dirimida en El minutero la cuestión de la naturaleza del arte, cerebral para unos, corporal o pasional para López Velarde. Al presentar el “retrato moral” de Saturnino Herrán, el jerezano asegura que su amigo se hallaba, como pintor, “libre de los despeñaderos cerebrales que algunos han pretendido cavar en las grutas de la belleza”. Para el autor de la “Oración fúnebre”, la pura inteligencia es estéril: “sólo la pasión es fecunda”. De ahí que la filosofía estética de Vasconcelos le inspire, por decir lo menos, incredulidad. El mero conocimiento le recuerda los olores desagradables “de una descomposición cerebral”. El poeta no puede sino repudiar la filosofía para reconocer y aceptar en cambio el “don de lo concreto” y la “magia de dentro y de fuera”.

Dicho de otra manera, El minutero es un libro de plenitud. El momento en que, sin ser aún viejo, el individuo ya no es del todo joven, supone para López Velarde un mirador con vistas complementarias hacia el placer y hacia la muerte. El género literario del volumen es eso mismo: un lugar, un espacio. Explico mis razones. Los textos que forman El minutero nos hacen pensar ya en crónicas, ya en cuentos, ya en ensayos, ya en columnas periodísticas o artículos de opinión, pero en todos brillan la imaginación y el vocabulario de la poesía lírica, con la intensidad que le resulta particular. Como en el Gaspard de la Nuit de Bertrand o en El spleen de París de Baudelaire, libros fronterizos por definición, a un paso del cuento, de la crónica y del ensayo, el poema en prosa es, en El minutero, el crisol que hace posible la mezcla de todo lo anterior: el espacio del encuentro entre los géneros.

Es también en la “Oración fúnebre” donde López Velarde manifiesta un curioso deseo de hablar “envuelto en una túnica bicolor, azafrán y verde, emblemática de frenesí y de gravedad”. ¿Habrá tomado la idea de vestir semejante prenda de alguna tradición religiosa o sapiencial? No es fácil determinarlo, pero si es fácil entender el significado que buscaba darle a esa túnica de dos colores. La túnica bicolor significa la convivencia de las aspiraciones trascendentes con la pasión sensual. Con sus palabras intenta, según dice, alentarnos a enarbolar simultáneamente “nuestros apetitos mundanos y nuestros anhelos elíseos” admitiendo la “simultaneidad sagrada y diabólica del universo”. En ese propósito se concentran los impulsos más conmovedores de su palabra.

 

Luis Vicente de Aguinaga
Poeta, ensayista y profesor universitario


1 Hasta la fecha, en las ediciones de la obra de López Velarde se ha leído “bautizo” en donde claramente, si nos remitimos al manuscrito de “José de Arimatea”, debería leerse “bautismo”.

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Publicado en: Ciudad de libros

Un comentario en “La túnica bicolor
(En el centenario de El Minutero)

  1. Magnifica descripcion de la obra de Lopez Velarde de la mano de un extraordinario escritor. Un saludo al Dr De Aguinaga, quien me ha motivado a leer a Lopez Velarde.

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