Correr es uno de los actos más naturales en los seres humanos. Sin pretensiones, muestra nuestra verdadera personalidad y el estado en el que nos encontramos: con nuestra postura, la respiración y la facilidad del movimiento se notan el esfuerzo, la constancia y la experiencia.

Sólo viéndolo correr se distingue a un aficionado de un profesional. Éste último, según menciona el escritor Haruki Murakami en De qué hablo cuando hablo de correr, se gana el título cuando recorre un mínimo de sesenta kilómetros a la semana. Es la práctica la que diferencia al que casi nunca piensa en nada serio cuando corre, del que corre en medio del vacío. Casi flotando. “Los más vigorosos, los que corren golpeando con fuerza el suelo y cortando el viento al avanzar, parece que los persigue una cuadrilla de bandoleros. Por otro lado, están los corredores entrados en carnes, que corren con enorme sufrimiento: los ojos entornados, los hombros caídos y resoplando ruidosamente”, dice el autor.
Cuando digo que correr es uno de los actos más naturales, lo hago en el estricto sentido de la palabra. Tan natural como lo es rascarse cuando se tiene comezón, o temblar cuando se tiene frío. La responsable de esto es entonces la evolución de nuestra especie, que a lo largo del tiempo ha desembocado en que corramos como lo hacemos.
Usain Bolt es esa excepción que confirma la regla de que los Homo sapiens y el resto de los simios somos malos velocistas. De ahí que el correr, en términos teóricos, se haya considerado como algo poco valioso en la evolución biológica de los humanos.
Sin embargo, hay una característica en este arte deportiva que sí distingue a nuestra especie: somos muy buenos en la carrera de resistencia. Tan es así, que se ha estimado que esta cualidad apareció en el género Homo hace 2 millones de años. Y para muestra del aguante está la población mexicana que en el nombre lleva el correr: los Rarámuris. “Pies ligeros” es el significado del nombre de la población a la que también se le conoce como Tarahumaras. Su impresionante capacidad de recorrer hasta más de 300 kilómetros en un par de días es una clara muestra de la resistencia humana en esta actividad. Su exposición a las carreras de larga distancia desde que son niños los ubica entre las pocas poblaciones en el mundo que conservan este comportamiento más bien como parte de una tradición.
Es la respuesta de su cuerpo lo que resulta impresionante. En un estudio realizado en 2014 por investigadores mexicanos y europeos, se les pidió a 10 personas pertenecientes a esta población del norte del país que recorrieran la nada despreciable distancia de 78 kilómetros. Para conocer las características de su respuesta cardíaca, renal, y sanguínea se les tomaron muestras de sangre en distintos intervalos de tiempo, antes y después del ejercicio físico. Los resultados mostraron que una vez terminada la carrera, existían distintos daños a nivel sistémico. Se vio daño cardíaco, un detrimento en la capacidad de los riñones para llevar a cabo una filtración adecuada, y daño en el músculo esquelético -el que permite movernos-, por mencionar algunos resultados negativos.
Sin embargo, a pesar de que las condiciones de su corazón, riñones y sangre mostraron valores alarmantes por el deterioro antes mencionado, después de correr una distancia que casi duplicó un maratón, éstas regresaron a los números iniciales tan sólo dos días después de finalizada la actividad física. De esto hablo cuando hablo de correr en el vacío. Sin duda es un resultado que deja mal parado a Filípides, el soldado griego sobre el que descansa el mito fundador del maratón, y que junto a los Trahumaras, hace que su muerte, luego de correr 37 kilómetros, parezca más bien una excentricidad.
Con esto, los investigadores mencionan que el daño a los órganos después de correr es más bien una característica transitoria, como resultado de una adaptación que ha sufrido la población a lo largo del tiempo a la carrera de grandes distancias. Es así que el proceso evolutivo alberga algunas respuestas a los porqués que rodean al acto de correr: ¿correr fue un modo de locomoción que influenció la evolución humana? Al menos para la carrera de resistencia la respuesta es afirmativa.
Los humanos somos corredores mediocres cuando se nos compara contra otros mamíferos, como el caballo, el galgo o el antílope americano, esto de acuerdo con un estudio publicado en Nature en 2004. A diferencia de estos animales, que pueden mantener galopes de grandes velocidades por varios minutos, nosotros somos lentos. A esto se le debe sumar el hecho de que utilizamos el doble de la energía que otros mamíferos por distancia viajada, o que carecemos de características físicas que nos podrían facilitar la maniobra para la carrera, como las que tienen los gatos o los perros que caminan sobre sus dedos sin apoyar los talones.
Pero así como el paso del tiempo ha contribuído a que los humanos seamos malos velocistas, también es verdad que de generación en generación se han fijado ciertas características que nos permiten ser los únicos primates con la capacidad de realizar carrera de resistencia. Por ejemplo, a diferencia de otros simios, nuestras piernas tienen tendones largos conectados a los músculos, lo que economiza la fuerza empleada. Un ejemplo es el tendón de Aquiles, que conecta al talón con los músculos flexores del pie. Aunque estas estructuras son inexistentes en el registro fósil por su constitución blanda –haciendo que la datación para conocer a los ancestros que ya presentaban sea difícil–, se estima que el tendón de Aquiles probablemente surgió hace 3 millones de años en el género Homo.
Otras características están en el arco de nuestro pie. Al caminar, el arco contribuye con la estabilidad del pie, además de que absorbe la fuerza del impacto. Pero al correr, el arco regresa cerca del 17% de la energía generada en cada zancada, funcionando como un resorte. Algo similar ocurre con la longitud de nuestras piernas: mientras que unas extremidades largas nos permiten incrementar la velocidad óptima del caminar, esta característica da la posibilidad de que al correr se aumente el tiempo de contacto con el suelo. Esto último es ventajoso para la carrera de resistencia en el sentido de que se ha visto que aquellas especies con un tiempo corto de contacto tienen altos gastos energéticos.
A la lista de ventajas anatómicas se pueden sumar el tamaño de nuestro pie –un 9% de la masa de nuestra pierna es pie, a comparación del 14% del chimpancé–, o el que tengamos una baja tasa de zancadas comparadas con las de un cuadrúpedo, lo cual viene acompañado de la presencia de fibras musculares resistentes a la fatiga. También el hecho de que las articulaciones en la parte baja de nuestro cuerpo se presentan extendidas favorece la reducción del estrés al que se somete nuestro esqueleto cuando caminamos y, más aún, cuando corremos. Las características de nuestro tronco que nos permiten generar estabilidad, sobre todo porque tenemos la capacidad de rotarlo con respecto a la cintura, a comparación de los simios. Esto le da independencia a nuestra cabeza y a los pectorales.
La reducción de la cantidad de vello, una forma corporal alargada, una circulación sanguínea intrincada en nuestra cabeza –sumado a la presencia de glándulas sudoríparas cerca de las venas craneales que ayudan a enfriar la estructura completa antes de que la sangre caliente llegue al cerebro– contribuyen a la capacidad de perder calor corporal y a mantener un ritmo de respiración al correr que está íntimamente relacionado con nuestra evolución biológica. A esto se suma el que podamos respirar por la boca durante la actividad física. Los simios y nosotros mostramos resistencia para soportar grandes demandas de oxígeno por la nariz, así que la boca suple la alta demanda de este elemento. Finalmente, junto con otros bípedos, como el canguro y el ualabí, los humanos podemos ajustar la velocidad de la carrera de forma continua y sin cambiar el paso, o sin que exista alguna consecuencia a nivel metabólico por el desempeño a distintas velocidades.
Aunque toda esta evidencia sugiere que la carrera de resistencia se originó en el género Homo, aún es necesaria más información para comprobar dicha hipótesis. De ser así, sería posible atribuir la evolución del correr como una característica que ayudaba en la búsqueda de comida y en la caza. Entonces, aquellos corredores que tenían una dieta rica en grasa y proteínas sobrevivían, y pasaban sus características físicas a la descendencia.
A pesar de todas las ventajas evolutivas que ha traído el correr, Murakami retoma en su lectura que el maratón no es para todos. Cada quien debe encontrar ese gusto y necesidad de correr. De ahí que no recomiende a la gente que corra. Como argumento menciona que “al ser humano no le cuesta proseguir con algo que le gusta, pero sí con algo que no le gusta”.
Esto tiene relación con lo propuesto por un grupo de investigadores del departamento de ciencias sociales y del comportamiento de la Brown University School of Public Health. En su artículo, publicado en 2016, los autores proponen que las bajas tasas de ejercicio físico entre la población en general son resultado de que los humanos evolucionamos hacia una tendencia de evitar un esfuerzo físico innecesario. El principal argumento que dan es que nuestros ancestros evitaban el gasto energético en actividades que no tenían una función clara inmediata. Correr sin sentido hubiera causado un gasto energético innecesario, reduciendo así las capacidades reproductoras y de supervivencia de los individuos. Argumentan, entonces, que nuestro desagrado por el ejercicio viene dado por nuestra evolución biológica. Habrá que ver.
Existe la posibilidad de que el acto de correr sea tan antiguo como el género al que pertenece nuestra especie. Fueron las necesidades de la supervivencia los factores que contribuyeron a que este comportamiento se convirtiera en un factor decisivo en la evolución de nuestra especie. Y también que en la actualidad sea un placer del que algunos se dan el lujo de experimentar.
Bibliografía:
Bramble, D. & Lieberman, D. (2004) Endurance running and the evolution of Homo. Nature 432, 345-353.
Christensen, D. et al (2014) Normalization of elevated cardiac, kidney, and hemolysis plasma markers within 48 h in Mexican Tarahumara runners following a 78 km race at moderate altitude. American Journal of Human Biology, 26:836-843.
Lee, H. et al (2016) The exercise-affect-adherence pathway: an evolutionary perspective. Frontiers in psychology, 7:1285.
Murakami, H. (2015) De qué hablo cuando hablo de correr. Tusquets.
Interesante articulo, me parece que esta practica tambien surge, como una adaptación a nuestro modo de vida, de alimentación, incluso de trabajo por que la mayoría de los que corremos, comenzamos por mejorar nuestra salud y aliviar un poco la cantidad de stress acumulado, derivado de nuestro ritmo de vida, no me imagino no poder seguir haciendo realizando esta practica que considero liberadora, saludos muy buen articulo.
Te agradezco mucho, Hugo. Concuerdo contigo: correr es una válvula de escape del día a día. Saludos.
Correr es la forma más democrática del deporte recreativo. Sólo necesitas tu decisión, nadie tiene que decir si cumples los requisitos para practicarlo, si tienes el dinero suficiente para el pago de las cuotas y uniformes, ni tampoco estás sujeto a reglas o rituales (poses). A excepción de las limitantes médicas, requieres sólo un pantaloncillo (puede ser viejo, roto, raido, sucio, qué importa), una camiseta ( vieja con hoyos es la más útil) y unos zapatos, eso sí, los mejores posibles para evitar el golpeteo excesivo a las articulaciones, y un campo abierto o las mismas calles de la ciudad. Tu propia mesura es tu límite sano para evitar la fatiga que lastima o lesiona. Qué importa que corras un kilómetro o tres o diez. Las reglas no existen, salvo las médicas. Hemos evolucianado? sin duda; el correr ha contribuido?, parace ser que sí de acuerdo al texto. Yo lo que espero es que el correr sea determinante para nuestra futura evolución. Que nuestra rodillas vayan soportando cada vez un mayor esfuerzo. A pesar de su compleja estructura, las rodillas no han evolucionado como la propia exigencia del ser humano. Cuántas lesiones no hemos visto en futbolistas, tenistas, frontonistas y otros?.
Si revisamos la psicología, un bebé empieza con sus primeros pasos y quiere correr. De ahí el refrán de tú quieres correr antes de caminar. Los primeros juegos con los papás es correterase y esconderse. Los propios chamacos ya creciditos juegan a las carreritas: «nos echamos una carrerita?». El anciano recurda sus corretisas de niño, nunca las olvidan, simpre las recuerdan. En fin, el correr ha tratado de ser corrompido por los que quieren imponer sus criterios de comercialización del deporte y la salud. El correr es en consecuencia, un himno a la libertad, la emancipación metro metro, la subversión al pago de la cuota del gimnasio, del uniforme de marca, del complemento energético, de todos esos inventos para hacer del correr algo cada vez más complejo y menos democrático.