
Leslie Jamison,
El clóset de la ginebra,
traducción de Isabel Vericat,
México, Sexto Piso, 2013, 310 pp.
La trama sabe sencilla: dos mujeres, Tilly y Stella, tía y sobrina, que no se conocen hasta que muere Lucy, madre y abuela, respectivamente, deciden emprender una suerte de rescate ontológico; tal vez no mutuo, pero sí compartido: resignificar un mundo (familiar, social o laboral, no importa) del que ellas mismas se han escindido. Ambas cargan consigo escoriaciones acumuladas a lo largo de sus vidas: alcohol y anorexia encabezando la lista, de nuevo, respectivamente, pero que pretenden por lo menos atemperar en compañía de Abe, hijo casi perfecto de Tilly. Aun así, la historia se va desdoblando casi perpetuamente: ésta es de esas novelas que sacan más y más acontecimientos cuando parece que todo llegó ya a un precipicio del que no se puede caer más todavía.
En El clóset de la ginebra,poesía y realidad ordinaria se combinan para dar paso a una prosa que cala y seduce al mismo tiempo. En Jamison encontramos una crudeza y un desasosiego tan bien construidos que, además de perturbar, enamoran. Jamison encuentra los resquicios y entresijos de la experiencia humana, para ahí clavar la palabra exacta. El clóset de la ginebra es una novela que poetiza el mundo, musicaliza lo cotidiano. En manos de Jamison, el desasosiego sabe melodioso y la angustia viene acompañada de arco y lira. La novela gotea chorritos de verdades escalofriantes endulzadas con un vino que, pasado el trago dulce, rápidamente intoxica y marea.
Además, El clóset de la ginebra es una oda a la mirada, y no sólo de la novelista. Más allá de la narrativa, Jamison logra mostrar sus habilidades para explorar el mundo con una mirada afiladísima, a la que no hay detalle que se le escape. El ojo de la novelista disecciona el mundo no para retratarlo, sino para adornarlo, reescribirlo, replantearlo; una vez hecho esto, logra que esa poesía revuelva el estómago de la existencia misma. Y en estas formas de mirar, El clóset de la ginebra se antoja como una expedición casi espeleológica al dolor de la mirada humana—aunque específicamente de la femenina—que intercala y entremezcla la perspectiva y descripciones de las dos narradoras, Tilly y Stella, articuladas por la maestría de quien escribe desde lejos: Jamison.
Hay un alarido de dolor que resuena y retumba a lo largo de la obra de Emily Dickinson, comprimido en uno de sus poemitos más famosos de 1862:
Pain—has an Element of Blank—
It cannot recollect
When it begun—or if there were
A time when it was not—
It has no Future—but itself—
Its Infinite Contain
Its Past—enlightened to perceive
New Periods—of Pain.
Las oraciones de Jamison parecen poemas de Dickinson; no por el estilo o la temática—aunque esa definición de dolor de Dickinson parece subyacer a lo largo de la novela de Jamison—, sino porque logran desbordar aludes de dolor desde espacios pequeñitos. Sus narradoras parecen de cristal y, sin embargo, nunca terminan de quebrarse, sólo se resquebrajan por segmentos, pero segmentos de dolor con hendiduras profundísimas. Llevan a creer que, a pesar de todo, todo va estar bien, hasta que va clavándose el sablazo final y se siente “la tibieza del vómito subiendo” y la inevitabilidad del malestar colándose al leer esta novela.
Hay un alarido de dolor que resuena y retumba a cada palabra de El clóset de la ginebra, eco que nos permite ver dentro de las heridas más humanas imaginables o, por lo menos, escribibles.
Raúl Bravo Aduna (@rbaduna) es ensayista y editor.
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Cuando salió The Gin Closet en Estados Unidos, hace cuatro años, Simon & Schuster y Leslie me permitieron traducir los primeros capítulos de la novela, mismos que se publicaron en la revista Cuadrivio en tres entregas y pueden leerse aquí.
Igualmente, hace poco se publicaron en Letras Explícitas las primeras páginas de la novela, en versión de Vericat, y pueden leerse acá.