En esta reseña de una exposición del pintor mexicano Rodrigo Echeverría, la autora reflexiona sobre la relación entre el espacio absoluto de la concepción religiosa del mundo y el espacio relativo de la modernidad capitalista, encontrando en los cuadros del artista una yuxtaposición de actitudes divergentes.
Si uno sigue los ojos de los personajes que habitan los cuadros de "Coro mudo de nube y charco" —la exposición del pintor Rodrigo Echeverría que colgará en la galería Daniela Elbahara (Huichapan 1-1, Hipódromo) hasta el 3 de abril—, uno descubre un hilo conductor que liga a toda la oferta: la visión como una representación de distintas actitudes frente al espacio.
El artista destaca la importancia de la visión empezando con "Testigo de la humanidad en luz eléctrica," en el cual dos amantes se miran fijamente (quizás con demasiada intensidad), con la conexión de sus miradas representada por conos de luz azul. Desde el lado izquierdo, un perro pequeño mira la escena, mordiendo la mano de uno de los amantes.
Testigo de la humanidad bajo la luz eléctrica. Oleo sobre madera. 122 cm x 122 cm.
En los otros cuadros en los que aparecen las figuras de los amantes, estos ya no se miran. Al menos no con ambos ojos. En un efecto que hace pensar en el cubismo, las miradas se dividen. En "Testigo de la humanidad en el atardecer," por ejemplo, uno de los amantes parece prepararse para ejecutar al otro, pero no lo mira. Su mirada se dirige hacia al perro que aparece al lado del lienzo, bañado en luz amarilla, con un pescado en la boca. Sentado tranquilamente, el animal observa el amor, el desamor y la violencia de las personas.
Más adelante, en "Testigo de la humanidad en la noche," los amantes se pelean y se acarician al mismo tiempo, mientras que el perro los mira con una expresión de anhelo. El amante femenino mira a su pareja con el ojo derecho, pero dirige el izquierdo al perro. Mientras tanto, el amante masculino tiene un ojo con expresión asustada y el otro redondo e iluminado como la luna llena. Los testigos, entonces, no son sólo los animales —mortales, efímeros y neutrales— sino también la luna y el sol: testigos cósmicos.
Oler la flor, escuchar el color. Óleo sobre lienzo 100 cm x 120 cm.
Estos ojos a la vez ciegos y lunares reaparecen en los cuadros "Último Suspiro" y "Oler a flor, pensar su color". En el primer cuadro, la luna reemplaza al ojo izquierdo de la figura, convirtiéndose a la vez en su órgano de visión —contemplándolo desde el interior— y en su testigo —contemplándolo desde afuera—. En el segundo cuadro, el único ojo de la figura aparece completamente negro, como se tratara de un ojo ciego o estuviera dirigido hacia dentro. En lugar del otro ojo aparece el hueso frontal del cráneo de la figura, haciendo pensar en una cuadrícula cartesiana. Este gesto remite a "Testigo de la humanidad en luz eléctrica," donde la cabeza del amante de arriba aparece completamente cuadriculada.
El sociólogo francés Henri Lefebvre habla de la apropiación del espacio "absoluto" por parte del espacio "relativo". El primero de estos espacios era la concepción del espacio en un mundo ordenado por la religión. Se conformaba de un antagonismo entre lo lleno y lo vacío: o uno estaba en "la plenitud invisible" de los espacios hechos por el hombre —la nave de una catedral, la plaza central de un pueblo— o en el vacío del mundo natural. Gradualmente, dice Lefebvre, el pensamiento epistemológico moderno —de la mano del capitalismo— se apropia del espacio absoluto, convirtiéndolo en un "espacio abstracto".
El espacio abstracto existe en relación con su tiempo histórico y su economía. En lugar del vacío de la naturaleza, ahora hay espacios para la acumulación descrita por Marx: acumulación de conocimiento, tecnología y dinero. Sin embargo, según Lefebvre, el espacio absoluto no desapareció del todo con el auge del espacio abstracto. Sobrevivió como el trasfondo de la historia y por lo tanto puede ser recuperado.
¿Cómo se relacionan estas ideas con los ojos de los cuadros de Echeverría? En los cuadros de la sala central de la galería, las cuadrículas cartesianas dentro de la cabeza del amante se ven reemplazadas por paisajes. En "Tomando el sol", descubrimos a una figura dentro de un par de huellas en la arena. En "Flagelación dentro del paisaje", un cuerpo desmembrado reúne dentro de sí varias vistas del campo: una presa, un desierto, una iglesia, una luna visible durante el día. Mientras tanto, "Marina oaxaqueña," un paisaje sin figuras, recuerda al espectador que todos llevamos paisajes dentro de nosotros.
Aunque pueda parecer que estos fragmentos personales de la naturaleza pertenecen al espacio relativo —pues no pretenden encapsular al universo entero—, lo cierto es que, si uno logra pensar y sentir desde los ritmos de la eternidad del calendario litúrgico, es posible encontrar el absoluto en cualquier parte del mundo. Y la trayectoria de los cuadros de Echeverría, yendo de la cuadrícula y la violencia a la naturaleza y la paz, recupera este absoluto.
Todo esto —tanto el hilo conductor de los ojos como el espacio absoluto de los paisajes internos— nos lleva al cuadro más grande y poderoso de la muestra: "Repartidor Nocturno". Aunque el cuadro confronta la mirada del visitante desde la entrada de la exposición, uno no puede empezar el recorrido con él. Para apreciar el lienzo es necesario tejer primero un camino a través de los conceptos expresados en los otros cuadros.
Repartidor Nocturno. 2021. Óleo sobre lienzo. 120 cm x 160 cm.
La figura del repartidor nocturno aparece sumida en la oscuridad, como los retratos de Rembrandt. Se inclina hacia adelante mientras camina. Su forma parece la túnica de un sabio, con puntos de luz y color que parecen resaltar un sentido de santidad. El punto de luz al centro del cuadro —que parece a la vez una vela y la pantalla de un celular donde el repartidor busca instrucciones de Google Maps— ilumina el rostro de la figura, revelando un par de ojos pintados con realismo. En el brazo izquierdo del repartidor vemos un paisaje campestre en el que el sol se sume en un atardecer. Aunque el repartidor vive atrapado en la precariedad del espacio relativo del capitalismo neoliberal, siempre consigo el espacio absoluto. Es esta yuxtaposición de lo absoluto y lo relativo que le da a la figura su afecto sobrenatural. Se trata de una persona que no ha olvidado el absoluto, sino que lo anhela incluso mientras vive suspendido en la relatividad.
Es desde este lugar —el de los espacios superpuestos— que Echeverría pinta.
Caroline Tracey
Doctorante en el Departamento de Geografía en la Universidad de California, Berkeley, donde se enfoca en el estudio de la frontera entre México y Estados Unidos.


