La muerte de mi hermano Abel

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Presentamos el capítulo 27 de La muerte de mi hermano Abel (Sexto Piso) de Gregor von Rezzori. El escritor“consigue con ésta, su obra cumbre, la creación de un Decamerón moderno en rabiosa, desenfadada y perversa cópula con esa ‘divina comedia’ de vanidades que ha sido la literatura del siglo XX y su todavía vigente concepto del genio literario. Desmontaje, parodia, solemnidad, reflexión y un uso virtuoso de todo el catálogo de técnicas narrativas heredadas de la tradición que dejan entrever en esta novela el aún infravalorado talento de uno de los escritores en lengua alemana más innovadores de la segunda mitad del siglo pasado”.


Espero que no le moleste, mi estimado mister Yéi Yí Brodny, que yo, en mi esfuerzo por desvelarle las distintas capas paleontológicas que han formado mi persona, no vaya desenredando de forma cronológica el hilo de mi relato, sino que tire de él a veces de un lado, otras veces del otro, a fin de revivir aquí o allá algún que otro instante significativo, alguna que otra situación o episodio reveladores, y, de ese modo, ilustrar lo que, por alguna razón determinada, a mí me parezca digno de ser narrado: un yo que, en una continua regeneración, se reproduce a sí mismo como un equiseto, pero que en esa fase de crecimiento segmentada en fases se va volviendo cada vez más ajeno e insondable para sí mismo, de modo que al final el tiempo vivido, el mundo experimentado le parecen el proscenio de continuos cambios, con infinidad de escenas y bastidores, en una pieza teatral cuyo autor no se ha atenido a la clásica regla de una unidad de tiempo y lugar —y donde, naturalmente, el protagonista de la tragicomedia es siempre alguien distinto, aunque en cierto modo siga siendo él mismo, un fantasma de sí mismo—. Es algo que apenas puede representarse de otro modo que no sea a través de una procesión de saltos literarios, pero lo admito: tal inconstancia narrativa es sin duda, también, una aberración surgida, quizá, de la costumbre de tantos años de observar a los editores cinematográficos mientras trabajan, cuando he sido testigo de la loable constancia con la que esos artistas, pasando la cinta hacia delante y hacia atrás, buscan aquellas tomas provisionalmente pegadas para, a partir de una abundancia de acciones grabadas, entresacar aquellas que les permitan evidenciar una nueva dimensión del sentido que se aspiraba a otorgar al conjunto, una dimensión muchas veces opuesta al concepto original. Del mismo modo que Nagel, en su más reciente libro —todo un éxito de ventas y por lo visto ampliamente autobiográfico—, hace decir al narrador protagonista: “… lo que creemos expresar no es siempre aquello que nos impele a expresarnos; por eso la labor del escritor empieza más allá del lenguaje: allí donde te enfrentas a ti mismo, cara a cara…”.

Y en ello reside el motivo preciso —y ya insinuado anteriormente— de por qué le cuento todo esto, sir. Es, a su vez, el motivo por el cual, por desgracia, no puedo contarle mi story en tres frases. Y era eso lo que usted pretendía de mí, wasn’t it?

Es obvio que no esperaba usted escuchar la historia de mi vida. Sabía que yo estaba escribiendo una novela. Un libro por el que el gran editor Scherping, aconsejado con ojo de experto literario por su lector Schwab (un hombre, sin embargo, con una noción catastrófica en cuanto al aspecto comercial), había pagado, a lo largo de catorce años (hasta que despidió a S., por cierto) considerables anticipos. Tanto dinero invertido en un autor crea compromisos, obligaciones. El autor se vuelve cada vez más valioso y codiciado. Si se ofrece la oportunidad de endilgárselo a otro imbécil, el tipo se convierte en un genio, un potencial ganador del Premio Nobel. Supongo que Scherping hizo uso de toda su elocuencia cuando le habló de mí. Pero usted, mister Brodny, es un zorro demasiado viejo en este negocio como para no olerse el núcleo podrido en un cebo tan engordado. Cuando me animó a contarle mi historia en tres frases, no buscaba saber sólo el valor comercial de lo que yo iba a contarle, tampoco si yo tenía la madera necesaria para escribir un buen libro; lo que usted quería saber, sobre todo, era si el libro podría escribirse hasta el final alguna vez.

No hay forma más inteligente de formular la pregunta. Chapeau, monsieur! Si llevara ahora mismo un sombrero, me lo quitaría ante usted. Porque usted, mister Brodny, que en ese estanque de carpas del negocio editorial internacional no es tan sólo un depredador más, un tiburón, sino casi una Orsinus orca, una ballena asesina, sabe muy bien el tipo de escritor que tiene delante. Tras la primera ojeada se dio cuenta de la fatal disociación que ha generado en mi personalidad algo ocurrido ya entonces, en otra era paleontológica, en 1949, cuando concluyó la segunda era glacial en Hamburgo, a orillas del Elba, en Yérrrmani, cuando me sentí transportado al mundo de los lotófagos y el gran editor Scherping, en un burdel, sentado en las piernas de las putas severas pero maternales, se topó con un treatment cinematográfico allí olvidado y envió a su redactor favorito, Johannes S., a que buscara al autor y lo convenciera de que escribiera una novela: la novela de la época, sir, la obra maestra del siglo. Desde entonces —desde hace una vida entera, a lo largo de diecinueve años—, junto al autor de guiones que trabaja como un esclavo para los cerdos del cine alemán de postguerra, que trabaja como un mulo, como antes lo hacía la difunta tía Selma en la casa de mis años de formación en Viena, convive dentro de mí el soñador de la mirada al acecho y perdida a lo lejos, el hombre que sigue trabajando en su libro, su libro: la novela de la época, la obra maestra del siglo. Y mientras uno, el servil lacayo de los dinámicos y vivaces cerdos del cine les arroja sin cesar, en las escudillas donde comen, infinidad de nuevas storiesstories, vamos, que pueden contarse todas en tres frases y que, en ocasiones, hasta pueden llegar a ser una obra del arte cinematográfico, ganadora tal vez de unas ramas de palmera en el próximo festival en alguna costa soleada, pero que por desgracia jamás será un éxito de taquilla—, el otro, el genial novelista y potencial ganador del Premio Nobel continúa trabajando en pos de su quimera, escribiendo la obra maestra del siglo —y se atrofia los dedos haciéndolo, y se queda casi ciego, mientras su cerebro se reblandece y se agria como el chucrut—; y todo en vano —¡en vano!—, porque su labor empieza más allá del lenguaje, como dice Nagel, “allí donde te enfrentas a ti mismo, cara a cara”. Y allí, amigo Brodny, no hay story alguna que pueda contarse en tres frases. Lo más que se consigue allí es revolver unos escarabajos negros que son tan productivos como las reinas de una colonia de termitas: que paren sin cesar infinidad de historias, las cuales, a su vez, dan a luz a otras que también paren historias nuevas, hasta que al final las historias pululan por todas partes, y uno se ahoga, se asfixia en historias, y cada una de ellas desea ser contada, ha de ser contada si uno quiere hablar de su época de modo recto e imparcial —como exigía el primo Wolfgang en su ética de bachiller de Humanidades (algo que, doce años más tarde, mi amigo Schwab repetía como un papagayo, conmovido)—, y también de sus gentes…; y si uno quiere escribir todo eso y darle una forma, llega a la locura del chef-d’œuvre inconnu, a la confusión total, a una progresiva división celular que acaba haciendo metástasis por todas partes.

Pero, revéleme un secreto, adorado Brodny: ¿cómo lo hace Nagel? ¿Cómo hace para enfrentarse a sí mismo, cara a cara, y luego contar una historia cuya esencia puede resumirse en tres frases? No dudo ni por un instante en su rectitud y su imparcialidad: conozco a ese hombre, fue mi amigo. Pero lo cierto es que ha de estar embromando a alguien: o bien se miente a sí mismo o nos miente a nosotros, sus lectores. Hay algo sospechoso en esas ristras de historias como huevas de pez, que luego se incuban para convertirse en novelas. En su honor, debo decir que es uno de los menos contaminados con el narcicismo de la época; se ha visto menos hechizado por el insondable misterio de la existencia, aun cuando se enfrenta a sí mismo cara a cara. Parece que él logra mirar más allá, mirar a través de él mismo, contemplar más allá de sí a sus coetáneos y contemporáneos, los Meyer, los Müller y los Lembke. Okay. Nadie dice que las novelas tengan que ser forzosamente autobiográficas. Por el contrario: muy difundido está el criterio de que no existe una autobiografía en sentido estricto. Mucho más inevitable que en la vida diaria es, en la literatura, la mentira, ese embuste que implica la ficción del como si…; fiction, mister Brodny. Nagel is ae first réit fikchonráiter… Aiám a fikchonráiter íven béter… Sólo que Nagel tiene un corazón demasiado duro. No ama lo suficiente a sus coetáneos y contemporáneos Meyer, Müller y Lembke. De lo contrario los trataría con más cuidado y haría de ellos unos seres humanos, no unas marionetas. Tal y como los dispone, sólo le sirven para hacer visibles los procesos a partir de los cuales —según su imperturbable opinión de troglodita— se teje la realidad. Y eso, claro, genera stories que se pueden contar en tres frases, y uno se pregunta entonces por qué, para alcanzar tal resultado, se ha invertido tanta energía.

En ello se oculta el embuste de Nagel, mister Brodny. Porque la realidad no está constituida de procesos. Está hecha de existencias. Crea al tío Ferdinand; en su Reino del Medio sólo acaece siempre lo mismo: desayuno con champán, luncheon, juegos de polo, torneos de golf, partidas de caza, cruceros por el Mediterráneo, cócteles, cenas íntimas, galas, veladas de póquer, chemin de fer, ruleta, duquesas, estrellas de cine y otras prostitutas. Y todo se repite eternamente, de modo que, a decir verdad, no sucede nada. Pero Bully Olivera y Agop Garabetian, ¡ésas sí que son unas existencias flamantes! Mientras que Meyer, Müller y Lembke, cuando se los trata con consideración, ¡se convierten en un milagro de la Creación! Si Nagel consiguiera que Meyer se pasease por una de sus novelas sin tener que revelar de inmediato el contenido sin lagunas de su mollera, ese pulular de mirmidones con todas las ocurrencias de Meyer —sus impresiones-experiencias-ideas-reflexiones, además de toda la meteorología de su vida anímica, los altibajos, las interesantes formaciones de cúmulos y los cambios barométricos—, yo sólo podría decir: Chapeau, monsieur! Pero nada de eso me parece recto ni imparcial. Yo, por mi parte, amo a la gente, me la encuentro a cada paso en cuanto asomo la nariz fuera de mi puerta, me uno a ella en la manada: porque puebla las ciudades, las autovías…

Pero veo que le aburro. Mis problemas no le inspiran siquiera un encogimiento de hombros. En lo que atañe a mí y a mi novela, usted ya lo supo desde el primer instante: este chico está arrullando a un niño muerto. Y ahora ya no quiere perder su tiempo con mis pubertarios problemas en torno a la escritura. Permítame, por lo tanto, que me tome el asunto en serio. Se trata de los problemas que le causaron la muerte a mi amigo S., a mi hermano Schwab.

Gregor von Rezzori (Chernovitz, Bukovina, 1914-Florencia, 1998)
Escritor. Vivió en Bucarest, Alemania Oriental y la Toscana. Estudió Medicina y Minería y, gracias a su talento como dibujante, llegó a la literatura. Es autor de más de veinte novelas. Murió con el reconocimiento internacional de ser uno de los grandes escritores del siglo XX.

Traducción de José Aníbal Campos.

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Publicado en: Ciudad de libros