La Ciudad de la Onda

En este ensayo, Daniel Escoto analiza las representaciones de la Ciudad de México como epicentro de la corriente sociocultural de la Onda, a través de la literatura de José Agustín, Parménides García Saldaña y Gustavo Sáinz.


Cuando decimos “la Onda” estamos invocando, en realidad, tres cosas: la literatura designada como “de la Onda” por Margo Glantz, la Onda como una corriente sociocultural juvenil y el lenguaje de la Onda. Las tres se anudan en un solo mundo: la Ciudad de México en la década de 1960.

La literatura de la Onda dedicó varias de sus páginas a representar la capital: sus zonas, puntos de encuentro y, por supuesto, sus tipos sociales. En su talante de movimiento, la Onda es parte de las metamorfosis, desigualdades y tensiones que sufre la metrópoli durante los sesenta, engramadas en un habla tan extensa y arraigada que, después de medio siglo, pervive por lo menos de forma parcial en la cotidianeidad de México. Su vocabulario, aparente derivación de jergas fronterizas y carcelarias, estriba en un auténtico juego: trastoca palabras (algodónalgo), abrevia (depa departamento), sustituye (lámina auto), invierte sílabas (johihijo) y es metafórico o elusivo al hablar de las drogas (conectar — conseguir drogas, caerle al cerrote — ir a probar hongos a Huautla) y la sexualidad (tortear, parchar, piel).

El propio concepto de “onda” es polisémico, aunque existe un vocablo fundamental que Monsiváis y otros observadores de la época identificaron como su término antagónico: fresa. Al centro de la red conceptual ondera está la dicotomía entre Onda y fresa: lo actual, arriesgado y jovial versus lo conformista, reaccionario y avejentado. Por su parte, en la palabra fresa se superponen, de manera sintomática, varias acepciones: puede referirse a ser puritano en las costumbres (incluidas las eróticas, de gustos musicales o de consumo de sustancias) y también a tener una posición afluente y, por ende, estar libre de los peligros de la vida.

Parménides García Saldaña describe estas pugnas en su ensayo de 1970 En la ruta de la onda. Desde su visión personal, la clase media de la Ciudad de México había experimentado una conversión a partir de observar estratos más bajos. En los años cincuenta, las pandillas de las colonias populares habían desarrollado una cultura propia regida por un estereotipo de virilidad enérgica y misteriosa. Tal figura atrajo al joven clasemediero, quien por la asfixiante tradición católica no gozaba de tanta libertad ni  le era suficiente la mesada para igualar el alto capital adquisitivo (y por lo tanto, sexual) de un joven adinerado. De tal forma, en un pronunciamiento de rebeldía, en colonias como la Narvarte se asumieron formas de habla barrial, que con sus palabras “secretas” aludían a actividades iniciáticas de la juventud, como fumar mariguana y buscar aventuras amorosas. La paulatina creación de esta cofradía ondera fue acompañada por un seductor ingrediente venido de fuera: primero el rocanrol y luego el rock.

Esta narrativa social de García Saldaña —falocéntrica, por decir lo menos— subyace en su importante novela Pasto verde, publicada en 1968. Relata las ensoñaciones psicodélicas del joven mexicano “Epicuro” y sus amigos. El escenario es una Ciudad de México que, siendo de por sí abigarrada, se moldea a las fantasías burlonas del narrador. Se trata de una capital que, al igual que el protagonista, es epicúrea: el placer es su meta. Entre otros divertimentos, los personajes podrán escabullirse a una fiesta hawaiana en una mansión en el Pedregal; comprar entradas en el Teatro Esperanza Iris para una noche rocanrolera con bandas como Los Floreros Despostillados o Las Mague Yets; o bien, darse una escapada erótica al Desierto de los Leones. “¡Chao Tlaloc te portas bien!”, gritarán desde la ventana del auto cuando pasen frente al monolito sobre Reforma. Pero siempre volverán, a regañadientes, a sus hogares burgueses en la Narvarte, rebautizada con acidez por el autor como la “Colonia Medianía”.

Otra novela trascendente, Gazapo de Gustavo Sáinz, también involucra desplazamientos por ese espacio citadino aunque en tesitura y temporalidad distintas. Publicada en 1965, esboza la era previa a la explosión psicodélica. Como libro, parece inscribir a la literatura de la Onda en una suerte de continuidad con respecto al modernismo, siempre fascinado por las ciudades en su carácter de territorios seductores, melancólicos e inaprensibles. El inicio de Gazapo ocurre en el Sanborn ‘s de la calle Lafragua, a un paso del monumento a Colón. El restaurante de cadena, con su ambientación penumbrosa y su café inagotable, es el primero de los varios hitos y referencias visuales urbanas mencionados en la narración, algunos sólo fugazmente. Inmersos en la lánguida calma de las zonas residenciales, figuran el Junior Club en la Hipódromo Condesa, la fábrica de Jarritos sobre la avenida José María Rico y el Parque Hundido. Estandarte del funcionalismo citadino, se yergue el Centro Urbano Presidente Alemán; y al manejar por Insurgentes Sur, se avistan los helados Yom-Yom. En el centro de la ciudad —al que la clase media sigue llegando sin imprevistos en camión— están la Librería de Cristal en la bella y hoy desaparecida Pérgola de la Alameda, el Teatro Hidalgo entonces nuevo, y para los trasnochados, el Teatro Tívoli en sus últimos días.

A la par de estas vistas de gran angular, figuran las minucias que delatan el peculiar sistema de vida capitalino de aquellos años. Ejemplos: el jugo “de siete frutas” que uno de los personajes ordena en el Sanborn’s (por cierto aún presente en su menú); el disco con la cursi música de Ray Conniff, quintaesencia de la generación de los padres pero presente en una reunión juvenil; o la precaria lancha que uno de los personajes renta cuando se va “de pinta” a remar a Chapultepec.

Ilustración: Izak Peón

Hacia el final del relato hay un largo trayecto vial. Al ser una novela citadina, ésta es de igual modo una novela de automóvil. Las absurdas vueltas que los personajes dan por la ciudad, apretujados en los asientos, asemejan a la obsesiva rotación de la trama sobre su propio eje. Si Pasto verde es una especie de magma delirante en que el lenguaje se genera casi sin control, Gazapo está construida a través de itinerarios e instantes repetidos hasta el infinito. En ellos, el habla adolescente es protagonista, ya bien reproduciéndose en largas conversaciones al teléfono –inalienable derecho de cualquier adolescente– o en monólogos registrados por una grabadora.

Una tercera novela, de prosa más contenida que las otras dos, y ordenada a manera de crónica minuciosa, da también cuenta de esta ciudad. De perfil de José Agustín, publicada en 1966, fotografía esa etapa intensa y extraña que las personas suelen recordar como la antesala para empezar a vivir realmente. El primer giro del habla en el libro, y quizá el más significativo por extrañamiento, es el del narrador refiriéndose a sus padres no con los apelativos “mamá” y “papá”, sino Violeta y Humberto, sus nombres de pila. ¿Lleva este gesto la exasperación de los hijos con sus mayores o más bien encierra una suerte de ternura? Tal incertidumbre coexiste con tantas otras encrucijadas en el camino de este narrador que está en el paso de la dorada jaula de la secundaria privada (“Adiós, colegio Simón Bolívar, ahí nos güevos para siempre”, dice el personaje Esteban sobre su propia ex escuela) al territorio más intrincado de la preparatoria nacional.

Aquí el principal escenario será también la colonia Narvarte con sus muros azulejados, sus palmas y una población de jóvenes favorecidos por el desarrollismo mexicano. En interminables días (semejantes a los de Gazapo) se cumplen los rituales de clase: con la familia se hacen las compras en el Puerto de Liverpool o bien en Woolworth de Insurgentes; cuando el padre de alguno se ausenta, se extraen las llaves de la cava para tomar su alcohol y hojear revistas para adultos; por las tardes, sorben Coca Cola en cafés cantantes, como el ficticio pero verosímil À Glu Glu Escubidú.

Y es que la condición de medianía de los habitantes de esta colonia, tan señalada por García Saldaña, resulta idónea para mostrar los dilemas generacionales. “A Narvarte sólo se va al Club Juvenil y a echar desmadre”. Esta es, al mismo tiempo, una colonia ondera y fresa. En ella se suspira por un entorno social más libre y sintonizado con la década; pero también la comodidad del entorno invita al conformismo. En medio de la rutina narvartense, hay una batalla donde están en juego las reglas a futuro: el pacto que tarde o temprano tendrán que hacer los baby boomers capitalinos con el legado de sus momias, es decir, de sus padres. No es cosa menor.

En suma, la sociedad clasemediera que vendrá, con todas sus contradicciones, se entrevé en el sopor de esas tardes adolescentes. Con De perfil, José Agustín le regalaría un fugaz retrato sardónico aunque cariñoso a esa gente y esas calles. Así, exasperados pero enternecidos, él y otros jóvenes escritores habrán refundado, por pedazos y a su manera, la urbe con un nuevo lenguaje. Captada por la literatura, aquella ciudad se mantendrá siempre nueva para nosotros.

 

Daniel Escoto
Escritor e investigador. Es maestro en Historia del Arte por la UNAM y doctor en Comunicación por la Universidad Iberoamericana.

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Publicado en: Ciudad de libros

Un comentario en “La Ciudad de la Onda

  1. Por fortuna la vida social y cultural suele ser mucho más compleja y poliédrica, crecí en el primer cuadro de la CDMX (antes DF) y fuí testigo (y en algún momento partícipe) de las batallas campales de las palomillas no sólo de algún barrio contra otro barrio, o de alguna colonia en contra de otra, sino, asimismo, de una calle en contra de otra. Los territorios se cuidaban celosamente siendo el zaguan el epicentro de toda una gama de prácticas y rituales por parte de “las chavizas” y se debían, sin exepción, respetar a su vez por “las chavizas” ajenas. Crecí en lo musical no solamente con las grandes rolas de los Beatles y de la llamada “Ola Inglesa”, también abrevé de los Boleros y de lo que genéricamente dio en llamarse “lo Tropical” y si bien mi generación barrial no supo o pudo expresarse a partir de las letras o la escritura, si supimos y si pudimos expresarnos corporalmente por medio del “Dancing” y de los “Tibiris” con las tandas musicales y “Salseras” de los sonideros más connotados de los Barrios de tradición bailadora. Y sí, también entramos en contradicción y en desacuerdo con las tradiciones, gustos y costumbres de “los papás” (en esa noción se ha incluído a las mamás) y en lo particular ante su música considerada por nosotros vieja y pasada de moda; antepusimos los ritmos y sonidos de Cuba, Puerto Rico y las Antillas (con nuevos arreglos y armonías jazzísticas y producidas en New York) denominadas mercadotécnicamente como “Salsa”. Músicas y sonidos, que por cierto, al dís de hoy han anidado en los gustos de más amplios sectores clasemedieros…

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