Crisis política, económica, financiera, cultural, emocional, crisis de las instituciones, de la Iglesia, de la familia, del arte… Nadie se salva. Hoy, con tranquilidad pasmosa decimos que estamos en crisis y que ese es, sin grandes remedios, el modus vivendi de nuestras sociedades contemporáneas.

En crisis están la mayoría de las cosas que componen nuestro mundo que, a pesar de conformar un mosaico bastante variado, comparten un denominador común: en todas hay “algo” que no funciona, algo está mal. No en vano, cuando se piensa en una crisis, ésta se relaciona con una dimensión negativa que involucra no sólo desconcierto, sino también extrañeza profunda. Detrás de ella hay un futuro imprevisible que nos aterra. Ya lo han dicho varios pensadores: lo que verdaderamente nos inquieta es lo radicalmente otro, aquello que ni siquiera somos capaces de imaginar.
En este sentido, “crisis” refiere a un universo completamente desconocido. No obstante, en sus orígenes griegos, krisiō alude a eso que ignoramos pero también a una situación en la cual ocurre cierta coyuntura de cambios. Cambios que al momento de estar aconteciendo no tienen ningún tipo de evaluación. No son sucesos positivos ni negativos, simplemente son, ocurren, pasan. No es un estado de las cosas, una forma de ser de las personas, de las instituciones, ni del mundo, sino sencillamente una serie de transformaciones.
Si se piensa a la crisis como un evento que sucede y no como un modo de ser determinado, se pasa, entonces, de un escenario pasivo a uno activo en donde el protagonista tiene el poder de decidir la determinación que se le imprime a esa coyuntura de cambios. Se escinden así dos posibilidades antagónicas. De una lado, aquella que presenta la crisis como un designio divino, un capricho del destino, o una mala jugada de la fortuna de la que muchas veces es imposible salir aunque las terapias apuesten por lo contrario. Por el otro lado, se erige la idea de crisis como una elección que no “pasa” por encima de nadie, sino que alguien decide cruzar. Aquí, el protagonista se convierte en un agente activo cuya participación es fundamental y quien no sólo no corre de esas coyunturas, como sucede en la concepción tradicional, sino que las busca.
Esta búsqueda de la crisis es, quizá, el impulso creador más genuino que existe. Prueba de ello son la ciencia y la filosofía, dos prácticas sistemáticas de esta actividad. Los filósofos franceses Gilles Deleuze y Féliz Guattari lo explican señalando que la filosofía —aunque también se podría hablar de las matemáticas, la física, la química, etc.—, es el arte de inventar conceptos cuyo fin es fomentar nuevos problemas. Éstos no pretenden renunciar al conflicto sino que, por el contrario, lo buscan incansablemente, pues sólo así es posible idear nuevas encrucijadas que ponen en duda las formas a través de las cuales se imagina al mundo.
Para Deleuze, la verdadera libertad reside en el poder que una persona adquiere cuando decide constituir nuevas crisis y nuevos conflictos. Evidentemente, ello no quiere decir que se hable de una actividad sencilla. En absoluto, asumir que la crisis es necesaria para la creación del pensamiento implica el rechazo de los lugares comunes, las zonas de confort y los finales ensayados. Implica, además, un universo de tensión e incertidumbre, en el que, a manera de un serio divertimento, se arriesga todo.
Ahora bien, si del terreno de la filosofía se pasa al de la literatura, el gusto por el conflicto sigue latente. En el mundo de las letras, los cuentos de Julio Cortázar, por mencionar un caso icónico, no son sino el cultivo de problemáticas inesperadas que ponen a prueba las respuestas hechas, que buscan el choque de coyunturas a favor de la experimentación para así poder renunciar al mundo que se tiene construido mientras se busca edificar uno distinto. Lo mismo pasa en la poesía. Ese es el trasfondo de los juegos de palabras, las asociaciones inesperadas entre términos disímiles, las atribuciones contradictorias y las combinaciones de imágenes antes totalmente ajenas.
Italo Calvino cuenta que en una ocasión se encontró con un colega que, totalmente abatido, le dijo que se encontraba en una crisis. Llevaba días sin poder escribir una palabra. Calvino le contestó: “Me alegro”. Aquello no era una broma, cuenta el escritor, sino un gusto legítimo. Sólo en las coyunturas que hacen tambalear nuestra relación con el mundo, nos damos cuenta de que hay algo que falta y que antes no nos habíamos percatado. Quizá ya va siendo tiempo de dejar de huir de las crisis y, como Calvino, asumirlas con genuina alegría.
DELEUZE Gilles & Félix Guattari, ¿Qué es filosofía?, Barcelona, Anagrama, 1993.
DELEUZE Gilles & Félix Guattari, Rizoma (Introducción), Valencia, Pre-Textos, 1997.
DELEUZE Gilles, Diferencia y repetición, Buenos Aires, Amorrortu, 2002.
CALVINO Italo, Punto y aparte, Madrid, Siruela, 2013.