La queja y la organización política

A finales de 2014, la Fundación Jumex inauguró su museo en Plaza Carso con una pieza de Damián Ortega expuesta en la terraza de la entrada titulada Cosmogonía doméstica. La escultura consiste en cinco círculos concéntricos; al centro se ancló una mesa alrededor de la cual flotaban como astros, sillas, platos, vasos, cubiertos y enseres afines. Los objetos se ofrecían a la vista como si hubieran cobrado vida de forma parecida a las Silly Symphonies de Walt Disney. Lo íntimo de lo doméstico animaba la plaza de un espacio corporativo abierta al público, y por eso no se puede resistir leer la escultura de Ortega como un comentario irónico sobre el confuso borrón de los límites entre lo público y lo privado que representaba el museo recién inaugurado.

Si bien la escultura de Ortega recuerda al papel que cobra un plato de sopa al interior doméstico en el cine de Jean-Luc Godard, Cosmogonía, como alegoría del espacio íntimo y familiar, exhibe un espacio privado en un espacio público cuyo anfitrión es una institución privada. La escultura pone en relieve la redistribución –o la confusión, la reconversión– de lo público y lo privado en la era neoliberal. Algunas de las preguntas que pareciera plantear la pieza son: ¿cómo se relaciona el individuo con las corporaciones que hacen públicos sus bienes privados? Ante la reconfiguración derivada de la incipiente privatización y comercialización masiva del subsidio, estudio, difusión y exhibición de la cultura en México ¿somos huéspedes, clientes, consumidores o ciudadanos? ¿qué papel adquieren las corporaciones y el sector privado que ponen en el espacio público sus bienes? Finalmente, ¿qué ocurre cuando el Estado ofrece assets o los comunes al sector privado para explotarlos? ¿Cómo quedan representados los intereses políticos de los individuos? ¿Cómo desvincularlos de la vida privada para hacerlos públicos?

 

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Damián Ortega, Cosmogonía doméstica limpiada por una empleada del Museo Jumex.

Nuestra realidad actual es el resultado de cuarenta años de reformas neoliberales que derivaron en privatizaciones, competitividad sin precedentes en el ámbito laboral, desigualdad masiva, empobrecimiento generalizado, y guerras civiles y globales. En paralelo, vemos decaer las posibilidades de organización política autónoma – a excepción de áreas rurales que luchan de forma fragmentada por la auto-organización y contra megaproyectos que amenazan sus formas de vida. Mientras que la privatización de lo público ha traído desorden en las formas de politización, la mayoría de los esfuerzos colectivos están enfocados en luchas vacuas por “mejorar las democracias” con la libertad de expresión como su instrumento principal. Con la circulación de opiniones, denuncias, reclamos de resarcimiento y restitución, además de una sucesión interminable de destapes de escándalos (de la vida y obra de los) políticos –ningún CEO es figura pública–, la libertad de expresión, como un derecho concedido a los ciudadanos por la democracia, se ejerce actualmente en una esfera pública digitalizada y con nuevas dinámicas.

El concepto de esfera pública fue teorizado por Jürgen Habermas en 1962, quien la estableció como un espacio de participación en el espacio entre el Estado y la esfera privada. La esfera pública se inicia en el siglo XIX en salones, clubs literarios  y sociales y en la prensa para hacer públicos los intereses personales, económicos o sociales en relación a las políticas de Estado. La esfera pública delineada por Habermas (Öffentlichkeit) implicó el uso público de la razón que cuestiona, evalúa y critica la política y al Estado, derivando en opiniones públicas y organizaciones cívicas. Con la amplia difusión de la prensa, radio y televisión, a lo largo del siglo XX ésta se trasladó a los medios de comunicación de masas. Según la izquierda occidental, una vez que se lograra cierto alfabetismo audiovisual para deconstruir los mensaje hegemónicos encriptados en los medios masivos y que se rompiera su unilateralidad –es decir, se lograra que el receptor tuviera una vía directa de retroalimentación sobre la información que recibe y la posibilidad de producir contra-información­­–, los medios de comunicación podrían servir como herramienta de emancipación en tanto son un canal para visibilizar la injusticia, darle voz a los desposeídos, comunicar la indignación, informar sobre procesos corruptos, etc. En ese sentido, el internet venía a cumplir la utopía del potencial emancipador de los medios de comunicación de masas y de la esfera pública como su terreno. Hoy, gracias a departamentos universitarios de comunicaciones y estudios culturales, hemos aprendido a leer la ideología hegemónica encriptada en los medios. Y el internet aumentó las posibilidades de participación del colectivo en la nueva esfera pública: una esfera pública ideal descrita como horizontal por inclusiva y por que facilita la participación.

El traslado de esta esfera al internet en general, y a las redes sociales en particular causó sin embargo, la mutación de esta esfera. En cierto sentido, el límite entre la esfera pública como aquel lugar en el que las oposiciones y corrientes ideológicas diferentes ponen a debate sus argumentos y el de la esfera y sus intereses privados, se ha hecho difuso. En un medio en el que la información saturada de opinión fluye sin límites, el paradigma de comunicación cambia, como también las posibilidades de establecer posiciones antagónicas, e incluso las posibilidades que la esfera pública tradicional ofrecía para la organización política.

Hoy en día, estamos inmersos en los medios sociales y nuestros deseos e intereses son guiados por opiniones y puntos de vista representados en nuestro círculo social inmediato. La esfera pública digital ha sido invadida por la auto-expresión de intereses y ordalías personales. El individuo como ente presencial parece haber dejado de existir y su ideología ahora está representada en códigos hechos visibles con pixeles de formatos homogéneos, convirtiendo al internet en sí mismo en la nueva ideología hegemónica de la supuesta horizontalidad. Esto se debe a que los medios sociales enlazan medios masivos de comunicación, cultura e identidad traduciéndose en performances de indignación, género, estilo de vida, valores éticos y emprendeduriales, de autoayuda y de DIY. En este contexto, no estamos acostumbrados a articular nuestras propias ideas, por lo que exhibimos representaciones de lo que pensamos en opiniones, juicios y críticas muchas veces de alguien más. Creamos conocimiento adoptando referentes, por lo que la información se confunde con conocimiento. A su vez, las opiniones hegemónicas son creadas o contrarrestadas por ejércitos de publirrelacionistas y bots, los nuevos guerreros que modulan y moldean la opinión pública de acuerdo a los intereses de corporaciones, el Estado y entes privadospolíticos, celebrities. Posteriormente, la interacción en las redes trasciende definitivamente su ámbito virtual para manifestarse en la realidad. Pero ¿de qué manera? y ¿qué es lo que está en juego aquí en términos de politización?

Hay que tomar en cuenta las mutaciones en la esfera pública tradicional bajo la luz de la privatización de lo público y la apertura al público de lo privado. O más bien, la confusión entre lo que es público y privado que ha dado lugar a debates tales como el del concierto privado que dio el cantante popular Manuel Mijares en Bellas Artes, severamente criticado porque implicó la apertura de un recinto cultural público a una figura comercial para un evento privado. Alegaciones en contra declaraban que el artista no estaba a la altura de otras figuras populares que han actuado en ese recinto; que el prestigio de las instituciones está a la renta del mejor postor. Y, sin embargo, casi nadie plantea como problema público la concesión y privatización de los comunes mediante megaproyectos de extracción de minerales y energía natural a lo largo y ancho del país o las concesiones de explotación de infraestructura pública. En un contexto en el que se desdibujan los bordes entre lo público y lo privado, lo gestionado o explotado por el Estado, por las corporaciones o el sector privado, ¿cómo podemos entender la participación, tanto individual como colectiva, en las nuevas formas que ha tomado la esfera pública y su relación con las redes sociales?

Recientemente, la productora cultural basada en Querétaro, Margarita Magdaleno, publicó una denuncia de discriminación en contra del citado Museo Jumex, haciendo un llamado a “corregir y sancionar el abuso y discriminación a las personas con discapacidad”. El origen de la queja surge cuando los vigilantes del museo le impidieron entrar en su silla de ruedas a la sala del primer piso del museo, el cual albergaba parte de la exposición de los artistas suizos Peter Fischli y David Weiss. Por como describe el incidente en el texto, Magdaleno insistió en entrar y el asunto escaló hasta que, con “gritos y amenazas”, los vigilantes del museo le pidieron que se saliera. “Soy gente de museos y sé cómo hay que tratar al público y a las obras”, explica Magdaleno en tono acusatorio en un texto publicado en emeequis. A partir de este suceso, la productora cultural pidió a la institución que tomara responsabilidad por las acciones de sus empleados y reparara el daño que le hicieron, ya que “en los museos de todo el mundo, el discapacitado tiene atenciones muy especiales”. Para Magdaleno, la resolución del problema estaría en modificar la museografía pues se dijo que los aparatos especiales –como su silla de ruedas – amenazaban la integridad de la obra expuesta.

La denuncia de Magdaleno recuerda al reclamo que hizo el año pasado Tania Puente, exempleada del Museo de Arte Moderno, que también circuló una carta en las redes sociales quejándose de una injusticia. El suyo fue un caso de agresión sexual por parte de un trabajador del MAM. En una carta dirigida a la artista visual Lorena Wolffer, acusó a la administración y a los directivos por el mal manejo de su caso pues, nos dice, se limitaron a pedirle al personal masculino que trataran con más respeto a las mujeres. La injuria se incrementó al despedir a Puente. La afectada decidió exponer su caso  en el contexto de la exposición de la “artivista” Lorena Wolffer, quien inauguraba en el MAM un archivo de testimonios de mujeres violentadas reflejando la labor que lleva haciendo con ellas durante años. En la carta, Puente acusó a Wolffer de no haberla apoyado y orientado en su ordalía,  la tachó de incoherente por trabajar con mujeres violentadas y por no haber confrontado con ella al MAM por el abuso que sufrió. La carta de Puente tiene un dejo de chantaje a Wolffer, a quien le exige visibilidad y apoyo para resarcir su daño: “¿Por qué fue así de irrelevante lo que me sucedió? ¿Bajo qué norma o criterio el valor de mi persona no tuvo el peso suficiente para que se hiciera algo al respecto?” Mientras que el museo se lavó las manos ante la situación de Puente, iluminando un juego perverso de jerarquías de poder que opera en las instituciones públicas mexicanas (el agresor estaba sindicalizado y Puente no), Wolffer la invitó a compartir su testimonio en la instalación –cosa que Puente rechazó porque la consideró un gesto insuficiente para comenzar a resarcir su daño.

Lo que me interesa de ambos casos –sin dejar de tomar en cuenta que lo que está en juego en las cartas es un agravio a la dignidad de las denunciantes –, es que son expresiones sintomáticas de las mutaciones en la esfera pública. La denuncia de Magdaleno reclama responsabilidad a una institución privada como si tuviera que rendir cuentas a los consumidores/huéspedes como se espera de una institución pública.  Magdaleno ¿demanda como consumidor, cuentahabiente, cliente o ciudadano preocupado? ¿De qué manera compete a la vida pública una demanda del tipo? Por su parte, el reclamo de Puente se dirigió a una institución pública que sí tiene que rendir cuentas a los ciudadanos por estar subsidiada con fondos públicos; sin embargo, una vez que la despidieron del museo, el suceso se redujo a un incidente laboral, no a una cuestión institucional. Al final de su carta, su reclamo se dirige a Wolffer: Puente confunde a la persona pública con su ser privado. ¿Por qué recurrió a Wolffer y no al CONAPRED, organismo fundado para investigar y dictaminar en casos de discriminación y abuso?

Ante estas  confusiones, surge la pregunta de qué tipo de espacio puede darle lugar a la agencia política. Sobre todo cuando el “otro” ha dejado de ser un conciudadano con el que puedo ser solidario,  para convertirse, ya sea, o en un extraño a quien temo porque me amenaza, o que se figura ante mí como víctima que exige visibilidad y restitución. La forma de aparición del “otro” como víctima como en el caso de Puente y Magdaleno, responde a la tendencia de multiplicación de expresiones individuales de queja que hace que los lazos que pudieran existir en el seno de las masas o del pueblo, caigan en decadencia al grito de “mi queja es políticoa”. Es decir, el eslogan sesentero que fue la consigna de movimientos como el feminista y los basados en la lucha por igualdad de derechos: “Lo personal es político”, sustituye a “lo personal” por “mi queja”. Y en la era de la esfera pública digitalizada y de la confusión entre lo público y privado, lo que se busca politizar es “mi victimización”.

Al colocar las experiencias personales de abuso y denigración como res publica, lo que entra en juego no es sólo un cambio del significado de lo privado, sino también de la privacidad. Al poner a la intimidad, la expresión abierta de emociones, quejas y daños personales en el dominio público en aras de la acción política, se confunde la vida pública con la privacidad (aunque vuelvo a hacer notar que las instancias de prepotencia, impunidad, denigración y abuso son condenables en cualquiera de sus formas y magnitudes). Esto se debe a que las quejas son dirigidas por el “yo”, y por lo tanto, las interacciones en la esfera pública digital (o “infoesfera”) están determinadas por el ensimismamiento, poniendo a la auto-expresión en la base de las relaciones sociales, en detrimento del interés común.

¿Qué está en juego? Cuando la personalidad y la privacidad se convierten en el motor de la lucha política, al buscar visibilizar su queja se genera obsesión con las personas en particular a expensas de relaciones sociales más impersonales, lo que le quita inteligibilidad a la sociedad como tal, que es la base de las relaciones solidarias que guían a la organización política. Los actos de auto-exhibición en el espacio público trasladado a las redes sociales generan comunidades en las que los “yoes” se relacionan como entes individualizados y no como entes políticos o potencialmente politizados. Esto es consecuencia de que en el capitalismo comunicativo vivimos bajo el mandato de cultivar la individualidad: a todos se nos dice que somos únicos y se nos impulsa a cultivar este ser único. Aprendemos a disfrutar de la diferencia y nos enfocamos en procesos de auto-individuación para establecer que “nadie es como yo”, enfocado en “¿cómo me afecta a mí esto o aquello?” en vez de preguntarnos ¿cómo nos afectan las estructuras (clasistas, racistas, elitistas) de las instituciones como colectivo, como trabajadores, como país a corto, largo y mediano plazo?

 

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Jeff Wall, Outburst (1989).

Esta situación se refleja en cambios específicos en el comportamiento público manifestados en las redes sociales: ignoramos los temas impersonales o que no me atañen personalmente. Por ejemplo, que los ejidatarios de Ocampo, en Coahuila, hayan perdido frente a la minera canadiense First Majestic, a la cual demandaron por hacer uso ilegal de sus tierras y contaminarlas, nos parece algo lejano y remoto. En este contexto, cuando se presentan temas íntimos y personales en la esfera digital, su viralización tiende a ser en proporción directa a las pasiones que logran levantar. Esta viralización erosiona la vida pública y causa el devenir irrelevante de la esfera pública.

Siguiendo a Franco Berardi, la aplicación Pokemon Go es una manifestación extrema de este fenómeno, pues representa el escape de sectores privilegiados de la población de la barbarie contemporánea a comunidades de simulación. De este modo, comunidades enteras migran a estos espacios. El caso de la “personalización de los intereses políticos a través de las redes sociales”, refleja un deseo colectivo de validarse como actor social a través de cualidades y experiencias personales. En el espacio público digital, transmitir, compartir y likear, se convierten en sustitutos de denuncia y en gestos para canalizar la indignación. Podríamos decir que la ambigüedad de la frontera entre lo público-privado en las instituciones y sus funciones y responsabilidades es paralela a la ambigüedad de la auto-expresión de problemas u opiniones personales y movilización política, convirtiendo a la queja individual en res publica. Hay que tomar en cuenta también que los eventos y denuncias que circulan en las redes –que son virtuales, pero que no dejan de tener injerencia en la vida real– tienen, tanto la capacidad de provocar linchamientos masivos, como de caer inmediatamente en la irrelevancia y el olvido.  En cierta manera, el deseo de autovalidación a través de la exhibición de la privacidad, aunado a la expresión de opiniones no críticas, no en aras del bien común, sino para tener la razón, son la nueva moralina. ¿Cómo sacudir a la gente de su ensimismamiento?

 

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Guy Debord, portada de La sociedad del espectáculo (1969) y foto del Mobile World Congress en febrero de este año.

Independientemente de la visibilidad que adquirieron en las redes, si bien ni el MAM ni Jumex respondieron a las acusaciones de Puente y de Magdaleno, hay otras instancias en las que las consecuencias de injurias perpetuadas y denunciadas en la esfera pública digital son inmediatas. Ejemplo de esto es la renuncia del cineasta Nicolás Alvarado como director de TV UNAM, que fue consecuencia de la viralización condenatoria de su artículo en el que expresaba desdén intelectualista a la figura de Juan Gabriel. El artículo de Alvarado desató una protesta pidiendo su renuncia a TV UNAM vehiculada por la plataforma change.org. Alvarado renunció de inmediato y el CONAPRED dictaminó medidas precautorias porque Alvarado había atacado la dignidad de las personas sexualmente diversas. En este caso,  la opinión personal de Alvarado fue ampliamente condenada en el espacio público, ya que su franca libre expresión “homofóbica” causó una ola masiva de intolerancia –o más bien, ‘buleo colectivo’, como lo planteó Jesús Silva Herzog– por considerarse asquerosa y snob. De nuevo se confunden las fronteras entre lo privado y lo público: la opinión personal de Alvarado lo obligó a dar cuentas como funcionario público. Hago aquí una pregunta retórica: ¿Tiene un funcionario público “derecho” a la opinión personal socializada en medios? Hay que tomar en cuenta que las declaraciones personales de Alvarado tienen un eco en la incorrección política de declaraciones públicas de personajes como Benjamin Netanyahu, Donald Trump u otros políticos de derecha en Europa. Podemos considerar a este fenómeno como síntoma de la regresión en nuestro espacio público: acusaciones e ideas confinadas a un mundo oscuro de obscenidades racistas expresadas a puertas cerradas, se están convirtiendo en el discurso oficial. Pero mientras una movilización en internet pudo destituir a Alvarado de su puesto, ¿cómo destituimos a Peña Nieto, Netanyahu o impedimos que Trump llegue al poder?

Los casos mencionados ponen en evidencia que la nueva forma de manufacturar el consenso es dando la apariencia de la libre expresión, brindando una forma de politización que tiene como objetivo principal la mera visibilidad. Ante ello, vemos surgir la paradoja del aislamiento visible: mientras más nos ensimismamos, menos capacidad tenemos de participar socialmente; el dominio público se vacía de significado y la gente se vuelca a la privacidad para fabricarlo. Obliterando por completo la colectividad, el movimiento que establece al individuo como la unidad primaria del capitalismo, es la oscilación entre sentimiento privado y la exhibición pública, haciendo que la política se base en la experiencia personal y en lo que me diferencia de los otros. Reforzando la dinámica de individuación, la política se hace “a (la) medida del cliente” ya que el capitalismo parece decirnos: “mírate desde una posición de intereses dados y haz lo que quieras”. Y ya que la política se ejerce a medida de cada quien, organizaciones como el Frente Nacional de la Familia luchan por políticas retrógradas e intolerantes contra las modificaciones en la Constitución y Código Civil para reconocer las uniones del mismo sexo alegando que son “golpe letal a las familias mexicanas” y “muestra de autoritarismo desmedido”. Vemos cómo se ha transformado la política en la proliferación de posiciones individuales excluyendo la posibilidad de un proyecto en común. De esta forma, la oposición a las instituciones y la condena moral a las figuras públicas resulta en la incapacidad de articular alternativas realistas, proyectos utópicos significativos. La consecuencia son estallidos incoherentes de quejas moralinas. Esta forma de denunciar se traduce en la auto-presentación de la pureza moral personalizada; el Frente Nacional de la Familia, los detractores de Alvarado, Puente y Magdaleno, se preocupan más por tener la razón que por cambiar las cosas.

En el fondo, participar políticamente en el espacio de las redes es una nueva manera de interpasividad: mientras que mi avatar protesta políticamente en las redes, yo participo en formas de opresión, misoginia, clasismo. En este contexto, los hipócritas más grandes son los que defienden a la señora que visitó el Jumex en silla de ruedas, a Tania Puente y que justifican la renuncia de Nicolás Alvarado, porque saben perfectamente que en las instituciones tanto públicas como privadas imperan la desigualdad, la agresión de género, la homofobia y la misoginia, junto con la impunidad, el nepotismo y el clasismo. Por su parte, las voces de las víctimas ponen en evidencia la necesidad de tantos de criticar la corrupción de las instituciones, su intolerancia y la falta de atención al público en el único terreno en que lastimeramente pueden hacerlo: las redes.

 

Fuentes consultadas:

• Franco Berardi Bifo, Skqizo-Mails (Los Angeles/Berlin, Errant Bodies Press, 2012).

• Franco Berardi Bifo, “The Summer of Pokemon-Go” September 12, 2016 disponible en red: http://bit.ly/2eCnAU1.

• Jodi Dean, Crowds and Party (London and New York: Verso, 2016).

• Geert Lovink, “On the Social Media Ideology” e-flux journal September 2016, disponible en red: http://bit.ly/2e5ial2.

• Richard Senett, The Fall of Public Man (London: W.W. Norton & Company, 1992).

• Jesús Silva Herzog Márquez, “Ecos de una diatriba” Reforma, 7 de septiembre de 2016 disponible en red: http://bit.ly/2dZ6Fbm.

• Slavoj Zizek, La nueva lucha de clases: Los refugiados y el terror (México: Anagrama, 2016).

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Publicado en: Ensayo literario