La dama de oro de Gustav Klimt es uno de los retratos más famosos del siglo XX. La historia detrás de este retrato, develado en 1908 en Viena, es compleja y se refleja en detalles tan simples como el título. Su nombre popular, La dama de oro, no es más que un intento genérico por encubrir el pasado turbulento de Austria, la potencia cultural europea del fin de siecle. El verdadero título de la tan disputada pintura es Retrato de Adele Bloch Bauer I, el primero de dos retratos que Klimt pintara de una aristócrata judía miembro de una familia prominente de la élite cultural vienesa. Tras la muerte de Adele, este cuadro modernista inspirado en los mosaicos bizantinos de Rávena, cambió de manos de manera violenta. La obra que –según el testamento de la modelo– en principio sería donada al museo Belvedere con el fin de compartir el genio del pintor vienés más popular y escandaloso de principios del siglo XX, fue arrancado de las paredes de la casa de la familia de Adele Bloch-Bauer en 1939 por oficiales nazis. Ésta y muchas otras pinturas de Gustav Klimt (incluyendo el segundo retrato de Adele), así como de otros artistas austriacos, fueron robadas por el gobierno de Austria bajo el mando de la SS. La relación entre Austria y el régimen nazi fue poco clara por mucho tiempo, enterrada bajo el velo de inocencia tan frecuente durante la Segunda Guerra Mundial: “Estábamos siguiendo órdenes”. Austria, por mucho tiempo autoretratada como “la primera víctima de los nazis”, en realidad fue partícipe voluntaria y activa del Tercer Reich y directamente responsable de la destrucción, desaparición y robo de miles de obras de arte, entre otras cosas. El Retrato de Adele Bloch-Bauer I de Gustav Klimt sobrevivió a la guerra y se ha convertido en un símbolo de memoria histórica, de la necesidad de revisar el pasado y mirar debajo de los documentos y la burocracia que rodea al arte en todo el mundo.

Las leyes de la restitución de arte e indemnización para las víctimas de la Segunda Guerra Mundial que el gobierno austriaco comenzó a modificar a mediados de la década de 1990 (en un intento fallido por mostrar una cara más amable al mundo), abrieron una puerta que muchos herederos en el exilio creían completamente clausurada. La más famosa de éstos es la ahora difunta Maria Altmann, sobrina de la mismísima Adele Bloch-Bauer, quien, como muchos judíos en Austria, se vio obligada a abandonar su hogar para salvarse de una muerte segura. Esta puerta no sólo trajo consecuencias a nivel personal para las partes directamente involucradas, sino que provocó una revisión histórica que terminó por derrumbar, de manera pública y definitiva, el mito de que Austria hubiera sido la primera víctima del Tercer Reich (en una situación similar a la de Francia, país invadido, violado y saqueado por Alemania durante la guerra).
A mediados de 1990, María Altmann inició el proceso legal para recuperar las pinturas de Klimt de la colección Bloch-Bauer. Este caso, por supuesto, generó todo tipo de preguntas: ¿a quién le pertenece esta pintura? ¿Se puede siquiera hablar de pertenencia legítima cuando se trata de una pieza fundamental del patrimonio artístico y cultural de una nación? ¿Se puede olvidar el hecho de que la pintura fue adquirida por dicho país bajo engaños y coerción? ¿Se puede pasar por alto la hipocresía de las esferas de poder austriacas, quienes durante mucho tiempo censuraron y tacharon el trabajo de este artista como “degenerado”? Cada temporada de premios, de manera casi religiosa, la industria del cine estadounidense presenta nuevas películas que tratan, directa o tangencialmente, a la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, era cuestión de tiempo para que la historia del Retrato de Adele Bloch-Bauer y su heredera en busca de justicia, terminara en la pantalla grande. Esta semana se estrenó en salas mexicanas La dama de oro, película que retrata un fragmento de esta historia de arte y restitución.
La película, dirigida por Simon Curtis (Mi Semana con Marilyn, 2011) y producida por Weinstein Company, plantea preguntas sobre pertenencia, legalidad, herencia y patrimonio cultural de una manera simple pero contundente. Tras la muerte de su hermana Luise, Maria Altmann, anciana aguerrida interpretada en el filme por la celebrada actriz Helen Mirren, decide asomarse al pasado de la familia e intentar recuperar las pinturas de Klimt de sus tíos. Para ello, busca la ayuda de un joven y ambicioso abogado estadounidense de raíces austriacas, Randol Schoenberg (Ryan Reynolds), nieto del famoso compositor. La película se concentra, en gran medida, en retratar a esta pareja improbable durante su viaje burocrático a través de los archivos del museo Belvedere en Viena, las ventanillas de las instituciones encargadas de las reclamaciones para la restitución del arte robado durante la guerra, reuniones explicativas con su único aliado austriaco, Hubertus Czernin (Daniel Brühl, siempre un acierto), y demás situaciones poco dignas de una cinta de acción. El interés se encuentra en la relación atropellada entre la adorable, estricta y tradicional anciana austriaca, y el joven y emprendedor –más estadounidense imposible—abogado. Su relación, sus motivos encontrados, sus diferencias de opinión y el inevitable choque generacional, son el eje central de la cinta.

Mirren interpreta a una Maria Altmann sin pelos en la lengua, juzgona pero con un inquebrantable deseo de justicia. Muchos de los diálogos de Maria tienden a la caricatura, sin embargo, en varias ocasiones logra sacudir –tanto a sus interlocutores ficticios como a la audiencia real– con palabras de verdad aplastante. Aunque la narrativa general se construye de manera lineal, algunos fragmentos desatados por estímulos en la memoria de Maria, permiten ver la Viena del pasado, la ciudad dorada y vibrante por la ópera, el vals, la crema batida y el chocolate, que el crítico cultural Stefan Zweig retratara en El mundo de ayer antes de suicidarse en el exilio al final de la guerra. A través de estos flashbacks, el espectador puede conocer el pasado de Maria, su vida en familia y la importancia del retrato de su tía Adele, así como la invasión, las consecuencias del Anschluss, la unión entre Alemania y Austria, y el deterioro de la élite cultural judía tras la llegada del régimen nazi.
Por supuesto, resulta imposible retratar una historia tan compleja en 109 minutos. El resultado es una película hasta cierto punto reduccionista, pues se limita a mostrar una sola cara de un problema multifacético que no se limita a este caso particular, sino que puede extrapolarse a la manera en que la historia se escribe a conveniencia. Por cuestiones dramáticas y de síntesis, la película no entra en muchos detalles. El filme de Curtis se adhiere a la estructura de cine Hollywoodense donde los buenos son buenos y los malos son malos. La cinta no deja puntos grises, sino que convierte un enredado pasaje histórico en una lucha en blanco y negro. Hace un marcado énfasis en la legitimidad de la demanda de Maria en contraste con la negativa absoluta por parte del gobierno austriaco de aceptar su responsabilidad y admitir su participación activa en el encubrimiento de los crímenes cometidos contra la familia Bloch-Bauer con el fin de conservar a toda costa su pintura más icónica. Ryan Reynolds y Helen Mirren no son héroes de acción, sino dos personas comunes y corrientes que lograron sacudir el sistema legal de una nación hasta los huesos, sentando bases de gran importancia para la indemnización de las víctimas de las guerras y la restitución de las propiedades de quienes han tenido que empezar de nuevo en un país ajeno.
Esta año la editorial Vaso Roto publicó en español La dama de oro, una investigación periodística novelada escrita por la periodista estadounidense Anne-Marie O’Connor, quien en su momento se encargó de cubrir el caso de restitución de la obra para L.A. Times y sostuvo una serie de entrevistas con todas las partes involucradas, principalmente Maria Altmann y el resto de la familia Bloch-Bauer, herederos legítimos de las pinturas de Klimt en disputa. Por su enfoque periodístico, esta novela no sólo contextualiza a profundidad, sino que retrata de manera más objetiva los sucesos que llevaron a la restitución de los dos retratos de Adele y tres paisajes de Klimt a los herederos de Adele y Ferdinand Bloch-Bauer, cuyo destino final se determinó en una de las subastas más exitosas de este siglo en Estados Unidos. A diferencia de la película, el libro procura mantenerse dentro de una escala de grises y permite ver todos los lados, las motivaciones e intereses escondidos de quienes participaron en las distintas etapas de esta compleja historia.
Durante décadas, el Retrato de Adele Bloch-Bauer I, la Mona Lisa austriaca, no fue más que una mujer anónima en la pared del museo Belvedere en Viena; una belleza sin nombre entre las muchas modelos que Gustav Klimt pintara durante su prolífica carrera. Hoy, Adele tiene nombre y cuelga en una galería especializada en arte judío en Nueva York. Como el resto de su familia, Adele también terminó en el exilio, lejos de aquella Viena que murió con los bombardeos de los aliados y la obsesión de Hitler con la ciudad que lo rechazó cuando era un joven aspirante a artista. A diferencia de otras cintas de arte enfocadas en la vida y genio de un artista, La dama de oro se concentra en el valor adquirido de una obra, el poder del arte como símbolo y lo dispuesto que está un gobierno para aferrarse a una mentira y evitar que los crímenes de sus ancestros –muchos de ellos impunes—salgan a la luz. Si la película logra algo, es abrir el apetito para conocer con mayor profundidad los detalles de una historia que redefinió el negocio y la burocracia del arte.