La isla de la infancia

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Presentamos un fragmento de La isla de la infancia, el tercer volumen de Mi lucha, monumental ejercicio de realismo autobiográfico de Karl Ove Knausgård. Jeffrey Eugenides escribió: “Knausgård mezcla la autoficción y la reflexión como nadie lo había hecho antes. Al leerlo, sientes que estás absorbiendo el retrato completo de una vida”.


Me desperté y miré el reloj. Las dos culebras luminosas señalaban las dos y diez. Me quedé un rato inmóvil, intentando averiguar qué era lo que me había despertado. Aparte del pulso que me latía susurrando al oído, reinaba un silencio absoluto. Por la calle no pasaban coches, en el estrecho no había ningún barco, ningún avión volaba por el cielo, ni un paso, ni una voz, nada. Tampoco en nuestra casa.

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Levanté un poco la cabeza para que las orejas no rozaran en ninguna parte. Al cabo de unos segundos oí un ruido procedente del jardín. Un sonido tan alto y claro que al principio no lo capté, pero que cuando reparé en él me pareció horrible.

Iiiii-iiii-iiiii-iiiiii. Iiiiiii-iiiii-iiiiiii. Iiiiii.

Me arrodillé en la cama, aparté la cortina y miré por la ventana. El césped estaba bañado en una tenue luz, la luna llena brillaba sobre la casa. Una ráfaga de viento agitó la hierba como si ésta se alejara corriendo. Una bolsa blanca de plástico que se había enganchado en el extremo del seto se mecía, y pensé que alguien que no supiera de la existencia del viento pensaría que era la propia bolsa la que se movía. Me temblaban las puntas de los dedos de las manos y de los pies, como si me encontrara a una gran altura. El corazón me latía deprisa en el pecho. Los músculos del estómago se tensaron, tragué saliva y volví a tragar. La noche era el tiempo de los fantasmas y de los espectros, la noche era el tiempo del hombre sin cabeza y del esqueleto llorón. Y de la noche sólo me separaba una fina pared.

¡Ahí estaba otra vez ese sonido!

Iiii-iiiiiiiii-iii-iiiiiiiiiiiiiiii-ii-iiiiiiiii.

Dejé que mi mirada se deslizara por el césped gris del jardín. Junto al seto, a unos cinco metros de distancia, avisté al gato de los Prestbakmo. Estaba tumbado en la hierba, dando golpes a algo con la pata. Lo que estaba golpeando, un trozo gris de algo, como de piedra o barro, fue lanzado unos metros hacia la ventana. El gato se levantó y lo siguió. El bulto se quedó inmóvil en la hierba. El gato lo tocó cuidadosamente con la pata un par de veces, acercó la cabeza y fue como si lo empujara con el hocico, antes de abrir las mandíbulas y metérselo en la boca. Cuando el chirrido volvió a sonar, comprendí que se trataba de un ratón. Ese ruido tan repentino pareció desconcertar al gato. Al menos hizo un movimiento con la cabeza y lo tiró. Esta vez el ratón echó a correr todo lo que pudo y cruzó el césped. El gato permaneció inmóvil, siguiéndolo con la mirada. Por un momento pareció que iba a dejar marchar al ratón. Pero entonces, en el instante en que el ratón llegó al parterre que había delante de la valla del jardín de los Prestbakmo, corrió tras él. Tres saltos y volvió a cazarlo.

En la habitación de al lado sonó de repente la voz de mi padre. Su tono era bajo y murmuraba, como si no tuviera ni principio ni fin, como solía sonar cuando hablaba dormido. Al instante, alguien se levantó de la cama. Por la ligereza de los pasos que siguieron, supe que era mi madre. Fuera, el gato había empezado a dar saltos. Parecía una especie de baile. Una nueva ráfaga de viento hizo ondear la hierba. Eché un vistazo al pino y vi mecerse sus sensibles ramas, negras y frágiles bajo la luna amarilla y pesada. Mi madre abrió la puerta del baño. Cuando la oí bajar el asiento del inodoro, apreté las manos contra las orejas y empecé a canturrear. Los sonidos que saldrían entonces de ella eran de lo peor que conocía, eran como silbantes, como si soltara vapor. También solía evitar el estruendoso chapoteo de mi padre, aunque no me resultaba tan difícil sobrellevar ese sonido como los silbidos de mi madre. Aaaaaaaaa, exclamaba ella, mientras yo contaba lentamente hasta diez y seguía al gato con la mirada. Aparentemente harto ya del juego, cogió al ratón con la boca, atravesó el seto y luego la calle, hasta meterse por la entrada del jardín de los Gustavsen, donde lo dejó en el suelo, delante de la caravana. Permaneció un rato mirándolo fijamente. El ratón estaba tan inmóvil como puede estarlo una criatura. El gato se subió de un salto a la valla de cemento y se fue balanceando hasta uno de los relojes de sol en forma de globo que había sobre el pilar. Me quité las manos de la cabeza y dejé de canturrear. En el cuarto de baño zumbaba la cisterna. El gato dio de repente la vuelta y miró al ratón, que seguía inmóvil. El chorro de agua del grifo salpicaba la porcelana de la pila. El gato bajó de la valla de un salto, salió a la calle y se tumbó como un pequeño león. Justo en el momento en que mi madre bajó el picaporte de la puerta y la abrió, el ratón se estremeció, como si el sonido hubiese disparado en él un impulso, y al instante emprendió una nueva y desesperada huida del gato, que al parecer también había calculado esa posibilidad, ya que sólo necesitó una fracción de segundo para adaptarse del reposo a la caza. Pero esta vez llegó demasiado tarde. Una plancha blanca de uralita tirada sobre el césped fue la salvación del ratón, que logró meterse debajo uno o dos segundos antes de que llegara el gato.

Era como si los rápidos movimientos de los animales continuaran dentro de mí; mucho rato después de haberme vuelto a la cama, el corazón me latía muy deprisa en el pecho. ¿Acaso porque el mismo corazón era un pequeño animal? Al cabo de un rato volví a cambiar de postura, coloqué la almohada a los pies de la cama y abrí un poco las cortinas para poder ver el cielo sembrado de estrellas, tan parecidas a granos de arena, una playa contra cuya orilla, para nosotros invisible, golpeaba el mar.

¿Pero qué había realmente más allá del universo?

Dag Lothar decía que no había nada. Geir decía que había llamas. Eso era lo que creía yo también, lo del mar se decía más porque el cielo estrellado se parecía a lo que se parecía.

En el dormitorio de mis padres se hizo de nuevo el silencio.

Eché la cortina y cerré los ojos. Me fui llenando lentamente del silencio y de la oscuridad de la casa, y caí sumido en un profundo sueño.

 

Traducción del noruego de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo.

Karl Ove Knausgård
Escritor. Autor de Mi lucha, obra autobiográfica compuesta por seis novelas.

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Publicado en: Ciudad de libros