Maldito el día en que los genios del teatro musical supusieron que bastaba con hilvanar un puñado de canciones de un grupo o una época para conformar un espectáculo escénico en forma. No, este comentarista gruñón no le pide peras al olmo. Nunca pretendió encontrar en Mamma Mia!, Hoy no me puedo levantar, We Will Rock You, o Mentiras (quizá el ejemplo más vomitivo de la especie), la intensidad dramática de un Shakespeare, un Ibsen, un Strindberg, un Williams, un Shepard, o una Berman. Las obras musicales, los musicals, son, justamente, espectáculos en los que la música, en primerísimo lugar, el baile, en segundo, y con frecuencia el humor y el sentimentalismo, en tercero y cuarto, tienen lucidores papeles protagónicos. Son divertimentos para estimular los sentidos, el oído y la vista, sobre todo; grandes acontecimientos para estimular el tarareo, atosigar las pupilas y llevar el compás de las canciones con el pie derecho. No mucho más.
Tómese como ejemplo más reciente La era del rock, llamada originalmente Rock of ages, como la rola de los ingleses Def Leppard, representantes de “la nueva ola del heavy metal británico”. La era del rock podría ser un decente catálogo de hair metal de los años 80s, pero ni siquiera, porque mezcla rolas de dulce, de chile y de manteca; canciones contemporáneas, es cierto, pero no de un mismo estilo. ¿Qué tienen que hacer “Harden my heart” de Quaterflash con “Paradise City” de Guns’n’Roses, o “We built this city” de Starship con “Rock you like a hurricane” de Scorpions? Ni %&$# idea.
Lo peor, lo más lamentable de La era del rock, es que, siendo dirigida por Adam Schankman -quien además de ostentarse como realizador se ufana de ser coreógrafo y bailarín- podría ser un divertido reventón de movimiento humano, pero no lo es. Por el contrario, la ausencia de buenas coreografías es quizá el punto más anoréxico de este cojo musical. Hay una secuencia de Catherine Zeta-Jones dolorosamente lamentable. Ésta, quien encarna a la hipócrita y conservadora esposa de un político –algo así como una Tipper Gore esbelta y castaña-, baila en una iglesia al ritmo de “Hit me with your best shot” de Pat Benatar. Patética. Sin gracia. Forzada. Fuera de lugar. Zeta-Jones, Alec Baldwin y el apenas soportable Russell Brand dan pena ajena. Miscast rotundo el de los tres, y peor dirección.
Lo mejor de la cinta son Tom Cruise, Julianne Hough y Diego Boneta. El ex señor Kidman, ex señor Holmes y señor de la Cienciología, encarna con calculado profesionalismo a una estrella de rock en alcohólico, narcisista e inalcanzable declive. Algo así como un Axl Rose verosímil: un dechado de egocentrismo y altanería. Cruise se luce en una enorme tira cómica sin superhéroes. Hough y Boneta, en los papeles de Sherrie y Drew, le dan vida a la septuagésima versión de los ávidos y juveniles buscadores del sueño americano; los rastreadores del éxito que llegan a Los Angeles (ella, desde Tulsa, Oklahoma) en busca de sus sueños; y deben ser meseros, teiboleras o integrantes de una boy band antes de saborear (el lugar común es intencional) las miles del éxito. Hough y Boneta son lindos. Los ojos celestes y las rosadas mejillas de ella, y los caireles y la perfecta barba partida de él, son, también, valores indiscutibles de este filme que, a pesar de su nombre, no hará época.
La música de Def Leppard, Foreigner, Journey, Whitesnake, REO Speedwagon o Night Ranger ha sido, desde hace al menos tres décadas, placer culposo para algunos. Este comentarista levanta con timidez el índice, sale del clóset y musita: para mí también. Pero no hace falta ir al cine (mucho menos a Broadway) para recordarla; para eso están los viniles, los CDs, iTunes y youtube. Toda esta endeble arquitectura argumental con rock stars, managers, reporteras de Rolling Stone, aspirantes a rock stars, dueños de antros (un “Whisky a Go Go” disfrazado de “Bourbon Room”) y censores de la música, no da más que para una aguada farsa que hace ver al Cameron Crowe de Almost Famous (2000) como un inspirado y emotivo recreador de toda una época, y ya sabemos que no lo es. El rock no ha muerto –no morirá jamás-, pero siguen cometiéndose crímenes de lesa humanidad en su nombre. –Jordi Torre
