La argentinidad después de Maradona

Ahora que ha muerto el gran Maradona, presentamos aquí una reflexión sobre la peculiar argentinidad de un futbolista a quien muchos consideran el más grande de todos los tiempos.

Decía Rodrigo Fresán en su novela Esperanto que los uruguayos eran argentinos unplugged; pero de qué nos sirve saber que los uruguayos son los argentinos acústicos, si no entendemos qué diablos son los argentinos. Europeos deprimidos, exiliados, desterrados. O europeos desnaturalizados. Criollos en un estado de indeterminación, quizá. Supervivientes, también. Un poco de todo, mejor dicho, para no pecar tan pronto de reduccionismo. Julio Cortázar argumentó que ser argentino era estar lejos, seguramente para no sentirse demasiado culpable por ser un intelectual afrancesado. Por eso alguna vez, el lingüista Pedro Luis Barcia reflexionó sobre la inquietante tradición sostenida que significaba la muerte en el exilio de los prohombres argentinos.

Ilustración: Pablo García

Lo cierto es que nunca nadie necesitó saber en qué consistía la argentinidad, un fenómeno tropical posado en los mismos límites ambiguos del peronismo, para atribuírsela a Diego Armando Maradona, ni en el éxtasis, ni mucho menos en la agonía. ¿Para qué seguir hurgando en los mitos fundacionales de un país tan contradictorio, que ha vivido siempre al borde del precipicio social, económico e identitario, si bastaba con abrazar al genio de turno bajo el manto maradoniano?

El elogio más grande que tuvo el incombustible Andrés Calamaro para con Charly García, la figura legitimadora del rock argentino, a quien de casualidad no golpeó con un bate de beisbol por intentar seducir a su mujer —el leitmotiv de Alta Suciedad—, radicó en reconocerlo como el Maradona de los músicos. Había motivos para pensar que aquella distinción le permitió separarse respecto a Luis Alberto Spinetta y Gustavo Cerati en el Edén de los compositores. Pese a que Sirú Girán era, en palabras del propio Spinetta, lo mejor que le había pasado a la escena musical en Argentina, Charly García nunca fue el más grande hasta que no fue sumergido en la pila bautismal maradoniana. Si lo hubiese sabido antes, quizá no habría tenido que arriesgar su vida componiendo metáfora tras metáfora, yendo de la cama al living, para denunciar los horrores de una dictadura que vio en el pelo largo de sus jóvenes algo subversivo. Y aunque Maradona no perteneciera a la clase media crepuscular a la que perteneció el cantautor, aquello tuvo todo el significado del mundo.

Algo más o menos parecido ocurrió con Borges. Contaba el periodista y escritor Roberto Alifano que mientras caminaba con él por Buenos Aires, fueron abordados desde un camión por unos hinchas de fútbol furibundos. Borges, sos más grande que Maradona, vociferaron. El candidato perenne al premio Nobel de literatura, argentino sin ganas, sospechoso de anglofilia, al que el fútbol no le conmovía en lo absoluto, lamentó aquello, argumentando que hubiese preferido que la escena tuviera lugar en Estocolmo, para ver si así se sensibilizaba de una vez por todas la academia sueca. A la espera del Nobel, como una suerte de Godot, Borges fue víctima de su propia metáfora: morir en pleno Mundial de México 86. Nunca sabremos si Borges, uno de los grandes antagonistas del futbol en su dimensión social, se hubiese mantenido indiferente ante la postal inmortal de Maradona frente los ingleses. Quizá hubiese corrido con la misma suerte que Droctulft, un bárbaro que amenazaba con destruir Ravena en el ocaso de la civilización y terminó convertido al cristianismo como un defensor más de las murallas del Imperio Romano. El propio Borges, enternecido, tuvo a bien describir al salvaje Droctulft en Historia del guerrero y de la cautiva no como un traidor, sino como un converso.

Por eso Maradona, el coleccionista de conversos, la bandera de la argentinidad, aspiraba a  convertirse en un ser omnipotente. Pero entonces se hizo adicto al ruido. Le fue imposible conciliar el sueño en medio de silencios ensordecedores. Nunca entendió la soledad como una manifestación de respeto y reverencia, sino como una condena. Algo que se padecía y que había que combatir. Todos acudimos con sospechosa puntualidad a la entronización, pero nadie se preocupó por mirar debajo del pedestal. Emil Kusturica, el irreverente director de la alegoría balcánica Underground, se adentró como pocos en la sociología maradoniana. Tenía sentido. Kusturica, nacido como bosnio y musulmán, se declaró en su día públicamente serbio. Era más o menos lógico que le inquietara retratar la vertiginosa irrupción de un adolescente humilde que, ungido con el barro de la periferia bonaerense, fue capaz de amalgamar a todo un país de inmigrantes bajo un mismo cinturón homogéneo. “Hacer un gol ante 100 mil personas como yo lo hice ante los ingleses —dijo en el documental Maradona por Kusturica—, para mí significaba la normalidad. Era mi juego, era mi vida. Cuando yo bajaba, bajaba como todos ustedes y podía hablar con vos. Lo que no me dejaba tener claro era la cocaína, pero yo era como ustedes. Cuando pasaba la línea de cal, ahí mandaba yo”.

Argentina, la de la transición democrática que buscaba reconciliarse tímidamente con las víctimas de la dictadura, encontró en un pibe mestizo de pelo ensortijado y muslos prominentes a su particular héroe mitológico. Vencer a los ingleses, con la cicatriz de las Malvinas, lo redimió para siempre de su condición mortal.

 

Ricardo López Si
Escritor.

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Publicado en: Registro personal