La firma de Manuel Felguérez

Manuel Felguérez, uno de los artistas mexicanos fundamentales de las últimas décadas, falleció esta semana. Aquí presentamos un recuento de su vida a partir de un encuentro fortuito con una de sus obras en el mercado de la Lagunilla.

La primera vez que vi una obra de Manuel Felguérez fue en la Lagunilla. Había ido con mi papá y un amigo suyo, un DJ que se peinaba el mercado de arriba abajo, religiosamente, en busca de joyas perdidas en vinilo. Cliente asiduo que era, saludaba a medio mundo mientras nos guiaba entre los puestos que cobran vida todos los domingos. Fue ahí que me topé con ella. Sobre una lona blanca en el piso, entre muchos otros dibujos y pinturas empolvadas, saltaba a la vista una composición geométrica, de colores morado, negro, naranja y dorado. Esos círculos, rectángulos y paralelogramos tenían una estética tan setentera que parecían venir acompañados de pantalones acampanados y plataformas. O por lo menos eso le pareció ver a mis ojos de niña. Me gustó no poder encontrarle forma, pues por más que buscaba no era ni una célula ni una nave espacial, y aunque no era un plano ni un diagrama, dibujaba un espacio muy particular en el papel. La atracción fue inmediata.

Hoy leo que Manuel Felguérez falleció a sus 91 años. Nacido en 1928 en Valparaíso, Zacatecas, se mudó a los siete años con su familia Ciudad de México. El arte le llamó la atención desde niño, pero también los objetos mecánicos, que abría y volvía a armar con facilidad. En 1947, apenas dos años después de la guerra, se embarcó en un viaje por Europa. ¿Quién decide, a sus 19 años, caminar desde Fráncfort hasta Roma por paisajes devastados? El joven Felguérez quedó impactado por los tanques, coches y camiones averiados que poblaban las carreteras, máquinas en desuso oxidándose al aire libre como si fueran fierro viejo. A partir de esa experiencia, cuando regresó a México empezó a trabajar con desechos industriales y chatarra, mismos que reciclaba para sus murales y proyectos de arte público.

Tuvo su primera exposición en 1958 y desde entonces participó en incontables muestras y exhibiciones individuales y colectivas, tanto en México como a nivel internacional. Entre sus referencias artísticas estaban la escultura de Louise Nevelson y la de Brancusi. De su maestro, el artista ruso Ossip Zadkine, aprendió los principios del cubismo, pero las obras abstractas de Jean Arp lo dejaron sin aliento. Aunque siempre fue fanático del constructivismo, transitaba de ida y vuelta a la abstracción sin mayor empacho. Felgueréz fue parte del movimiento de la Ruptura junto con otros jóvenes pintores como Vicente Rojo, Lilia Carrillo y José Luis Cuevas, que buscaban abrir nuevos horizontes en el arte mexicano, y fue también una figura clave en el Salón Independiente de 1968. Con Alejandro Jodorowsky colaboró en obras de teatro de vanguardia y para la escenografía de La montaña sagrada (1973) ideó una sugerente obra móvil titulada La máquina del deseo. Ávido lector de ciencia ficción y escritor de varios cuentos, le interesaba entender la máquina como un proceso y como hilo conductor en su obra.

Cuesta trabajo ponerlo en perspectiva, pero un par de años después Felguérez ya estaba explorando el potencial de creación artística de las computadoras. Sólo había tres de estas máquinas en todo el país, pero con el apoyo de la beca de la Fundación Guggenheim, el artista continuó desarrollando este trabajo en la Universidad de Harvard. Ahí conoció al ingeniero en sistemas Mayer Sasson con quien colaboró para generar una especie de base de datos de composiciones posibles, partiendo de parámetros específicos. “Pensé que, si la geometría era parte de las matemáticas, entonces podría tratar de usar la velocidad de cálculo de la computadora para producir imágenes plásticas”, recordaba Felguérez.1 El resultado fue La máquina estética (1975), un proyecto que le ganó el título de pionero del arte digital en México.2 Muchos años antes del machine learning, este programa informático ya le permitía crear un número casi infinito de “ideogramas-diseños”, que a su vez eran la base para realizar pinturas o esculturas.

Puerta 1808. Fotografía de Randal Sheppard, Wikimedia Commons.

Sin embargo, después de esta incursión decidió dejar por completo la tecnología y volver a ensuciarse las manos con pintura y aguarrás. El artista confesó que le llamaba más la incertidumbre de un lienzo en blanco, o el potencial por descubrir en un montón de fierros. En la entrevista realizada hace apenas un año por Pilar García, curadora de la exposición-homenaje en el MUAC, Felguérez confesaba, no sin cierto orgullo, “siempre se reconoce cuando una obra es mía. Presumo no sólo de variar, sino de variar dentro de unos límites”.3 En su trayectoria hay una coherencia que se extiende desde sus primeros murales escultóricos, en el Cine Diana y en el Deportivo Bahía en la Ciudad de México, hasta su contribución hace apenas dos años al edificio de la ONU en Nueva York: un mural abstracto de dos por cinco metros titulado Agenda 2030. Que hoy en día su obra ocupe un lugar de honor en ese recinto nos recuerda que para Felguérez, el arte no sólo tenía la capacidad, sino el deber de ir más allá de las ideologías y el nacionalismo que había dado pie a las grandes guerras del siglo XX.

Ahora que lo pienso, seguramente no era un Felguérez original ese que vi en la Lagunilla, o quizás sí. “Falsifican hasta las cartas de autenticidad”, se quejaba el artista en la conversación con Pilar García.4 Pero si se quiere ver una de sus obras en persona y sin que quepa la menor duda sobre su autenticidad, es tan fácil como bajarse en el Metro Auditorio y caminar hacia el Museo Nacional de Antropología, donde el Muro de calaveras basado en un tzompantli acompaña a los peatones durante casi medio kilómetro. Una vez ahí, en el patio central puede verse una celosía de aluminio que retoma la figura de la serpiente —otra pieza del maestro, de 1964. O se puede ir al cruce de Reforma y Juárez en el Centro, donde se encuentra la escultura monumental Puerta 1808. Y es que Manuel Felguérez dejó su huella en esta ciudad y en muchas otras, una firma inconfundible.

La exposición Trayectorias está programada hasta el 11 de octubre de 2020 por lo quepodrá visitarse en el MUAC una vez que el museo reabra al público.

 

Maria Emilia Fernandez.
Ensayista y curadora del Museo Jumex.


1 Manuel Felguérez en conversación con Pilar García, “La pulsión de crear: una conversación” en Manuel Felguérez. Trayectorias. Ciudad de México, MUAC ∙ Museo Universitario Arte Contemporáneo, UNAM, 2019. p. 26.

2 Para más información se puede consultar un fragmento del libro La máquina estética, de Manuel Felguérez y Mayer Sasson, publicado por la Dirección General de Publicaciones de la UNAM.

3 Manuel Felguérez en conversación con Pilar García, “La pulsión de crear: una conversación” en Manuel Felguérez. Trayectorias. Ciudad de México: MUAC ∙ Museo Universitario Arte Contemporáneo, UNAM, 2019. p. 11.

4 Ibid. p. 28.

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Publicado en: Curadero, Visuales