La inestabilidad de tintes belicosos en Ucrania constituye, entre muchas otras cosas, un nuevo recordatorio de que el proyecto europeo pende de un hilo. La mas ambiciosa arquitectura política de la historia, lejos de consolidarse, se resquebraja; mientras ello ocurre, las claridades, tan necesarias, se echan de menos a la par que los Estados de bienestar se desvanecen y países enteros evaden apenas la catástrofe. La Unión Europea se aleja de la utopía y se aproxima a la pesadilla. Uno de los más hermosos proyectos de la humanidad se desdibuja y solo bosquejos nos quedan de aquello que no puede llegar a ser: “inconstantes flashazos de belleza” en palabras de Jep Gambardella, el protagonista de la mas reciente película del italiano Paolo Sorrentino.
Los tumbos colectivos encuentran un reflejo en los infortunios individuales y ésta no es la excepción. Gambardella es un dandy sesentón, periodista y socialité, autor de una novela de juventud, e incapaz de volver a escribir otra debido a la incomparecencia de una “gran belleza” que lo guíe e inspire. Su “periplo” lo lleva de ninguna parte a ningún lado. En realidad, la cinta ganadora del BAFTA, el Globo de Oro y el Óscar no cuenta con una trama y es casi imposible responder con precisión de qué trata (cosa extraña: la misma ceremonia que suele entronizar los films políticamente correctos y narrativamente convencionales -en los últimos años, 12 años esclavo, Argo y El discurso del rey por ejemplo- de su propia industria suele ser mas lúcida a la hora de reconocer las arriesgadas propuestas extranjeras). No hay aquí una historia qué contar sino unas sensaciones a transmitir, una especie de ensayo visual mas cercano a una exposición pictórica que a un relato tradicional. La estructura episódica que, como ya se ha dicho hasta la saciedad, nos remite inevitablemente a La dolce vita, se ajusta bien al propósito de la cinta en donde casi todo cabe. Los fragmentos pueden parecer inconexos, justo como lo son las piezas de un rompecabezas miradas en forma aislada, pero tampoco es seguro que alcancemos a ver el cuadro completo: ¿quién puede hacerlo?
Sorrentino, como lo hiciera antes Fellini, se aventura a intentarlo y no es osado afirmar que logra su cometido. Está el espasmo ante la gran urbe, el shock ante la magnificencia romana sufrido por un turista; está el frenesí, la bacanal, el exceso de esas parrandas de una clase alta anegada en el tedio; los oídos sordos de una iglesia cuyo cardenal responde a predicamentos existenciales con recetas de cocina, pero también la abnegación de una santa come raíces convertida en efigie viviente; está el sinsentido de un arte autorreferencial y solipsista, desfachatados performances y críticos mas bien enamorados de la pose; los misterios del amor y de su durabilidad, los de la resignación y el imborrable recuerdo; está la milagrosa amistad nunca exenta de dolor, punzante e incisiva cuando es honesta; la honda tristeza siempre afecta al disfraz.
En una secuencia, Gambardella recuerda su empeño por no convertirse en un representante más de la fruslería imperante, sino en el “rey de los mundanos”. Difícil misión, pues los candidatos al trono pululan; como sea, no parece haber quedado demasiado lejos de su objetivo. Él y su entorno nos brindan la ocasión de atestiguar el reinado de las oportunidades perdidas: no solo los amores frustrados y las obras inconclusas dan fe de ello, sino que los lujos y las supuestas expresiones artísticas que ante nuestros ojos se exhiben más bien evocan pobreza. No se antoja gratuito que Jep carezca de descendencia. Al igual que Roma, y en general que Europa, ha vivido buenas épocas pero en su horizonte solo se asoma el declive del que sólo podría escapar con un pase mágico, un truco que ni él mismo alcanza aun a barruntar.
2013 ha sido un gran año para el cine. Pero si las grandes cintas ejercen su virtuosismo en aspectos muy específicos, La gran belleza es una obra total. Esquiva, sugerente, poética. Cierto, no es única en su clase ni original pero exigir o esperar ello de una obra a estas alturas es un ejercicio de necedad. Muy probablemente, la película más satisfactoria y estimulante del año.