Buscas en Roma a Roma ¡oh peregrino!
y en Roma misma a Roma no la hallas
—Francisco de Quevedo
Hace 6 meses exactamente, el 22 de marzo del año 2016, tuvo lugar un evento troncal en la historia de la computación, que será visto por nuestros futuros historiadores como un parte aguas en la historia moderna del desarrollo humano. En las salas del Four Seasons de Seúl, Lee Sedol, el mejor jugador de Go del mundo, se enfrentó en un fatídico juego a una máquina. Lee fue derrotado.

El juego de Go es mejor conocido como el ajedrez japonés. Surgió hace más de medio milenio de años, cuando el emperador Yao reinaba sobre la antigua China. El juego consiste en un tablero de 19 por 19 casillas y un sinfín de piedrecillas blancas y negras. La finalidad del juego consiste en dominar una mayor superficie del tablero que el oponente. A diferencia del ajedrez tradicional, las posibilidades del juego de Go son inmensas. Las posibles jugadas ascienden a 10170, para ser exactos, lo cual es varias veces el número de átomos que conforman el universo (éste ha sido estimado en 1080). De ahí que los jugadores profesionales sentencien que este juego se trata de intuición mucho más que de cálculos probabilísticos y también que representara un gran reto para los programadores que trataron de encontrar soluciones clásicas al problema.
Sigilosa y calladamente, varias de las mentes más brillantes de nuestra época trataban de descifrar a este arcano por todo el mundo. Equipos en Suecia, Estados Unidos y Rusia dedicaron décadas a esta laboriosa empresa. Hasta hace poco se creía que las máquinas podrían vencer a los humanos en este juego en 10 o 20 años, como también apunta Emmanuel Ordoñez aquí. Sin embargo, AlphaGo lo logró en apenas unos días. AlphaGo es el nombre que recibe el software desarrollado en Londres que aprendió, por primera vez en la historia, a jugar el ajedrez japonés mejor que los mejores jugadores humanos. AlphaGo usa una mezcla de algoritmos inteligentes que le permiten, cual humano, aprender de cada partida y adversario, y después seleccionar cuidadosamente cada movimiento.
Todos recordamos la metáfora de la brillante persona que ensaya un solitario ajedrez contra sí mismo: tal vez porque está condenando al claustro, tal vez porque no tiene nadie con quien jugar. AlphaGo esta programado para encarnar esa imagen de nuestra literatura. Después de estudiar todas las partidas jugadas en la historia, juega una partida tras otra contra sí mismo, aprende de los errores que comete y se vuelve cada vez más hábil.
Lee no es un hombre cualquiera, sino todos los hombres y AlphaGo no es una máquina cualquiera, sino todas las máquinas. Lo acontecido es significativo porque comienza la historia de los hombres que pierden frente a las maquinas en un ámbito que creíamos estrictamente nuestro.
Ya antes perdimos otras batallas. Somos más débiles que una prensa mecánica, más lentos que un tren, menos precisos que la primera máquina de hilar que ideó Jaquard. Y cada una de esas claudicaciones representa un momento esencial en nuestro desarrollo como cultura. Finalmente las máquinas son nuestras y nosotros de las máquinas. No es que hoy seamos dependientes de la tecnología moderna, es que siempre lo fuimos de la antigua. No dependemos más del internet ahora de lo que antes lo hicimos de la locomotora, la forja o la agricultura.
Sin embargo, la derrota de Lee es distinta. Era entendible que las máquinas fueran más rápidas y más fuertes. Lo era también que calcularan con mayor velocidad una serie de operaciones matemáticas secuenciales. No nos sorprendió tanto ver que Deep Blue de IBM sometería a Kasparov en aquella partida de ajedrez. Sin embargo, en este caso, las máquinas demostraron su superioridad en un ámbito que se creía estrictamente reservado para la inteligencia humana: la intuición.
En la teoría de la computación y en la filosofía de la mente se disputa otra incógnita desde hace mucho tiempo: ¿es posible que una máquina piense? El debate es sumamente técnico y complejo, pero casi todos, cuando se trata de ser sinceros, admiten que si bien no es conceptualmente imposible, estamos muy lejos de la verdadera Inteligencia Artificial. Parece que Emmanuel Ordóñez está de acuerdo con esta tesis. En su texto La mirada del robot: la consciencia de la tecnología discernió sobre la posibilidad de que una máquina sea consciente. En aquel texto el autor toma el caso de AlphaGo y Tay, un robot de Microsoft que simula una pequeña adolescente que interactúa en las redes sociales, como ejemplo del éxito de la inteligencia artificial moderna y posteriormente analiza si estos ejemplos satisfacen distintas definiciones de conciencia como las propuestas por Nagel, Sartre, Turing y Tononi. Al final el autor concluye que estas máquinas están lejos de ser plenamente conscientes.
A diferencia de mi colega y su erudita revisión de la literatura filosófica contemporánea, yo sostengo que la importancia que plantea la derrota de Lee no radica en su aportación a esta discusión, sino en que nos obliga a pensar de qué manera cambiará nuestra cultura cuando las máquinas resuelvan los problemas que ahora no pueden resolver. Mi lectura de la derrota de Lee no es entonces un capítulo más en los anales de la filosofía de la mente, sino en nuestra historia cultural.
Finalmente hay que recordar: la cultura no es estática. Heráclito lo sentenció con certera precisión hace 3,000 años, justo cuando Zuo Zhuan registraba por primera vez el juego de Go: sólo lo fugitivo permanece y dura. Y nosotros sólo somos lo que somos en medida que nos encontramos deviniendo en algo nuevo. La derrota de Lee, que es la derrota de todos los hombres, es entonces la victoria de todos los hombres.
Dedicado a JS y DT.
Me encanta cómo escribes.
¡Muy interesante! Llevar la reflexión más hacia el lado de la filosofía de la tecnología que al de la filosofía de la mente, es una buena forma de hacer hincapié en la relevancia de este hecho. Relevancia que seguramente no podemos ni siquiera sospechar, por la forma en que la potencia de la tecnología misma rebasa hoy en día nuestra capacidad de imaginar (¿era Günther Anders el que decía eso?). Un saludo afectuoso, colega.
La victoria de Flash Go es a todas luces un evento trascendental para la historia de la tecnología. Es indudable la necesidad de detenernos a reflexionar sobre esta situación que en veces pasamos por alto.
Excelente nota.