La prisión de los libros

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En abril de 2011 fui invitado a dar un plática sobre mi trabajo literario a la Maison d’arrêt de Luynes, en el sur de Francia, desde donde se me había solicitado el envío de un ejemplar de mi primera novela, publicada en España, para que se quedara en el espacio que la prisión tenía reservada a los libros para consulta y préstamo interno.

El régimen de Maison d’arrêt es un sistema carcelario donde permanecen detenidas personas en espera de ser juzgadas; condenados en espera de ser trasladados a la prisión que les corresponde según la pena; y personas cuya sentencia ha sido menor a un año de prisión. Por sus características, el sistema es bastante severo y limitante en aspectos como la comunicación con el exterior a fin de que justo los prisioneros en espera de pena no puedan ejercer presión alguna a posibles testigos. Como cualquier cárcel, entrar allí, aunque sea al lugar reservado como mini biblioteca, resulta imponente; sin embargo, los libros en sí dan al lugar un aura de convivialidad extraña que apacigua la sensación de temor.

La bibliotecaria, una chica amable y comprometida con su trabajo, me comentó que un detenido de origen latinoamericano había leído mi novela y se había identificado con ella; no obstante, por alguna razón, no había podido asistir al encuentro de aquel día. Pensar que un libro propio había tocado la fibra sensible de un sujeto encarcelado fue casi una especie de revelación que le dio sentido no solo al libro, sino al hecho de escribir. A partir de aquel momento mi novela se quedaría ahí, para siempre, y quizá algún otro prisionero que buscara entre los anaqueles, lector de español, se toparía con ella en el futuro y abriría sus páginas. La lectura, de alguna manera, libera; la imaginación, como lo consigue Darrell Standing, el fabuloso personaje de Jack London de El vagabundo de las estrellas, es la mejor arma para salvarse.

Cuento lo anterior porque recientemente el ministro de justicia inglés, Chris Grayling, ha censurado, promulgando con una ley que entró en vigor el primero de noviembre del año pasado, el obsequio y tránsito de libros dentro de las prisiones de Inglaterra. Si un detenido quiere acceder a un libro debe comprarlo con sus propias ganancias obtenidas en la prisión, 12 libras a la semana, en promedio –según un ex convicto del sistema penitenciario inglés­–, dinero con el que hace frente, también, a las necesidades básicas de sustento: comida, ropa, utensilios personales: pasta de dientes y cepillo, por ejemplo.

La cárcel, ha juzgado el ministro con un sarcasmo desmedido propia de la ignorancia conservadora, no es un lugar donde uno esté esperando una novela de Jane Austen; tan no es así, en efecto, que miembros del partido laboral han dicho que la lamentable decisión del ministro no hará sino retroceder aún más en los niveles educativos de los prisioneros, quienes, argumenta el partido de oposición, tienen en promedio la edad lectora de un niño de 11 años.

Con su decisión, el ministro conservador ha dejado claro que las prisiones inglesas lo último que buscan es convertir la lectura en una fuente de educación para una futura reinserción. Debate aparte, claro está, es si los libros pueden considerarse un artículo de lujo o, como algunos autores declaran –con una especie de falsa convicción–, inútiles para la educación. En cualquier caso, si un prisionero, por ejemplo, está interesado en ballenas, no podrá recibir como obsequio ningún libro ni revista que hable de ellas. Incluso para aquellos detenidos que estén cursando estudios, estará prohibido recibir libros para proseguir con su formación. Quizá el ministro ha leído muy poco y muy mal a Jane Austen, si lo ha hecho, pero está claro que para él, evitar la lectura, se debe imponer como un castigo suplementario a quienes han cometido algún delito. Eso, sin duda alguna, no evitará que se reduzca la tasa de homicidios; no imagino a ningún asesino que deje de serlo pensando en la condena: no leer.

La decisión ha levantado críticas dentro de la comunidad intelectual británica, particularmente la literaria, incluidos autores como Salman Rushdie, Ian McEwan, Ian Rankin y Irvine Welsh, entre cientos otros; el propio jefe de prisiones inglés, Nick Hardwick, ha dado a entender que los ministros no comprenden nada ni tienen la menor sensibilidad de un mundo que les es ajeno.

Pensar que la prisión no se basta a sí misma y requiere de castigos adicionales parece una idea de la Edad Media. Recuerdo que al salir de la prisión de Luynes, en medio del campo provenzal, me detuve a observar una escultura de Peter Ball en homenaje a los hombres detenidos; un hombre, con el puño sobre su mentón y la mirada ausente, un hombre cuyo único acceso al exterior puede ser, es, la lectura, que en Inglaterra comienza a estar prohibida.

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Publicado en: Ciudad de libros

5 comentarios en “La prisión de los libros

  1. Pues claro, tío. Acuérdate de tu amigo Foucault. En Discipliner et Punir explicaba que en la Edad Media se ejercía el castigo corporal y, directamente la tortura, con el propósito de asustar al pueblo y quitarle las ganas de hacerse delincuente. Luego llegó la bondad universal y el castigo desapareció dando lugar al control higiénico de las costumbres. Horarios, aseo, rutinas y gimnasia… El último grado de eso que llaman reinsertar, qué ironía, se ha hecho patente en este caso tan alucinante que comentas y que yo no conocía. ¿Qué le importa al sistema que un preso latinoamericano te lea a ti? Si acaso, eso de pensar es disruptivo y contraproducente. Lo que resulta higiénico para un preso es aprender a trabajar. No a leer. ¿Qué te creías, que la cultura inserta a la gente? No querido. Reinserta la disciplina del trabajo. Y más si es trabajo esclavo a doce libras la semana. Más bien sospecho que el delincuente puede ser más culto y más libre mentalmente que el disciplinado oficinista. Dicho en plan haiku, que siempre gusta tanto: Te reinsertas cuando te insertan por detrás la obligación de trabajar, sin pensar nada. ¿Y sabes qué es esto? Otro de los esterteros de un sistema económico muerto. A ver si me desbloqueo y saco mi maldito libro, donde lo cuento más despacio. Pero te felicito por este trabajo.

  2. Supongo que Juan Manuel habla de su libro La Vida Frágil de Annette Blanche, libro que tenemos autografíado por él y que leímos con sumo agrado. Es interesante la historia de la prisión francesa y aberrante lo que narra sobre el Ministro de Justicia inglés. Uno no pensaría que esto pudiera ocurrir en un país tan avanzado como Inglaterra.

  3. Soy un hombre libre encarcelado por un pasado que el último libro de Juan Manuel, Alguien se lo tiene que decir, me lo recordó. Gracias a la lectura de ese bello libro regrese a mi prisión interior a liberar un momento de mi vida.
    Gracias Juan Manuel por tu bella obra y liberar a los presos emocionales, quienes podemos pagar peores condenas al estafar a nuestro pasado.

  4. Juan Manuel, no he tenido la fortuna de leer tu libro… aún. Pero el texto trae a mi mente la escena de una película en donde, al estar acomodando la donación de libros que una prisión recibe para crear su biblioteca, un prisionero le pregunta a otro en dónde acomodar El conde de Montecristo, a lo que aquel responde algo parecido a “En la sección de educación”. Cabría preguntarse ¿qué leyó el Chapo Guzmán para evadirse de Puente Grande?; o ¿qué lecturas realizó Raúl Salinas, en qué libros se instruyeron La Quina y Díaz Serrano para poder salir de preisión?, y ¿cuáles serán las fichas de préstamo que llenó Mario Ruiz Masseu antes de evadirse para siempre (según nos dicen)?. Y con verdadera incógnita me pregunto entonces: ¿qué está leyendo la Maestra?. ¿Sabías que René Bejarano escribía poseía en su celda?. También me asalta la duda de la literatura consultada por los hijos de Martha, o ¿cuáles son los autores favoritos de Napoléon Gómez Urrutia?; y los de todos aquellos que deberían estar pidiendo libros para consultarlos en sus celdas. En fin, quizá la pregunta que no conocerá respuesta es: ¿por qué tenemos un Presidente que no lee?. Te abrazo como siemrpe querido.

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