La última vez que terminé una relación no fue por gusto sino por una solución racional que por supuesto no tomé yo. La despedida, que se dio repetidas ocasiones hasta que por fin fue real, estuvo plagada de diferentes dubitaciones sobre lo que sucedería dependiendo de si permanecíamos juntos o no. Yo tenía clara la elección y las implicaciones, pero ella no. Sin embargo, anticipando que íbamos a dejar de vernos, y por supuesto de hablar, no se cansó de repetirme que me amaría por siempre, como eventualmente muchas personas en esa situación lo hacen. Como leí en alguna parte: la vida sucede siempre sobre una delgada línea de dilemas morales sobre los cuales jamás podremos anticipar con claridad el desenlace.

El contexto, mi pequeña historia, la menciono porque en buena medida La La Land, la nueva película de Damien Chazelle, es un pequeño ensayo sobre este tipo de dilucidaciones. Por lo menos es desde esa óptica que La La Land se vuelve otra cosa que una mero tributo al musical. Es claro que Chazelle es un virtuoso del cine y que sus cintas están plagadas de amor y estudio a este arte. Su lenguaje es proverbial y esta su última cinta está tan bien elaborada que permite una multiplicidad de lecturas y de interpretaciones. Sin embargo, la que aquí interesa abordar, es la que –según me parece– significa una superación, por lo menos, a su antepasada cinta Whiplash (2014)donde el director apostó por una historia que remarcaba la importancia del compromiso histórico, el sacrificio y el ego, tomando como gran pretexto el jazz, espacio que da arropo a “músicos serios”.
En La La Land, musical que rinde tributo a la historia de este género en el cine (principalmente al director Jacques Demy) y que al mismo tiempo no puede desembarazarse de la generación Glee, se explora la relación, vida y sueños de una pareja: Mia (Emma Stone), una aspirante a actriz (que en la pared de su cuarto tiene una imagen de Ingrid Bergman) que mientras asiste a castings siempre desalentadores trabaja como barista en un café en los estudios Warner; y Sebastián (Ryan Gosling), un pianista de jazz que plagado de pasión, intenta rescatar la esencia de esta música y darle la debida importancia, es un purista en huelga del estilo de vida banal que a veces promete Los Ángeles: “se venera todo y se valora nada”. Los dos aunque con sueños, habitan el abismo. No han podido alcanzar sus objetivos y están frustrados.
En cierto punto su vida se cruza, sus pasiones invaden el mundo del otro y se enamoran. Si en Whiplash el personaje principal, Andrew Neiman era capaz de terminar su relación con tal de dedicarse al jazz y hacer historia, aquí el director explora nueva veta, el amor como perspectiva, como cobro de sentido. Parafraseando a Cornel West, habría que repensar al amor desde su dimensión quirónica, como una pedagogía frente al mundo. El otro nos educa, nos presenta pruebas pero también nos protege. Cuando estás enamorado “todo es tan significativo que quieres mantenerlo”. Cuando se está enamorado es quizá cuando se está más vivo y es esta relación la que posibilita diferencia. Si en Whiplash Andrew iba por su cuenta, aquí Mia y Sebastián sólo logran fijarse al mundo mediante la presencia del otro. Son el cambio de perspectiva que los ancla y les permite que el mundo se abra en una red de posibilidades. Si los dos estaban perdidos es porque no sabían que lo que necesitan era una sujeción, reconocimiento absoluto del otro, alguien capaz de sensibilizarse frente a toda esta red de significados ocultos que aparentemente somos, alguien que nos explique. Mia y Sebastián lo cantan: “Yes, all we’re looking for is love from someone else” (“Sí, lo que todos buscamos es amor de alguien más”), en palabras de la poetisa Enriqueta Ochoa: “todo para encontrar un alfiler que nos fije, una superficie en donde detenernos”. Sin el amor todo deviene planicie.
La La Land desviste los sentimientos de esta pareja. Sigue la relación en todas sus partituras haciendo énfasis en cómo cambian a partir de su encuentro, sobre cómo el mundo se estructura a partir del amor: quiero cambiar por ti al tiempo que me haces sentir capaz de hacerlo todo. Acá ya no es sólo el ego el parteaguas y la vía para el acontecimiento, lo es también la compañía. A diferencia de Whiplash aquí hay espacio para el otro, al final, como menciona Villoro: “hay algo peor que compartir el infierno, estar sólo en el paraíso”. Hay victorias que pueden saber a derrotas. La siempre dificilísima decisión entre ser Héctor o Aquiles, como si la disyunción fuera necesariamente excluyente.
Pero a pesar de esta apertura, Chazelle no pierde de vista su interés ni sus obsesiones: siempre el jazz, siempre la música, siempre la idea de hacer historia. Aquí la obsesión se dibuja rosa, la megalomanía de Andrew en Whiplash aquí es rebajada a una lucha por alcanzar los sueños, lugar común que posibilita una empatía con el público: si bien no todos buscan ser profundos, sí salir a la superficie. Somos la sociedad del individuo, todos tenemos sueños y somos —según se nos ha dicho— responsables de cumplirlos, somos los chefs de nuestra propia vida (como propuso en México una campaña publicitaria de Cerveza Modelo) y es sólo cuestión de voluntad alcanzarlos o no. Bajo este contexto aquí Chazelle abre un planteamiento más genérico: ¿qué estamos dispuestos a hacer con tal de perseguir nuestros sueños? ¿a qué estamos dispuestos a renunciar?
A decir verdad, la cinta peca de un romanticismo pero lejos de molestar, embelesa. El director ha demostrado tener un gran manejo del set que le permite renovar un género al tiempo que gana a diferentes tipos de espectadores. Imposible no caer en la seducción a la que nos arrastra. Y aunque aquí no es el interés analizarla y compararla desde el tributo que rinde al género, habría que ser categóricos al decir que es una película completa. Merecidos todos los premios.
La La Land es una montaña rusa que explora el deseo en actos divididos según las estaciones del año. Sin poder decir algo más que no involucre develar el desenlace, sólo cabe decir que al final, la magia se hace presente (como en aquella escena de Cinema Paradiso donde vemos la recopilación de besos) y nos recuerda que el cine ante todo, es un arte que permite vernos reflejados, y a veces, entendernos mejor. La La Land es una gran película sobre el amor (uno de los más grandes temas de la historia humana), y nos refrenda que al final, somos un archivo de varios “te amaré por siempre” que nunca terminan por salvar nada, un conglomerado de decisiones, de sacrificios, que somos sujetos prisioneros del “qué habría sido si…”, pero que “somos a pesar de…” El sujeto siempre está en falta.