La burguesía en su celebración

La deuda novelística que existía con un segmento de la clase media mexicana, considera el autor de esta reseña, ha sido liquidada por Miguel Cane en Todas las fiestas de mañana. El resultado es un relato íntimo cargado de celebración y denuncia.

Car il est bien vrai que les pauvres ont le droit de croire
qu’ils ont plus d’esprit que nous autres riches…
Valery Larbaud, “A. O. Barnabooth”

Hacia 1935, José Ortega y Gasset anotó que no había “aventura capaz de interesar a nuestra sensibilidad superior”. Hablaba de las novelas del siglo XIX frente a las de su propio tiempo. Borges lo refutó y lo inculpó de incurrir en una mistificación, cuyos pormenores no vale la pena traer a colación. La “mistificación modernista” ha recaído por fortuna; y sin embargo otra —¡ay de mí!— aún permanece entre nosotros.

La mistificación que comento no es nueva y acaso sea la misma que hizo a André Gide escribir su célebre carta a Marcel Proust. Todas las fiestas de mañana de Miguel Cane (Dharma Books, 2019) lanza un alegato contra ella. Nos muestra que los sentimientos más intensos pueden anidar en atmósferas rosas y personajes ataviados de crinolina. Las cuitas no son privativas de los ghettos; en términos sociales, es nuestro deber y más aún el de los gobiernos atenderlas con diligencia. Pero no en términos artísticos: nadie tiene el monopolio de los sentimientos y valen por igual la pena más íntima y la aflicción multitudinaria, la penuria material del lumpen y la miseria moral del petimetre. Por más que la academia encuentre en cada una de ellas sus respectivas especificidades, la sensibilidad —como la muerte— es igualadora de hombres.

“Nuestra sensibilidad superior” de la que habla Ortega es de sobra satisfecha por Cane. Novelista de la sutileza; domina la forma: el tempo, el tono y las escenas. Es verdad: como en Balzac, por momentos se impone el dramaturgo que, pese a sí mismo, se convirtió en novelista. No es reparo sino elogio: los diálogos nos conducen a nudos dramáticos que mantendrán el suspense de la novela: revelaciones personales que nos atormentarán por el resto de nuestros días, encuentros inesperados que precipitarán dramas como avalanchas, conversaciones que serán epílogos.

Quizás ése sea el principal tino de la construcción de Todas las fiestas de mañana: mantener la expectativa de lo que, de otra forma, no sería sino una novela de aprendizaje sentimental. Una novela que —a riesgo de hablar de drogas, bisexualidad y desenfreno— se parece más a nuestra propia vida que a la literatura. Porque eso es el relato de Cane; y por eso estorban también las alusiones —a veces inocuas, a veces casi neuróticas— a la música, películas y demás intereses del personaje principal, Luciano Reed, que acaso por ser entrañablemente trágico no necesita un nombre à clef para complacer a yo no sé qué lectores.

Pero hay más: Todas las fiestas de mañana es la novela de la generación nacida en los setenta y ochenta y de una clase media urbana mexicana que se pasea con panamás en Tepoztlán. Esa generación reclamaba su relato, y tal parece que Cane ha decidido satisfacer esa demanda compartida. Sus escenarios son las bodas, esa suerte de rito iniciático a la manera de los balls de Austen; sus personajes, una juventud ávida de bacardís, gin tonics y excesos. Se antojaría frívolo —¡y vaya que lo es!—, pero es de una frivolidad fría, calculadora y cínica. Y justo por todo lo anterior: penetrantemente inteligente.

La clase media que dibuja Cane vive con un nudo en la garganta. Ahí, como bacterias, pululan sus íntimas tragedias: la infancia, la sexualidad, la amistad… Y a diferencia de la clase obrera, acaso no son las carencias materiales aquello que les arrebata futuros promisorios: son sus propios miedos o la ansiedad de cumplir con las expectativas. ¿Esto aminora su tragedia? ¿O la vuelve, más bien, dos veces trágica? Lo ignoro; conjeturo que es, por lo demás, una cuestión de perspectiva.

Como aquel que pasa la noche de fiesta en fiesta, el personaje de Cane no busca la fiesta sino algo más: una respuesta a su soledad. O mejor aún: ruido sordo, música callada, soledad en compañía. Acaso por eso Cane haya resuelto que ése sería el eje de su relato. ¿Dónde nos formamos sino en las fiestas? ¿Dónde aprendemos a amar? ¿Dónde nos rechazan por vez primera? Entre sus luces y sombras, la fiesta se revela como metáfora de la vida: sonreímos y lloramos hasta la intoxicación.

Refiere el autor que ésta no es sino una nueva versión de una vieja novela abandonada por su editor. Y advierte que esta reedición fue “reescrita, reimaginada, vuelta a narrar con un trazo más firme”. Al desconocer esa primera versión, intuyo en Todas las fiestas de mañana la lucidez de quien, desde la atalaya de la madurez, se precia de sus heridas devenidas cicatrices (David Miklos). Cane y su protagonista desandan los errores cometidos para encontrar que —¡oh, el lugar común!— fueron todo menos eso. Son aprendizaje.

Es fama que la novela ha sido largo tiempo el género burgués par excellence. Pero a diferencia de cierta tradición novelística, Cane no parece detestar su condición burguesa. Cane conoce ese mundo; sabe que ese mundo mata; y lo pone en evidencia. Es una denuncia que es celebración. Y esa celebración es íntima y abierta como todas lo son.

 

Antonio Nájera Irigoyen
Ensayista.

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Publicado en: Ciudad de libros, Reseña