En la costa este de Estados Unidos, entre las ciudades de Philadelphia y Washington D. C., se encuentra Baltimore, la ciudad más grande de Maryland y una de las más antiguas del país. Antiguamente, gracias a su puerto marítimo, se llevaba a cabo el intercambio comercial entre dos continentes, además, el puerto interior era una de las entradas naturales de los inmigrantes que escapando de su miseria buscaban nuevas oportunidades. En la actualidad el puerto es el centro donde se reúnen locales y visitantes a observar a los artistas callejeros que toman las calles.
A diez minutos del embarcadero se encuentra Falls Point, una pequeña comunidad basada en la industria naval. En este sitio los negocios de los alrededores han sido restaurados y se han convertido en boutiques, galerías de arte, restaurantes y bares. De entre los últimos destaca por su historia el ubicado en el 1626 de la Thames Street, el cual lleva como nombre The horse you came in on. Abierto diariamente desde las 11:00 a.m., “The horse”, como es conocido entre los parroquianos, recuerda en su publicidad que fue fundado en 1775. Este lugar presume de ser el salón más antiguo de Baltimore y de existir antes, durante y después de la prohibición del alcohol. Pero no es de lo único que presume. Su propietaria, Vickey Mathias, cuenta en una entrevista para la BBC que éste fue el último lugar donde se vio al escritor Edgar Allan Poe antes de su misteriosa muerte.
A decir de sus biógrafos, Poe, previamente embriagado, había sido presa de un “secuestro político”, práctica usual en la época de elecciones en la que los partidos en pugna hacían votar repetidas veces a pobres diablos —y a quienes emborrachaban anticipadamente para, ya sedados, aguantar el viacrucis electoral. Así, después de una larguísima jornada de comicios, el autor del poema “El cuervo” terminó metido en aquella taberna rodeado por pillastres y golfos.
Y es que durante la primera mitad del siglo XIX no podía ser de otra manera: Baltimore era una especie de pueblo salvaje y, el puerto, el lugar donde viajantes, esclavos fugitivos, inmigrantes europeos pobres, drogadictos, prostitutas, ladronzuelos y borrachines se reunían para algo más que matar el ocio.
Perdido durante días, ahogado en alcohol y láudano, probablemente asaltado, golpeado y abandonado, Poe es encontrado el 3 de octubre de 1849 en las calles de Baltimore. Delirante, preso de la angustia y con ropas que no eran la suyas, es llevado por su amigo James E. Snodgrass al Washington College Hospital, sitio en el que, después de alucinar terriblemente durante cinco días, muere la madrugada del 7 de octubre a la edad de 40 años.
La leyenda es conocida. Poe, el productor de miedos primitivos tendía su sombra eternamente; los estados anormales y patológicos de sus personajes ya no sólo darían paso a su denostación y a su crítica, sino que le asegurarían su lugar en la memoria de un mundo en el que los asesinatos, la anormalidad, lo irrazonable y el terror, construyen a diario la pesadilla de las sociedades actuales.
Las atmósferas opresivas de sus obras son en buena parte reflejo de una vida llena de privaciones (Poe vivió de la caridad desde los dos años, después de la muerte de su madre) de las que no logra sobreponerse, pero sí paliarlas con su escritura: rodeado de miseria y vicios escribe cuentos para mantenerse, pues resultan más vendibles que los poemas. De paso, transforma ese género tradicional para convertirlo en una especialidad moderna; como si se tratase del mismo autor, el cuento comienza a ser despojado de su materia: el creador de “El gato negro” suprime descripciones inútiles, diálogos superfluos, moralejas, juicios de autor y, en su lugar, propone la unidad de efecto.
Ya cómplices, la escritura de Poe y su vida se solazan: rodeados de vicios e incomprensión, se internan en la locura, ebrios, avanzan con fascinación entre los callejones oscuros conjurando el regreso de mujeres muertas, arrancadas por la tuberculosis de los brazos de “Eddie”, que enajenado, halla en los límites de la vida y la muerte la razón de vivir escribiendo.
Poe busca la destrucción de su cuerpo en cada uno de los lugares donde vive: Virginia, Philadelphia, Baltimore y Nueva York fueron testigos de la hipersensibilidad al alcohol que el autor de “Berenice” se permitía con suma regularidad. Se cuenta que bastaba con una copa de ron para que perdiera totalmente la cabeza y que lograba recuperarse sólo después de varios días.
Se sabe incluso que el día que consiguió una cita con el presidente John Tyler buscando que éste apoyara la salida de una nueva revista que el mismo Poe dirigiría, llegó intoxicado. La cita se canceló y la publicación, tan anhelada por el escritor estadounidense, nunca vio la luz.

Viviendo al límite, en 1848, un año después de la muerte de su esposa-prima Virginia, Allan Poe intenta suicidarse con láudano; sin embargo, a través del vómito logra salvarse la vida.
Buen recitador, “El cuervo”, como le gritaban en las calles, soltó antes de morir sus últimas palabras, las cuales parecen salidas de uno de los personajes de sus historias: “Que Dios se apiade de mi alma”.
Sus restos, irónicamente, fueron trasladados de un cementerio a otro en 1875. En la actualidad su tumba se encuentra en el Westminster Hall, en Baltimore, rodeada por algunos curiosos y admiradores fieles.
Poe no sólo dejó una influencia perentoria en la literatura universal, prueba de ello es el amplísimo y decisivo legado que influyó a artistas tan disímbolos como Baudelaire, Mallarmé, Oscar Wilde, R. L. Stevenson, Borges, Cortázar, Ray Bradbury, Stephen King; cantantes de la talla de Bob Dylan o Lou Reed; y grupos como Queen, Radio Futura, Black Rebel Motorcycle Club o White Stripes, sea componiendo canciones o álbumes enteros a partir de las lecturas de Poe. Por si fuera poco, como fenómeno cultural ha tenido un fuerte impacto en el cine, la televisión, el cómic, la animación, el teatro, las artes plásticas, el diseño, la moda y la música.
Su obra, incluso, ha seducido a obsesivos coleccionistas que en subastas han llegado a desembolsar, sólo por sus cartas, cantidades que van desde los 80 hasta los 240, 000 dólares —en contraste, por la publicación del poema “El cuervo” en el año de 1845, Allan Poe recibió tan sólo 14 dólares. Montos que, además de hiperbólicos, son una ironía si consideramos que Poe vivió gran parte de su vida en la enfermedad, el hambre y la desgracia.
Las creaciones de Edgar Allan Poe, no obstante, escapan de la ficción, de las representaciones de cualquier artista o de la voracidad de vendedores: asesinos, dementes, neuróticos y muertos inundan a diario las calles, extendiendo las sombras del terror y la locura sobre perturbadas ciudades que hacen del miedo un inquilino incómodo. Así, desde este sombrío escenario, Allan Poe nos recuerda que lo irracional y lo anómalo habitan en lo hondo de nuestra mirada, aguardando agazapados la menor provocación.
Héctor Ríos González
Escritor. Editor en Emergencia! Narrativas Inestables. Docente de literatura en IEMS.
Muy buen perfil. Felicidades
¡Excelente texto! Felicidades. Gracias.
Extraordinario. Muchísimas gracias. Se queda conmigo ( creo que para siempre)el nombre del local en la Thames Street:»El caballo en que viniste». Felicidades, amigo Ríos González.