La Navidad llama a la puerta del estómago. Los aparadores ostentan detrás de los cristales empañados por el frío, todas las obras maestras de la glotonería. El severo jamón, con gravedad de hombre político, se pavonea orgulloso al lado de los eternos salchichones envueltos en su funda plateada, como los ricos egoístas y los tabacos de la Habana. El pavo, atravesado por un puñal luciente, abre el pico pidiendo misericordia. Los chorizos se juntan, atados como presidiarios o formando collares pantagruélicos.

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El gas alumbra las pilastras y torres de lustrosas latas, anchas y angostas, oblongas y cuadradas, todas resplandecientes como el acero bruñido y reflejando la llama de los quemadores. Por entre las marañas y guedejas del heno mal peinado, cuelgan cuerpos de azúcar y ángeles de caramelo. Las cajas de galletas dejan ver sus hileras color de oro. Pendientes de las ramas y puestas en el aparador, figurando árboles, danzan alegremente las pequeñas canastas de mimbre, o de alambres argentinos. Adentro, tras el gran mostrador, los dependientes destapan botes, abren cajas, cortan quesos.

Sobre aquel Zócalo forrado de latón descansa un queso suizo, respirando glotonería por cada uno de sus poros. Las botellas, escalonadas como batallones de prusianos, con cascos plateados y amarillos, preparan el ataque. Allí descubro el Château-Larose, carmíneo, el Johanisberg, fluído y transparente, el finchado Oporto, el verde Rin. La champaña, llena de condecoraciones y dorados, cautiva los ojos por su lujo aristocrático. Las bodegas del Marne se han vaciado para llenar esos escaparates. Allí están las botellas alemanas, con sus cuellos de caballos de carrera, largos y flacos, hechos para uso de las grullas; las botellas francesas, coquetas y relucientes, con trajes de amazona y sombrerillos de lofóforos; los grandes vinos españoles, los grandes señores de los vinos, altivos y severos, como nobles castellanos. Los tarros de cognac, los barriles de burdeos, con la espita abierta y derramando el generoso líquido. El ajenjo color de océano y la chartreuse, color de ámbar. Toda la interminable descendencia de la uva, toda la tumultuosa variedad de vinos, acecha al comprador, parapetada en los escaparates. Las botellas altas y chaparras, gruesas y delgadas, adustas y coquetas, airosas y desgarbadas provocan y llaman a los glotones transeúntes con el descaro  de una turba de cocottes.

La mar envía a las fondas gruesas de ostras. El huachinango, abierto por la mitad, muestra su blancura láctea. El pámpano se sonroja detrás de las vidrieras. Los caracoles se juntan al camarón rojizo. Y junto a estos criollos asoman, altivos, los pescados extranjeros, el salmón, la langosta, la macarela, el maquereau, el calamar y la lamprea, en promiscua mezcla con el jamón endiablado y el jamón en pasta, el turkey y el chicken, el Beef Touque y el pâté de foie gras, las aceitunas y los pickles. Los pasteleros no se dan un punto de descanso. El horno, constantemente encendido, tuesta con besos de fuego la masa. Una dorada costra rodea las grandes empanadas, rellenas de jamón o de sardina.

Acabo de ver, de pie, junto a un aparador, a un pobre viejo, que tiritando de frío, con las manos ocultas en los bolsillos del pantalón, prendido con un alfiler el cuello del saco y calado el sombrero hasta los ojos, contemplaba con tristeza mezclada de codicia la rubicundez de los jamones y la blancura de los pescados. ¡Pobre viejo! Estaba cenando mentalmente. Sus ojos resplandecientes de glotonería hubieran devorado hasta las velas de esperma que danzaban en el aparador, pendientes de las ramas. ¡Bien se conoce que esta noche es Nochebuena!

***

He salido a flanear un rato por las calles y en todas partes el olor a lama, el bullicio de las plazas y la alharaca de los pitos, me hablan de la Nochebuena. Las barracas esparcidas en la que fue la Plaza del Volador, están más animadas que nunca. A cada pazo tropiezo con acémilas humanas, cargadas de canastones, por cuyas orillas asoman los brazos de una rama o cedro, o las hebras del heno.

Las venas cloróticas que alumbran las barracas, esparcen luz amarillenta, que contrasta con la rojiza de los hachones. De cuando en cuando se aproxima un coche, llega, se detiene, salta el lacayo del pesante, abre la portezuela, cae el estribo y un pie perfectamente aprisionado en un botín irreprochable toca el suelo. Tras de la polla, que ha saltado primero del carruaje, vienen los hermanitos y la mamá. A una distancia respetuosa, y llevando la canasta, viene el lacayo con su librea de color de hoja marchita.

Igual animación reina en las calles. Los cajones permanecen abiertos y con los aparadores iluminados hasta muy entrada la noche. Apenas es posible transitar por las aceras. Junto al cristal de cada aparador se agrupan los curiosos. El aire frío que sopla parece como que va diciendo: ¡anda, necio! La noche va a ser helada, el aire congelado empaña los cristales, tienta las hojas del rosal, que están ya húmedas como los labios del niño cuando suelta el seno de la madre. Cada cual se refugia en su casita, donde hay ojos azules y cabelleras rubias; ésta es la fiesta del hogar, la fiesta del abuelo, la fiesta de la esposa, la fiesta de los hijos. La cena patriarcal que reúne a todos bajo la tosca mesa de encino es el gran símbolo de la familia creada por el Evangelio. ¿No oyes los gritos de alegría que se escapan por las junturas de esa persiana mal cerrada?, ¿no ves las llamas inquietas de las velas perdidas, como fuegos fatuos, en el ramaje obscuro del árbol de Noel? ¡Tristes de aquellos que corren las calles con su gabán abotonado! ¡Tristes de aquellos que no tienen un árbol de Noel!

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Publicado en: Crónica, Ensayo literario

3 comentarios en “La noche de Navidad

  1. BUEN ARTÍCULO SOBRE LA NAVIDAD DEL GRAN GUTIÉRREZ NAJERA, DE UNA EXCELENTE Y OPIPARA CENA Y DE TODO UNA NARRATIVA SOBRE LA MISMA, NO DEJO DE MENCIONAR QUE ES UN ESTUPENDO ESCRITOR. FELICIDADES POR ESE ESCRITO DEL PASADO QUE ES PARTE DEL PRESENTE Y QUE SE CONSERVARÁ EN EL FUTURO.

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