La ciudad de Élmer Mendoza: un libro de Jordi Canal

Un nuevo ensayo sobre la literatura de Élmer Mendoza revela que la novela del narcotráfico no puede ser un género. La narrativa de Mendoza, al menos, es noir y fundamentalmente urbana, heredera y transmisora de una cultura popular, musical, barrial, transfronteriza.

Como toda creación humana, las ciudades cambian con el tiempo. Pero, aún en un mismo tiempo, la experiencia y la mirada las reinventan, o mejor: las recrean. Eso lo sabe muy bien Jordi Canal, profesor de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París que reconoce, gozoso, haber sido flechado por México y por Culiacán. Su libro Vida y violencia. Élmer Mendoza y los espacios de la novela negra en México (Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2020), tiene la singular virtud de ser una mirada de miradas. La mirada del degustador de novelas, la mirada de quien percibe la ciudad desde alguna afortunada extraterritorialidad y, last but not least, la mirada del historiador.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Su interés, por lo mismo, tendría que tocar al lector o lectora de la obra del novelista Élmer Mendoza, al estudioso o la estudiosa de la violencia en México, Sinaloa o Culiacán, a quienes gustan del enfoque comparatista en la crítica literaria, a los investigadores que incursionan en la historia de los espacios, a quienes buscan aproximaciones a la literatura y al mundo que traspasen rígidas mojoneras disciplinares. Si de algún modo tuviera que definir la obra de Jordi Canal, sería, justamente, como un diálogo cruzado, una expresión que le escuché al propio Élmer Mendoza cuando compartimos caminos en la promoción cultural a principios de los ochenta. Preocupado por tender puentes entre la creación literaria y la histórica, Élmer propuso, entonces, aquellas charlas que iban de la memoria histórica a la memoria de la literatura. Sólo así, dice ahora Jordi Canal, podrá restituirse a la historia su imaginación moral y a la literatura su apertura a las visitaciones de lo real. Sólo cruzando esos puentes podrá reivindicarse para ambas su responsabilidad, su compromiso con la búsqueda del significado, ese propiciar la entrada al sentido del que tan carente está el mundo hoy en día.

El libro recorre una andadura a lo largo de la cual, en cada trecho, se descubren parajes desbrozados por el hábil explorador que es Jordi. Soy culichi, nací en esta tierra y he vivido en ella la mayor parte de mi vida y, sin embargo, la lectura de Vida y violencia me descubrió otros sinaloas, otros culiacanes. Soy también lector de la obra de Élmer Mendoza, aunque nunca había reparado en la manera en que, en su narrativa, todas las ciudades se parecen a Culiacán. Acaso sea la familiaridad con los pasajes, las tramas y los personajes del autor culichi lo que me había impedido apreciar los rasgos que Canal resalta en su fresca, por recién habitada, percepción.

Uno de ellos, el que permite salir del encasillador estereotipo: la literatura del narcotráfico no es un género, y si a alguno pertenecen las novelas de Élmer es al noir, precisamente el nombre del primer capítulo del ensayo de Jordi Canal. Un segundo rasgo es el de la complejidad de un espacio, Culiacán, quirúrgicamente examinado por el autor, concebido como el ombligo de un mundo literario y otro extraliterario con la misma legitimidad con la que Vicente Quirarte, Gonzalo Celorio, Rafael Pérez Gay o Juan Villoro lo han hecho con la Ciudad de México en su narrativa de ficción o en su crónica, y de eso se ocupa el segundo capítulo, “Culiacán, centro del mundo”. Hay otra nota sobresaliente que alude a algo que uno no siempre advierte en relatos como los de la saga del detective Édgar, el Zurdo Mendieta, y es la música: la musicalidad de la prosa en su elmeriano estilo y la musicalidad del personaje que es el Zurdo y que es Élmer Mendoza, el creador que se desdobla en su creación. No sólo la voz constipada del cantor de narcocorridos, deplorada por el personaje, sino la marca generacional de un autor, Élmer, setentero a más no poder. Un escritor y un protagonista novelesco que escuchan aquel rock y pop inglés y norteamericano, aunque Élmer (a diferencia del Zurdo Mendieta) también se complazca en la escucha de algún corrido y, sobre todo, de la banda sinaloense. Esa música es la de otro Culiacán y otros culichis, contemporizadores con la violencia, la ciudad, su desarrollo y su latente riesgo desde hace rato ligado al narcotráfico, y de eso trata el tercer y último capítulo del libro de Jordi Canal, “¿Quién dijo odio los grupos con nombres de fieras?”.

De la remisión inevitable de las novelas de Élmer a los tiempos y espacios de sus culiacanes, da cuenta el breve epílogo escrito por él mismo para el libro:

escribiste una pieza —le dice Élmer a Jordi— en que demuestras que mi obra tiene mucho que ver conmigo, con mi historia personal; con la historia de mi ciudad que es un paisaje sensual en que muchos pueden encontrarse a sí mismos. Culiacán tiene un encanto atroz que subyuga, que es punto de partida y llegada y que es muy difícil ignorar. Te detienes en mi época, en ese líquido amniótico en que se mueven mis personajes como peces antilorquianos a los que nada ni nadie sorprende.

Y es cierto, en esa búsqueda reside, en buena medida, el quid del significado; ese tendría que ser uno de los presupuestos de la tarea del crítico y del historiador que no se limitan a explicar sino interpretan, se fletan en la pesquisa por el sentido.

El Zurdo Mendieta reside en la Col Pop, el mismo lugar en que vivió su niñez y adolescencia Élmer. Col Pop (Colonia Popular) o Col Ros (Colonia Rosales) eran maneras en que los jóvenes urbanitas de las clases populares designaban a sus barrios en los setenta en Culiacán y el noroeste de México: eran cholos, una transmutación del pachuco de los estados fronterizos con Estados Unidos en los cincuenta y sesenta. Cholos, se autodenominaban mexicanizando el californiano Show Low: el espectáculo lento, la vida lenta del take it easy; “Llévatela calmada, carnal”. Eran los cholos antes de los narcos, los del tiro derecho y a mano limpia, a puño bichi y no a pistola empuñada, esos que templaban el metal de sus navajas o sus manoplas escuchando a Credence Clearwater Revival, con sus códigos de honor muy urbanitas y sus sublenguajes que comparten el Zurdo y Élmer, ese par de sujetos que ahora lidian con la desaparición de las viejas identidades barriales y la marea avasalladora del narcotráfico, su esperanza oscura y su impronta física en las casas de sincrética arquitectura, los panteones o los cenotafios citadinos.

Desde las primeras páginas de su ensayo, ya conociendo parte de la producción literaria elmeriana, Jordi lo dice diáfanamente:

Cuando llegué a Culiacán, en 2010, mi interés por la obra de Élmer Mendoza se redobló. La ciudad real, o mejor dicho extraliteraria, se fundía finalmente en mi cabeza con la de papel. Me sorprendió comprobar que ya conocía, en buena medida, a su gente antes de relacionarme con ella, los olores y colores de la ciudad antes de olerlos y verlos, su habla característica antes de escucharla, sus calles antes de pasearlas y sus comidas antes de probarlas por vez primera.

A los lectores de Jordi Canal, esto no nos resulta extraño pues conocemos su opinión ya consolidada desde hace tiempo:

Pienso que para la época contemporánea la novela es el gran género de los individuos, donde vemos por qué la gente hace cosas y se mueve. De ahí podemos aprender a imaginar cómo podían haber sido esas personas del pasado, porque los historiadores no podemos inventar […]. También creo que los literatos pueden aprender de los historiadores, porque de la literatura no se pueden sacar datos, pero sí maneras de entender la vida.

Con Vida y violencia. Élmer Mendoza y los espacios de la novela negra en México, estamos ante un trabajo de crítica cultural de alta gama; ante una crítica responsable, respetuosa pero interpeladora y plagada de conjeturas. Un ejercicio crítico que es también un ejercicio creativo, de esos que no abundan en la investigación histórica, sociológica o antropológica, y aún en la crítica literaria contemporánea, tan dada a la mera reseña cuasisolapera y destinada a la mesa de novedades, al análisis formalizador o a la interpretación sin fin de un deconstruccionismo abstruso que se niega a arriesgar suposición alguna de significado.

Jordi se aventura en el flujo de la literatura elmeriana y en el del Culiacán literario y real. Lo hace buscando el sentido, explicando y comprendiendo a esos culiacanes (y sí, también su violencia) sin agarrarlos por el pescuezo como lo hace la prensa exclusivamente ocupada en vender productos noticiosos. ¿Son esos culiacanes escenarios violentos, son las novelas de Élmer Mendoza narraciones sobre la violencia delincuencial y el narcotráfico? Sí, parece responder Jordi Canal, sin duda son eso: pero son mucho más que eso.

• Jordi Canal, Vida y violencia. Élmer Mendoza y los espacios de la novela negra en México, Zaragoza, Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2020, 292 p.

 

Ronaldo González Valdés
Sociólogo y ensayista, titular de cultura de Sinaloa (1999-2008). Su último libro publicado es Dispersa andadura (Secretaría de Cultura-ISIC, 2018).

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Publicado en: Ciudad de libros